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Todo sobre el Matrimonio en el Código de Derecho Canónico (Segunda Parte)

jueves, 6 noviembre 2008

En este mes de noviembre de 2008 se cumplen 25 años de la entrada en vigor del Código de Derecho Canónico de 1983. Por esto deseo publicar en este blog los cánones referentes al Matrimonio, para que mis lectores de todos los países puedan conocerlos y leerlos, ya que muchos de ellos demuestran un especial interés por el derecho matrimonial canónico que es de ámbito universal, puesto que en todos los países del mundo existen muchas personas casadas por la Iglesia Católica de rito latino. Las normas canónicas sobre el matrimonio se aplican en todo el mundo: de ahí su importancia, su solidez, su unidad y su generalidad.

Como decía en la primera parte de este artículo, sólo las expondré sin hacer ningún comentario ni estudio sobre las mismas. Sin embargo, en este  mismo blog analizo en otros artículos algunos de los aspectos más importantes contenidos en las normas canónicas sobre el matrimonio (ver todos los temas de derecho canónico).

El Título VII del Código de Derecho Canónico, en sus cánones 1055 a 1165, hace una detallada y completa exposición de los diversos aspectos del matrimonio, conforme a las enseñanzas que la Iglesia -fundada por Cristo- nos ha transmitido de manera permanente desde hace más de dos mil años de su existencia. Se dice pronto, pero más de 20 siglos continuos de enseñanaza es un tiempo muy amplio que nos da una idea de la perennidad, seriedad y validez de la doctrina de la Iglesia sobre el matrimonio.

CÓDIGO DE DERECHO CANÓNICO

TÍTULO VII

DEL MATRIMONIO (Cánones 1055 a 1165)

SEGUNDA PARTE (Cánones 1108 a 1165)

CAPÍTULO V

DE LA FORMA DE CELEBRAR EL MATRIMONIO

1108 § 1:  Solamente son válidos aquellos matrimonios que se contraen ante el Ordinario del lugar o el párroco, o un sacerdote o diácono delegado por uno de ellos para que asistan, y ante dos testigos, de acuerdo con las reglas establecidas en los cánones que siguen, y quedando a salvo las excepciones de que se trata en los cc.  144, 1112 § 1,  1116 y  1127 § 1 y 2.
§ 2.  Se entiende que asiste al matrimonio sólo aquel que, estando presente, pide la manifestación del consentimiento de los contrayentes y la recibe en nombre de la Iglesia.

1109: El Ordinario del lugar y el párroco, a no ser que por sentencia o por decreto estuvieran excomulgados, o en entredicho, o suspendidos del oficio, o declarados tales, en virtud del oficio asisten válidamente en su territorio a los matrimonios no sólo de los súbditos, sino también de los que no son súbditos, con tal de que uno de ellos sea de rito latino.

1110: El Ordinario y el párroco personales, en razón de su oficio sólo asisten válidamente al matrimonio de aquellos de los que uno al menos es súbdito suyo, dentro de los límites de su jurisdicción.

1111 § 1: El Ordinario del lugar y el párroco, mientras desempeñan válidamente su oficio, pueden delegar a sacerdotes y a diáconos la facultad, incluso general, de asistir a los matrimonios dentro de los límites de su territorio.
§ 2. Para que sea válida la delegación de la facultad de asistir a los matrimonios debe otorgarse expresamente a personas determinadas; si se trata de una delegación especial, ha de darse para un matrimonio determinado, y si se trata de una delegación general, debe concederse por escrito.

1112 § 1: Donde no haya sacerdotes ni diáconos, el Obispo diocesano, previo voto favorable de la Conferencia Episcopal y obtenida licencia de la Santa Sede, puede delegar a laicos para que asistan a los matrimonios.
§ 2.  Se debe elegir un laico idóneo, capaz de instruir a los contrayentes y apto para celebrar debidamente la liturgia matrimonial.

1113: Antes de conceder una delegación especial, se ha de cumplir todo lo establecido por el derecho para comprobar el estado de libertad.

1114: Quien asiste al matrimonio actúa ilícitamente si no le consta el estado de libertad de los contrayentes a tenor del derecho y si, cada vez que asiste en virtud de una delegación general, no pide licencia al párroco, cuando es posible.

1115: Se han de celebrar los matrimonios en la parroquia donde uno de los contrayentes tiene su domicilio o cuasidomicilio o ha residido durante un mes, o, si se trata de vagos, en la parroquia donde se encuentran en ese momento; con licencia del Ordinario propio o del párroco propio se pueden celebrar en otro lugar.

1116 § 1: Si no hay alguien que sea competente conforme al derecho para asistir al matrimonio, o no se puede acudir a él sin grave dificultad, quienes pretenden contraer verdadero matrimonio pueden hacerlo válida y lícitamente estando presentes sólo los testigos:
1. En peligro de muerte;
2. Fuera de peligro de muerte, con tal de que se prevea prudentemente que esa situación va a prolongarse durante un mes.
§ 2. En ambos casos, si hay otro sacerdote o diácono que pueda estar presente, ha de ser llamado y debe presenciar el matrimonio juntamente con los testigos, sin perjuicio de la validez del matrimonio sólo ante testigos.

1117: La forma arriba establecida se ha de observar si al menos uno de los contrayentes fue bautizado en la Iglesia católica o recibido en ella y no se ha apartado de ella por acto formal, sin perjuicio de lo establecido en el c. 1127 § 2.

1118 § 1: El matrimonio entre católicos o entre una parte católica y otra parte bautizada no católica se debe celebrar en una iglesia parroquial; con licencia del Ordinario del lugar o del párroco puede celebrarse en otra iglesia u oratorio.
§ 2.  El Ordinario del lugar puede permitir la celebración del matrimonio en otro lugar conveniente.
§ 3. El matrimonio entre una parte católica y otra no bautizada podrá celebrarse en una iglesia o en otro lugar conveniente.

