El Hogar como refugio y defensa de nuestra vida privada

Miércoles, 20 Agosto 2008 | Categoría: Familia, Filiación, Matrimonio - 267 lect.

Todos los seres humanos tenemos necesidad de cobijo, de un lugar que nos proteja del desamparo, de la soledad, de la inestabilidad. Esta necesidad naturalmente humana es la que nos lleva a crear un hogar, a construir o buscar una casa o un piso para fundar un amor y una familia. El hogar es nuestra defensa frente a la intemperie y a la inclemencia del exterior. En el hogar defendemos nuestra privacidad, puesto que ahí, en nuestro hogar, queda a salvo nuestra vida privada. Pero el hogar no es solamente nuestro “refugio” frente al mundo, sino también nuestra “mediación” frente al mundo.

El hogar está hecho a la medida del amor humano, por eso el hogar como el amor, es un proyecto a largo plazo; incluso, podría decirse que crear un hogar es un proyecto interminable. No se trata solamente de tener una casa o un piso, pues muchas personas los tienen pero no llegan a constituir un “hogar, dulce hogar”. Ni siquiera se trata de que cada día sea una casa más agradable, espaciosa, lujosa o confortable. No. Se trata de que sea un lugar cada vez más propio e íntimo. Un  lugar donde se pueda convivir: eso es el hogar.

La vida doméstica del hogar es una rutina diaria, está hecha de repeticiones: horarios de comida, de limpieza, de compras, elaboración de menús, limpieza y planchado de ropa, presupuestos, mantenimiento y arreglo de desperfectos, etc. Cada hogar tiene su propia rutina, su propia organización, su propio orden en el que todos colaboran activamente. Esto también hace al hogar. El hogar no es sólo amor, también es colaboración, orden, disciplina, repetición de hábitos, en fin, la rutina que muchos llamaríamos “hogar, agridulce hogar”.

Crear un hogar es una tarea conjunta de mutua colaboración entre los que lo comparten, es mantener una ilusión común. El amor sostiene el hogar y el hogar sostiene el amor. El hogar es la prolongación de nosotros mismos, es el lugar de nuestra libertad personal, de nuestra seguridad porque allí no hay nada ni nadie contra quien defenderse. Es nuestro espacio de inmunidad por excelencia. Allí somos aceptados y comprendidos, allí no necesitamos fingir. Allí seremos atendidos cuando caigamos enfermos, seremos ayudados cuando fracasemos, seremos perdonados cuando nos equivoquemos, seremos festejados cuando tengamos logros.

Hogar significa hoguera, fuego, lugar de calor: el hogar debe tener llama. Hay un proverbio que dice: “casa sin llama, cuerpo sin alma”; esto quiere decir que el amor como el fuego, si no se propaga, se apaga. El hogar sin amor se apaga. La persona sin amor, se apaga. Los esposos son los que sotienen el amor del hogar, un amor que no es la suma de dos egoísmos, ni la relación entre dos, sino una actitud amorosa de darse mutuamente sin intereses personales, de una manera permanente, sin la temporalidad del “mientras tanto”. Un hogar no se logra mientras esté sujeto a caducidad, porque precisamente el hogar nace cuando la persona se estabiliza y fija su vida y sus metas. Cuando fijamos nuestra permanencia, nuestro afincamiento, nuestro asiento es porque tenemos un hogar en el que “echar raíces”.

Un hogar debe construirse sobre roca firme, debe sostenerse sobre la columna sólida del amor conyugal de  los esposos que han hecho un alianza de amor irrevocable. Lo contrario sería construir la casa sobre arena y no sobre roca firme, en la que cualquier tempestad la destruiría. El amor esponsal, cuando es auténtico, permanece y se consolida en la prueba del tiempo y de las dificultades. Los esposos permanecerán siempre juntos, caminarán juntos sabiendo que sus hijos volarán algún día de su nido para construir el suyo propio. Para eso han educado a sus hijos, para que tengan alas propias, para que sean capaces de pensar por sí mismos, de decidir por sí mismos, los han educado en la libertad. Hace un tiempo leía una bella frase que dice ”los padres hacen al hijo, como el océano al continente: retirándose”. Es ley de vida que los hijos algún día se marchen del lado de sus padres y también formen sus propios hogares.

En definitiva, es la armonía y el amor de los esposos la que se transmite y queda a los hijos. Esa armonía y ese amor de la pareja no depende de que cada uno esté lleno de virtudes, sino de que se complementen mutuamente. Es avanzar juntos, caminar juntos con unas diferencias equilibradas en las que se requiere el conocimiento propio y del otro y, especialmente, en conocer y canalizar las propias emociones.

El hogar es la primigénea escuela de educación en las virtudes tanto para los padres como para los hijos. Allí se aprende a renunciar al egoísmo, a conocer nuestros propios sentimientos, a hacernos cargo de las propias responsabilidades, a cultivar las relaciones familiares que son las más íntimas relaciones interpersonales, a resolver pacíficamente los conflictos, a forjar nuestro carácter y nuestra conducta. El hogar, la familia es el “hábitat natural del hombre” donde se nace y se crece como persona, donde se aprende a ser persona.

Resulta paradójico que en estos tiempos cuando tanto se habla de cuidar la naturaleza, el medio ambiente, de prevenir el cambio climático, de proteger a las especies en vía de extinción, de preservar el hábitat natural de las especies y donde surgen tantos movimientos ecologistas que hacen incansables campañas a favor de nuestro planeta, se hable tan poco de proteger el “hábital natural de la persona humana” que es la familia y el hogar. No abundan mucho las campañas que nos enseñen a proteger el hábitat natural del hombre que es su hogar. Al contrario, pareciera que es lo que menos conciencia se tiene de cuidar. Y debería ser al contrario, puesto que de un hogar feliz surgen ciudadanos felices y optimistas para la sociedad.

Por: Patricia Alzate Monroy, Abogada y Doctora en Derecho

Un comentario referente a “El Hogar como refugio y defensa de nuestra vida privada”

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