1119: Fuera del caso de necesidad, en la celebración del matrimonio se deben observar los ritos prescritos en los libros litúrgicos aprobados por la Iglesia o introducidos por costumbres legítimas.

1120: Con el reconocimiento de la Santa Sede, la Conferencia Episcopal puede elaborar un rito propio del matrimonio, congruente con los usos de los lugares y de los pueblos adaptados al espíritu cristiano; quedando, sin embargo, en pie la ley según la cual quien asiste al matrimonio estando personalmente presente, debe pedir y recibir la manifestación del consentimiento de los contrayentes.

1121 § 1: Después de celebrarse el matrimonio, el párroco del lugar donde se celebró o quien hace sus veces, aunque ninguno de ellos hubiera asistido al matrimonio, debe anotar cuanto antes en el registro matrimonial los nombres de los cónyuges, del asistente y de los testigos, y el lugar y día de la celebración, según el modo prescrito por la Conferencia Episcopal o por el Obispo diocesano.
§ 2. Cuando se contrae el matrimonio según lo previsto en el c. 1116, el sacerdote o el diácono, si estuvo presente en la celebración, o en caso contrario los testigos, están obligados solidariamente con los contrayentes a comunicar cuanto antes al párroco o al Ordinario del lugar que se ha celebrado el matrimonio.
§ 3. Por lo que se refiere al matrimonio contraído con dispensa de la forma canónica, el Ordinario del lugar que concedió la dispensa debe cuidar de que se anote la dispensa y la celebración en el registro de matrimonios, tanto de la curia como de la parroquia propia de la parte católica, cuyo párroco realizó las investigaciones acerca del estado de libertad; el cónyuge católico está obligado a notificar cuanto antes al mismo Ordinario y al párroco que se ha celebrado el matrimonio, haciendo constar también el lugar donde se ha contraído, y la forma pública que se ha observado.

1122 § 1: El matrimonio ha de anotarse también en los registros de bautismos en los que está inscrito el bautismo de los cónyuges.
§ 2.  Si un cónyuge no ha contraído matrimonio en la parroquia en la que fue bautizado, el párroco del lugar en el que se celebró debe enviar cuanto antes notificación del matrimonio contraído al párroco del lugar donde se administró el bautismo.

1123: Cuando se convalida un matrimonio para el fuero externo, o es declarado nulo, o se disuelve legítimamente por una causa distinta de la muerte, debe comunicarse esta circunstancia al párroco del lugar donde se celebró el matrimonio, para que se haga como está mandado la anotación en los registros de matrimonio y de bautismo.

CAPÍTULO VI

DE LOS MATRIMONIOS MIXTOS

1124: Está prohibido, sin licencia expresa de la autoridad competente, el matrimonio entre dos personas bautizadas, una de las cuales haya sido bautizada en la Iglesia católica o recibida en ella después del bautismo y no se haya apartado de ella mediante un acto formal, y otra adscrita a una Iglesia o comunidad eclesial que no se halle en comunión plena con la Iglesia católica.

1125: Si hay una causa justa y razonable, el Ordinario del lugar puede conceder esta licencia; pero no debe otorgarla si no se cumplen las condiciones que siguen:

1. Que la parte católica declare que está dispuesta a evitar cualquier peligro de apartarse de la fe, y prometa sinceramente que hará cuanto le sea posible para que toda la prole se bautice y se eduque en la Iglesia católica;
2. Que se informe en su momento al otro contrayente sobre las promesas que debe hacer la parte católica, de modo que conste que es verdaderamente consciente de la promesa y de la obligación de la parte católica;
3. Que ambas partes sean instruidas sobre los fines y propiedades esenciales del matrimonio, que no pueden ser excluidos por ninguno de los dos.

1126 : Corresponde a la Conferencia Episcopal determinar tanto el modo según el cual han de hacerse estas declaraciones y promesas, que son siempre necesarias, como la manera de que quede constancia de las mismas en el fuero externo y de que se informe a la parte no católica.

1127 § 1:    En cuanto a la forma que debe emplearse en el matrimonio mixto, se han de observar las prescripciones del c. 1108; pero si contrae matrimonio una parte católica con otra no católica de rito oriental, la forma canónica se requiere únicamente para la licitud; pero se requiere para la validez la intervención de un ministro sagrado, observadas las demás prescripciones del derecho.
§ 2. Si hay graves dificultades para observar la forma canónica, el Ordinario del lugar de la parte católica tiene derecho a dispensar de ella en cada caso, pero consultando al Ordinario del lugar en que se celebra el matrimonio y permaneciendo para la validez la exigencia de alguna forma pública de celebración; compete a la Conferencia Episcopal establecer normas para que dicha dispensa se conceda con unidad de criterio.
§ 3.  Se prohíbe que, antes o después de la celebración canónica a tenor del § 1, haya otra celebración religiosa del mismo matrimonio para prestar o renovar el consentimiento matrimonial; asimismo, no debe hacerse una ceremonia religiosa en la cual, juntos el asistente católico y el ministro no católico y realizando cada uno de ellos su propio rito, pidan el consentimiento de los contrayentes.

1128: Los Ordinarios del lugar y los demás pastores de almas deben cuidar de que no falte al cónyuge católico, y a los hijos nacidos de matrimonio mixto, la asistencia espiritual para cumplir sus obligaciones y han de ayudar a los cónyuges a fomentar la unidad de su vida conyugal y familiar.

1129: Las prescripciones de los cc. 1127 y 1128 se aplican también a los matrimonios para los que obsta el impedimento de disparidad de cultos, del que trata el  c. 1086 § 1.

CAPÍTULO VII

DE LA CELEBRACIÓN DEL MATRIMONIO EN SECRETO

1130: Por causa grave y urgente, el Ordinario del lugar puede permitir que el matrimonio se celebre en secreto.

1131: El permiso para celebrar el matrimonio en secreto lleva consigo:
1. Que se lleven a cabo en secreto las investigaciones que han de hacerse antes del matrimonio;
2. Que el Ordinario del lugar, el asistente, los testigos y los cónyuges guarden secreto del matrimonio celebrado.

1132: Cesa para el Ordinario del lugar la obligación de guardar secreto, de la que se trata en el c. 1131, 2, si por la observancia del secreto hay peligro inminente de escándalo grave o de grave injuria a la santidad del matrimonio, y así debe advertirlo a las partes antes de la celebración del matrimonio.

1133: El matrimonio celebrado en secreto se anotará sólo en un registro especial, que se ha de guardar en el archivo secreto de la curia.

CAPÍTULO VIII

DE LOS EFECTOS DEL MATRIMONIO

1134: Del matrimonio válido se origina entre los cónyuges un vínculo perpetuo y exclusivo por su misma naturaleza; además, en el matrimonio cristiano los cónyuges son fortalecidos y quedan como consagrados por un sacramento peculiar para los deberes y la dignidad de su estado.

1135: Ambos cónyuges tienen igual obligación y derecho respecto a todo aquello que pertenece al consorcio de la vida conyugal.

1136: Los padres tienen la obligación gravísima y el derecho primario de cuidar en la medida de sus fuerzas de la educación de la prole, tanto física, social y cultural como moral y religiosa.

1137: Son legítimos los hijos concebidos o nacidos de matrimonio válido o putativo.

1138 § 1: El matrimonio muestra quién es el padre, a no ser que se pruebe lo contrario con razones evidentes.
§ 2. Se presumen legítimos los hijos nacidos al menos 180 días después de celebrarse el matrimonio, o dentro de 300 días a partir de la disolución de la vida conyugal.

1139: Los hijos ilegítimos se legitiman por el matrimonio subsiguiente de los padres tanto válido como putativo, o por rescripto de la Santa Sede.

1140: Por lo que se refiere a los efectos canónicos, los hijos legitimados se equiparan en todo a los legítimos, a no ser que en el derecho se disponga expresamente otra cosa.

CAPÍTULO IX

DE LA SEPARACIÓN DE LOS CÓNYUGES

Art. 1. DE LA DISOLUCIÓN DEL VÍNCULO

1141: El matrimonio rato y consumado no puede ser disuelto por ningún poder humano, ni por ninguna causa fuera de la muerte.

1142: El matrimonio no consumado entre bautizados, o entre parte bautizada y parte no bautizada, puede ser disuelto con causa justa por el Romano Pontífice, a petición de ambas partes o de una de ellas, aunque la otra se oponga.

1143 § 1:  El matrimonio contraído por dos personas no bautizadas se disuelve por el privilegio paulino en favor de la fe de la parte que ha recibido el bautismo, por el mismo hecho de que ésta contraiga un nuevo matrimonio, con tal de que la parte no bautizada se separe.
§ 2.  Se considera que la parte no bautizada se separa, si no quiere cohabitar con la parte bautizada, o cohabitar pacíficamente sin ofensa del Creador, a no ser que ésta, después de recibir el bautismo, le hubiera dado un motivo justo para separarse.

1144 § 1: Para que la parte bautizada contraiga válidamente un nuevo matrimonio se debe siempre interpelar a la parte no bautizada:
1. Si quiere también ella recibir el bautismo;
2. Si quiere al menos cohabitar pacíficamente con la parte bautizada, sin ofensa del Creador.
§ 2.  Esta interpelación debe hacerse después del bautismo; sin embargo, con causa grave, el Ordinario del lugar puede permitir que se haga antes, e incluso dispensar de ella, tanto antes como después del bautismo, con tal de que conste, al menos por un procedimiento sumario y extrajudicial, que no pudo hacerse o que hubiera sido inútil.

1145 § 1:  La interpelación se hará normalmente por la autoridad del Ordinario del lugar de la parte convertida; este Ordinario ha de conceder al otro cónyuge, si lo pide, un plazo para responder, advirtiéndole sin embargo de que, pasado inútilmente ese plazo, su silencio se entenderá como respuesta negativa.
§ 2.  Si la forma arriba indicada no puede observarse, es válida y también lícita la interpelación hecha, incluso de modo privado, por la parte convertida.
§ 3. En los dos casos anteriores, debe constar legítimamente en el fuero externo que se ha hecho la interpelación y cuál ha sido su resultado.

1146: La parte bautizada tiene derecho a contraer nuevo matrimonio con otra persona católica:
1. Si la otra parte responde negativamente a la interpelación, o si legítimamente no se hizo ésta;
2. Si la parte no bautizada, interpelada o no, habiendo continuado la cohabitación pacífica sin ofensa al Creador, se separa después sin causa justa, quedando en pie lo que prescriben los cc. 1144 y 1145.

1147: Sin embargo, por causa grave, el Ordinario del lugar puede conceder que la parte bautizada, usando el privilegio paulino, contraiga matrimonio con parte no católica, bautizada o no, observando también las prescripciones de los cánones sobre los matrimonios mixtos.

1148 § 1: Al recibir el bautismo en la Iglesia católica un no bautizado que tenga simultáneamente varias mujeres tampoco bautizadas, si le resulta duro permanecer con la primera de ellas, puede quedarse con una de las otras, apartando de sí las demás. Lo mismo vale para la mujer no bautizada que tenga simultáneamente varios maridos no bautizados.
§ 2.  En los casos que trata el § 1, el matrimonio se ha de contraer según la forma legítima, una vez recibido el bautismo, observando también, si es del caso, las prescripciones sobre los matrimonios mixtos y las demás disposiciones del derecho.
§ 3.  Teniendo en cuenta la condición moral, social y económica de los lugares y de las personas, el Ordinario del lugar ha de cuidar de que, según las normas de la justicia, de la caridad cristiana y de la equidad natural, se provea suficientemente a las necesidades de la primera mujer y de las demás que hayan sido apartadas.

1149: El no bautizado a quien, una vez recibido el bautismo en la Iglesia Católica, no le es posible restablecer la cohabitación con el otro cónyuge no bautizado por razón de cautividad o de persecución, puede contraer nuevo matrimonio, aunque la otra parte hubiera recibido entretanto el bautismo, quedando en vigor lo que prescribe el  c. 1141.

1150: En caso de duda, el privilegio de la fe goza del favor del derecho.

Art. 2. DE LA SEPARACIÓN PERMANECIENDO EL VÍNCULO

1151: Los cónyuges tienen el deber y el derecho de mantener la convivencia conyugal, a no ser que les excuse una causa legítima.

1152 § 1: Aunque se recomienda encarecidamente que el cónyuge, movido por la caridad cristiana y teniendo presente el bien de la familia, no niegue el perdón a la comparte adúltera ni interrumpa la vida matrimonial, si a pesar de todo no perdonase expresa o tácitamente esa culpa, tiene derecho a romper la convivencia conyugal, a no ser que hubiera consentido en el adulterio, o hubiera sido causa del mismo, o él también hubiera cometido adulterio.
§ 2. Hay condonación tácita si el cónyuge inocente, después de haberse cerciorado del adulterio, prosigue espontáneamente en el trato marital con el otro cónyuge; la condonación se presume si durante seis meses continúa la convivencia conyugal, sin haber recurrido a la autoridad eclesiástica o civil.
§ 3.  Si el cónyuge inocente interrumpe por su propia voluntad la convivencia conyugal, debe proponer en el plazo de seis meses causa de separación ante la autoridad eclesiástica competente, la cual, ponderando todas las circunstancias, ha de considerar si es posible mover al cónyuge inocente a que perdone la culpa y no se separe para siempre.

1153 § 1:  Si uno de los cónyuges pone en grave peligro espiritual o corporal al otro o a la prole, o de otro modo hace demasiado dura la vida en común, proporciona al otro un motivo legítimo para separarse, con autorización del Ordinario del lugar y, si la demora implica un peligro, también por autoridad propia.
§ 2. Al cesar la causa de la separación, se ha de restablecer siempre la convivencia conyugal, a no ser que la autoridad eclesiástica determine otra cosa.

1154: Realizada la separación de los cónyuges, hay que proveer siempre de modo oportuno a la debida sustentación y educación de los hijos.

1155: El cónyuge inocente puede admitir de nuevo al otro a la vida conyugal, y es de alabar que así lo haga; y en ese caso, renuncia al derecho de separarse.

CAPÍTULO X

DE LA CONVALIDACIÓN DEL MATRIMONIO

Art. 1. DE LA CONVALIDACIÓN SIMPLE

1156 § 1:    Para convalidar el matrimonio que es nulo por causa de un impedimento dirimente, es necesario que cese el impedimento o se obtenga dispensa del mismo, y que renueve el consentimiento por lo menos el cónyuge que conocía la existencia del impedimento.
§ 2.  Esta renovación se requiere por derecho eclesiástico para la validez de la convalidación, aunque ya desde el primer momento ambos contrayentes hubieran dado su consentimiento y no lo hubiesen revocado posteriormente.

1157: La renovación del consentimiento debe ser un nuevo acto de voluntad sobre el matrimonio por parte de quien sabe u opina que fue nulo desde el comienzo.

1158 § 1: Si el impedimento es público, ambos contrayentes han de renovar el consentimiento en la forma canónica, quedando a salvo lo que prescribe el c. 1127.
§ 2. Si el impedimento no puede probarse, basta que el consentimiento se renueve privadamente y en secreto por el contrayente que conoce la existencia del impedimento, con tal de que el otro persevere en el consentimiento que dio; o por ambos contrayentes, si los dos conocen la existencia del impedimento.

1159 § 1: El matrimonio nulo por defecto de consentimiento se convalida si consiente quien antes no había consentido, con tal de que persevere el consentimiento dado por la otra parte.
§ 2. Si no puede probarse el defecto de consentimiento, basta que privadamente y en secreto preste su consentimiento quien no lo había dado.
§ 3. Si el defecto de consentimiento puede probarse, es necesario que el consentimiento se preste en forma canónica.

1160: Para que se haga válido un matrimonio nulo por defecto de forma, debe contraerse de nuevo en forma canónica, sin perjuicio de lo que prescribe el c. 1127 § 2.

Art. 2. DE LA SANACIÓN EN LA RAÍZ

1161 § 1: La sanación en la raíz de un matrimonio nulo es la convalidación del mismo, sin que haya de renovarse el consentimiento, concedida por la autoridad competente; y lleva consigo la dispensa del impedimento, si lo hay, y de la forma canónica, si no se observó, así como la retrotracción al pasado de los efectos canónicos.
§ 2. La convalidación tiene lugar desde el momento en el que se concede la gracia; y se entiende que la retrotracción alcanza hasta el momento en el que se celebró el matrimonio, a no ser que se diga expresamente otra cosa.
§ 3. Sólo debe concederse la sanación en la raíz cuando sea probable que las partes quieren perseverar en la vida conyugal.

1162 § 1: Si falta el consentimiento en las dos partes o en una de ellas, el matrimonio no puede sanarse en la raíz, tanto si el consentimiento faltó desde el comienzo, como si fue dado en el primer momento y luego fue revocado.
§ 2. Si faltó el consentimiento en el comienzo, pero fue dado posteriormente, puede concederse la sanación a partir del momento en el que se prestó el consentimiento.

1163 § 1: Puede sanarse el matrimonio nulo por impedimento o por defecto de la forma legítima, con tal de que persevere el consentimiento de ambas partes.
§ 2. El matrimonio nulo por un impedimento de derecho natural o divino positivo sólo puede sanarse una vez que haya cesado el impedimento.

1164: La sanación puede también concederse ignorándolo una de las partes o las dos; pero no debe otorgarse sin causa grave.

1165 § 1: La sanación en la raíz puede ser concedida por la Sede Apostólica.
§ 2.  Puede ser concedida por el Obispo diocesano en cada caso, aun cuando concurran varios motivos de nulidad en un mismo matrimonio, cumpliéndose las condiciones establecidas en el c. 1125 para la sanación de los matrimonios mixtos; pero no puede otorgarla el Obispo si existe un impedimento cuya dispensa se reserva a la Sede Apostólica conforme al c. 1078 § 2, o se trata de un impedimento de derecho natural o divino positivo que ya haya cesado.

NOTA: Los cánones 1055 a 1107 del Código de Derecho Canónico sobre el Matrimonio, están publicados en este mismo blog en la primera parte de este artículo, el cual puede encontrar haciendo click aquí.

Si desea leer más artículos de derecho canónico sobre el matrimonio y la familia, puede hacerlo accediendo en este mismo blog en la categoría de derecho canónico.

Todo sobre el Matrimonio en el Código de Derecho Canónico (Primera Parte)

jueves, 6 noviembre 2008

Todos los aspectos relacionados con el matrimonio católico (como la definición de matrimonio, sus propiedades esenciales, el consentimiento matrimonial, las causales de nulidad del matrimonio, los impedimentos matrimoniales, los matrimonios mixtos, el matrimonio en secreto, el matrimonio por procurador, el matrimonio in extremis, los efectos del matrimonio, la separación de los cónyuges, la disolución de vínculo matrimonial, la convalidación del matrimonio, etc.) se encuentran en el Código de Derecho Canónico, que es el conjunto ordenado de las normas jurídicas que regulan los diversos y múltiples temas de la Iglesia Católica de rito latino.

El 25 de enero de 1983 el Papa Juan Pablo II promulgó el nuevo Código de Derecho Canónico que entró en vigor en noviembre del mismo año. Es decir, en este mes se cumplen 25 años de su vigencia. Es por esto, y por el enorme interés que suscita entre mis lectores todo lo relacionado con el matrimonio católico, que he decidido publicar en mi blog todos los cánones del Código de Derecho Canónico que hacen referencia al tema del matrimonio en sus diversos aspectos.

Nadie duda de que el matrimonio católico es un tema de gran interés universal, puesto que en todas las regiones del mundo existen muchas personas casadas por la Iglesia Católica. Por lo tanto, la normas canónicas sobre el matrimonio se aplican en todo el mundo; de ahí su importancia, su solidez y su generalidad. Como son muchas los cánones específicos sobre el matrimonio y la familia, he querido ponerlos a disposición de mis lectores en este blog, divididos en dos partes. Sólo los expondré sin hacer ningún comentario ni estudio sobre ellos. Sin embargo, en este  mismo blog analizo en otros artículos algunos de los aspectos más importantes contenidos en las normas canónicas sobre el matrimonio (ver todos los temas de derecho canónico).

El Título VII del Código de Derecho Canónico, en sus cánones 1055 a 1165, hace una detallada y completa exposición de los diversos aspectos del matrimonio, conforme a las enseñanzas que la Iglesia -fundada por Cristo- nos ha transmitido de manera permanente desde hace más de dos mil años de su existencia. Se dice pronto, pero más de 20 siglos continuos de enseñanza, es un tiempo muy amplio que nos da una idea de la perennidad, seriedad y validez de la doctrina de la Iglesia sobre el matrimonio.

La primera parte va de los cánones 1055 a 1107 y la segunda parte de los cánones 1108 a 1165.

CÓDIGO DE DERECHO CANÓNICO

TÍTULO VII

DEL MATRIMONIO (Cánones 1055 a 1165)

PRIMERA PARTE: Cánones 1055 a 1107

1055 § 1: La alianza matrimonial, por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio de toda la vida, ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole, fue elevada por Cristo Señor a la dignidad de sacramento entre bautizados.
§ 2.  Por tanto, entre bautizados, no puede haber contrato matrimonial válido que no sea por eso mismo sacramento.

1056: Las propiedades esenciales del matrimonio son la unidad y la indisolubilidad, que en el matrimonio cristiano alcanzan una particular firmeza por razón del sacramento.

1057 § 1: El matrimonio lo produce el consentimiento de las partes legítimamente manifestado entre personas jurídicamente hábiles, consentimiento que ningún poder humano puede suplir.
§ 2.  El consentimiento matrimonial es el acto de la voluntad, por el cual el varón y la mujer se entregan y aceptan mutuamente en alianza irrevocable para constituir el matrimonio.

1058: Pueden contraer matrimonio todos aquellos a quienes el derecho no se lo prohíbe.

1059: El matrimonio de los católicos, aunque sea católico uno solo de los contrayentes, se rige no sólo por el derecho divino sino también por el canónico, sin perjuicio de la competencia de la potestad civil sobre los efectos meramente civiles del mismo matrimonio.

1060: El matrimonio goza del favor del derecho; por lo que en la duda se ha de estar por la validez del matrimonio mientras no se pruebe lo contrario.

1061 § 1: El matrimonio válido entre bautizados se llama sólo rato, si no ha sido consumado; rato y consumado, si los cónyuges han realizado de modo humano el acto conyugal apto de por sí para engendrar la prole, al que el matrimonio se ordena por su misma naturaleza y mediante el cual los cónyuges se hacen una sola carne.
§ 2. Una vez celebrado el matrimonio, si los cónyuges han cohabitado, se presume la consumación, mientras no se pruebe lo contrario.
§ 3.  El matrimonio inválido se llama putativo, si fue celebrado de buena fe al menos por uno de los contrayentes, hasta que ambos adquieran certeza de la nulidad.

1062 § 1:  La promesa de matrimonio, tanto unilateral como bilateral, a la que se llama esponsales, se rige por el derecho particular que haya establecido la Conferencia Episcopal, teniendo en cuenta las costumbres y las leyes civiles, si las hay.
§ 2.   La promesa de matrimonio no da origen a una acción para pedir la celebración del mismo; pero si para el resarcimiento de daños, si en algún modo es debido.

CAPÍTULO I

DE LA ATENCIÓN PASTORAL Y DE LO QUE DEBE PRECEDER A LA CELEBRACIÓN DEL MATRIMONIO

1063: Los pastores de almas están obligados a procurar que la propia comunidad eclesiástica preste a los fieles asistencia para que el estado matrimonial se mantenga en el espíritu cristiano y progrese hacia la perfección. Ante todo, se ha de prestar esta asistencia:
1. Mediante la predicación, la catequesis acomodada a los menores, a los jóvenes y a los adultos, e incluso con los medios de comunicación social, de modo que los fieles adquieran formación sobre el significado del matrimonio cristiano y sobre la tarea de los cónyuges y padres cristianos.
2. Por la preparación personal para contraer matrimonio, por la cual los novios se dispongan para la santidad y las obligaciones de su nuevo estado;
3. Por una fructuosa celebración litúrgica del matrimonio, que ponga de manifiesto que los cónyuges se constituyen en signo del misterio de unidad y amor fecundo entre Cristo y la Iglesia y que participan de él;
4. Por la ayuda prestada a los casados, para que, manteniendo y defendiendo fielmente la alianza conyugal, lleguen a una vida cada vez más santa y más plena en el ámbito de la propia familia.

1064: Corresponde al Ordinario del lugar cuidar de que se organice debidamente esa asistencia, oyendo también, si parece conveniente, a hombres y mujeres de experiencia y competencia probadas.

1065 § 1: Los católicos aún no confirmados deben recibir el sacramento de la confirmación antes de ser admitidos al matrimonio, si ello es posible sin dificultad grave.
§ 2.  Para que reciban fructuosamente el sacramento del matrimonio, se recomienda encarecidamente que los contrayentes acudan a los sacramentos de la penitencia y de la santísima Eucaristía.

1066: Antes de que se celebre el matrimonio debe constar que nada se opone a su celebración válida y lícita.

1067:  La Conferencia Episcopal establecerá normas sobre el examen de los contrayentes, así como sobre las proclamas matrimoniales u otros medios oportunos para realizar las investigaciones que deben necesariamente preceder al matrimonio, de manera que, diligentemente observadas, pueda el párroco asistir al matrimonio.

1068: En peligro de muerte, si no pueden conseguirse otras pruebas, basta, a no ser que haya indicios en contra, la declaración de los contrayentes, bajo juramento según los casos, de que están bautizados y libres de todo impedimento.

1069: Todos los fieles están obligados a manifestar al párroco o al Ordinario del lugar, antes de la celebración del matrimonio, los impedimentos de que tengan noticia.

1070:  Si realiza las investigaciones alguien distinto del párroco a quien corresponde asistir al matrimonio, comunicará cuanto antes su resultado al mismo párroco, mediante documento auténtico.

1071 § 1:    Excepto en caso de necesidad, nadie debe asistir sin licencia del Ordinario del lugar:
1. Al matrimonio de los vagos;
2. Al matrimonio que no puede ser reconocido o celebrado según la ley civil;
3. Al matrimonio de quien esté sujeto a obligaciones naturales nacidas de una unión precedente, hacia la otra parte o hacia los hijos de esa unión;
4. Al matrimonio de quien notoriamente hubiera abandonado la fe católica;
5. Al matrimonio de quien esté incurso en una censura;
6. Al matrimonio de un menor de edad, si sus padres lo ignoran o se oponen razonablemente;
7. Al matrimonio por procurador, del que se trata en el c. 1105.
§ 2.  El Ordinario del lugar no debe conceder licencia para asistir al matrimonio de quien haya abandonado notoriamente la fe católica, si no es observando con las debidas adaptaciones lo establecido en el c. 1125.

1072: Procuren los pastores de almas disuadir de la celebración del matrimonio a los jóvenes que aún no han alcanzado la edad en la que según las costumbres de la región se suele contraer.

CAPÍTULO II

DE LOS IMPEDIMENTOS DIRIMENTES EN GENERAL

1073: El impedimento dirimente inhabilita a la persona para contraer matrimonio válidamente.

1074: Se considera público el impedimento que puede probarse en el fuero externo; en caso contrario es oculto.

1075 § 1:   Compete de modo exclusivo a la Autoridad Suprema de la Iglesia declarar auténticamente cuándo el derecho divino prohíbe o dirime el matrimonio.
§ 2.   Igualmente, sólo la autoridad suprema tiene el derecho a establecer otros impedimentos respecto a los bautizados.

1076: Queda reprobada cualquier costumbre que introduzca un impedimento nuevo o sea contraria a los impedimentos existentes.

1077 § 1: Puede el Ordinario del lugar prohibir en un caso particular el matrimonio a sus propios súbditos dondequiera que residan y a todos los que de hecho moren dentro de su territorio, pero sólo temporalmente, por causa grave y mientras ésta dure.
§ 2.  Sólo la autoridad suprema de la Iglesia puede añadir a esta prohibición una cláusula dirimente.

1078 § 1:  Exceptuados aquellos impedimentos cuya dispensa se reserva a la Sede Apostólica, el Ordinario del lugar puede dispensar de todos los impedimentos de derecho eclesiástico a sus propios súbditos, cualquiera que sea el lugar en el que residen, y a todos los que de hecho moran en su territorio.
§ 2.   Los impedimentos cuya dispensa se reserva a la Sede Apostólica son:
1. El impedimento que proviene de haber recibido las sagradas órdenes o del voto público perpetuo de castidad en un instituto religioso de derecho pontificio;
2. El impedimento de crimen, del que se trata en el c. 1090.
§ 3.  Nunca se concede dispensa del impedimento de consanguinidad en línea recta o en segundo grado de línea colateral.

1079 § 1:  En peligro de muerte, el Ordinario del lugar puede dispensar a sus propios súbditos, cualquiera que sea el lugar donde residen, y a todos los que de hecho moran en su territorio, tanto de la forma que debe observarse en la celebración del matrimonio como de todos y cada uno de los impedimentos de derecho eclesiástico, ya sean públicos ya ocultos excepto el impedimento surgido del orden sagrado del presbiterado.
§ 2.  En las mismas circunstancias de las que se trata en el § 1, pero sólo para los casos en que ni siquiera sea posible acudir al Ordinario del lugar, tienen la misma facultad de dispensar el párroco, el ministro sagrado debidamente delegado y el sacerdote o diácono que asisten al matrimonio de que trata el  c. 1116.
§ 3. En peligro de muerte, el confesor goza de la potestad de dispensar en el fuero interno de los impedimentos ocultos, tanto en la confesión sacramental como fuera de ella.
§ 4.  En el caso del que se trata en el § 2, se considera que no es posible acudir al Ordinario del lugar si sólo puede hacerse por telégrafo o teléfono.

1080 § 1: Siempre que el impedimento se descubra cuando ya está todo preparado para las nupcias, y el matrimonio no pueda retrasarse sin peligro de daño grave hasta que se obtenga la dispensa de la autoridad competente, gozan de la potestad de dispensar de todos los impedimentos, exceptuados los que se enumeran en el  c. 1078 § 2, 1, el Ordinario del lugar y, siempre que el caso sea oculto, todos los que se mencionan en el c. 1079 §  2 y 3, observando las condiciones que allí se prescriben.
§ 2. Esta potestad vale también para convalidar un matrimonio, si existe el mismo peligro en la demora y no hay tiempo para recurrir a la Sede Apostólica, o al Ordinario del lugar cuando se trate de impedimentos de los que puede dispensar.

1081: Tanto el párroco como el sacerdote o el diácono, a los que se refiere el c. 1079 §2, han de comunicar inmediatamente al Ordinario del lugar la dispensa concedida para el fuero externo; y ésta debe anotarse en el libro de matrimonios.

1082: A no ser que el rescripto de la Penitenciaria determine otra cosa, la dispensa de un impedimento oculto concedida en el fuero interno no sacramental se anotará en el libro que debe guardarse en el archivo secreto de la curia; y no es necesaria ulterior dispensa para el fuero externo, si el impedimento oculto llegase más tarde a hacerse público.

CAPÍTULO III

DE LOS IMPEDIMENTOS DIRIMENTES EN PARTICULAR

1083 § 1:    No puede contraer matrimonio válido el varón antes de los dieciséis años cumplidos, ni la mujer antes de los catorce, también cumplidos.
§ 2.  Puede la Conferencia Episcopal establecer una edad superior para la celebración lícita del matrimonio.

1084 § 1: La impotencia antecedente y perpetua para realizar el acto conyugal, tanto por parte del hombre como de la mujer, ya absoluta ya relativa, hace nulo el matrimonio por su misma naturaleza.
§ 2.   Si el impedimento de impotencia es dudoso, con duda de derecho o de hecho, no se debe impedir el matrimonio ni, mientras persista la duda, declararlo nulo.
§ 3.   La esterilidad no prohíbe ni dirime el matrimonio, sin perjuicio de lo que se prescribe en el c. 1098.

1085 § 1:   Atenta inválidamente matrimonio quien está ligado por el vínculo de un matrimonio anterior, aunque no haya sido consumado.
§ 2.  Aun cuando el matrimonio anterior sea nulo o haya sido disuelto por cualquier causa, no por eso es lícito contraer otro antes de que conste legítimamente y con certeza la nulidad o disolución del precedente.

1086 § 1: Es inválido el matrimonio entre dos personas, una de las cuales fue bautizada en la Iglesia católica o recibida en su seno y no se ha apartado de ella por acto formal, y otra no bautizada.
§ 2. No se dispense este impedimento si no se cumplen las condiciones indicadas en los cc.  1125 y 1126.
§ 3. Si al contraer el matrimonio, una parte era comúnmente tenida por bautizada o su bautismo era dudoso, se ha de presumir, conforme al c. 1060, la validez del matrimonio hasta que se pruebe con certeza que uno de los contrayentes estaba bautizado y el otro no.

1087: Atentan inválidamente el matrimonio quienes han recibido las órdenes sagradas.

1088: Atentan inválidamente el matrimonio quienes están vinculados por voto público perpetuo de castidad en un instituto religioso.

1089: No puede haber matrimonio entre un hombre y una mujer raptada o al menos retenida con miras a contraer matrimonio con ella, a no ser que después la mujer, separada del raptor y hallándose en lugar seguro y libre, elija voluntariamente el matrimonio.

1090 § 1: Quien, con el fin de contraer matrimonio con una determinada persona, causa la muerte del cónyuge de ésta o de su propio cónyuge, atenta inválidamente ese matrimonio.
§ 2. También atentan inválidamente el matrimonio entre sí quienes con una cooperación mutua, física o moral, causaron la muerte del cónyuge.

1091 § 1:  En línea recta de consanguinidad, es nulo el matrimonio entre todos los ascendientes y descendientes, tanto legítimos como naturales.
§ 2.  En línea colateral, es nulo hasta el cuarto grado inclusive.
§ 3.  El impedimento de consanguinidad no se multiplica.
§ 4.  Nunca debe permitirse el matrimonio cuando subsiste alguna duda sobre si las partes son consanguíneas en algún grado de línea recta o en segundo grado de línea colateral.

1092: La afinidad en línea recta dirime el matrimonio en cualquier grado.

1093: El impedimento de pública honestidad surge del matrimonio inválido después de instaurada la vida en común o del concubinato notorio o público; y dirime el matrimonio en el primer grado de línea recta entre el varón y las consanguíneas de la mujer y viceversa.

1094: No pueden contraer válidamente matrimonio entre sí quienes están unidos por parentesco legal proveniente de la adopción, en línea recta o en segundo grado de línea colateral.

CAPÍTULO IV

DEL CONSENTIMIENTO MATRIMONIAL

1095: Son incapaces de contraer matrimonio:
1. Quienes carecen de suficiente uso de razón;
2. Quienes tienen un grave defecto de discreción de juicio acerca de los derechos y deberes esenciales del matrimonio que mutuamente se han de dar y aceptar;
3. Quienes no pueden asumir las obligaciones esenciales del matrimonio por causas de naturaleza psíquica.

1096 § 1: Para que pueda haber consentimiento matrimonial, es necesario que los contrayentes no ignoren al menos que el matrimonio es un consorcio permanente entre un varón y una mujer, ordenado a la procreación de la prole mediante una cierta cooperación sexual.
§ 2.  Esta ignorancia no se presume después de la pubertad.

1097 § 1: El error acerca de la persona hace inválido el matrimonio.
§ 2. El error acerca de una cualidad de la persona, aunque sea causa del contrato, no dirime el matrimonio, a no ser que se pretenda esta cualidad directa y principalmente.

1098: Quien contrae el matrimonio engañado por dolo, provocado para obtener su consentimiento, acerca de una cualidad del otro contrayente, que por su naturaleza puede perturbar gravemente el consorcio de vida conyugal, contrae inválidamente.

1099: El error acerca de la unidad, de la indisolubilidad o de la dignidad sacramental del matrimonio, con tal que no determine a la voluntad, no vicia el consentimiento matrimonial.

1100: La certeza o la opinión acerca de la nulidad del matrimonio no excluye necesariamente el consentimiento matrimonial.

1101 § 1:    El consentimiento interno de la voluntad se presume que está conforme con las palabras o signos empleados al celebrar el matrimonio.
§ 2. Pero si uno o ambos contrayentes excluyen con un acto positivo de la voluntad el matrimonio mismo, o un elemento esencial del matrimonio, o una propiedad esencial, contraen inválidamente.

1102 § 1: No puede contraerse válidamente matrimonio bajo condición de futuro.
§ 2.  El matrimonio contraído bajo condición de pasado o de presente es válido o no, según que se verifique o no aquello que es objeto de la condición.
§ 3. Sin embargo, la condición que trata el § 2 no puede ponerse lícitamente sin licencia escrita del Ordinario del lugar.

1103: Es inválido el matrimonio contraído por violencia o por miedo grave proveniente de una causa externa, incluso el no inferido con miras al matrimonio, para librarse del cual alguien se vea obligado a casarse.

1104 § 1: Para contraer válidamente matrimonio es necesario que ambos contrayentes se hallen presentes en un mismo lugar, o en persona o por medio de un procurador.
§ 2. Expresen los esposos con palabras el consentimiento matrimonial; o, si no pueden hablar, con signos equivalentes.

1105 § 1: Para contraer válidamente matrimonio por procurador, se requiere:

1. Que se haya dado mandato especial para contraer con una persona determinada;
2. Que el procurador haya sido designado por el mandante, y desempeñe personalmente esa función.
§ 2.  Para la validez del mandato se requiere que esté firmado por el mandante y, además, por el párroco o el Ordinario del lugar donde se da el mandato, o por un sacerdote delegado por uno de ellos, o al menos por dos testigos; o debe hacerse mediante documento auténtico a tenor del derecho civil.
§ 3. Si el mandante no puede escribir, se ha de hacer constar esta circunstancia en el mandato, y se añadirá otro testigo, que debe firmar también el escrito; en caso contrario, el mandato es nulo.
§ 4.  Si el mandante, antes de que el procurador haya contraído en su nombre, revoca el mandato o cae en amencia, el matrimonio es inválido, aunque el procurador o el otro contrayente lo ignoren.

1106: El matrimonio puede contraerse mediante intérprete, pero el párroco no debe asistir si no le consta la fidelidad del intérprete.

1107: Aunque el matrimonio se hubiera contraído inválidamente por razón de un impedimento o defecto de forma, se presume que el consentimiento prestado persevera, mientras no conste su revocación.

NOTA: Los siguientes cánones 1108 a 1165 están en la segunda parte de este mismo artículo, el cual puede encontrar haciendo click aquí

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Sexualidad, Matrimonio, Familia y Parentesco en Derecho Canónico

jueves, 23 octubre 2008

No existe una familia canónica ni una familia civil, porque la familia no se agota en las normas positivas de un determinado ordenamiento jurídico. El matrimonio  y la familia poseen la misma naturaleza jurídica, porque  están fundados en el pacto conyugal de los esposos, el cual será verdaderamente matrimonial si está abierto a la familia,  a la procreación y educación de la prole.

Históricamente el sistema de parentesco en Occidente se constituyó sobre el concepto de la “una caro”. Ya no son dos sino uno sólo, “una sola carne”, constituyendo los esposos una unidad parental en el árbol del sistema genealógico, un “modo de ser”, una “identidad personal”.  Los tradicionales sistemas de parentesco de Occidente estaban implícitamente fundados sobre la naturaleza interpersonal y sexual de las relaciones familiares.

Bien sabemos que el hombre no es sólo un ser social sino también un ser familiar, ya que en la familia encuentra su “primera socialización”, su intimidad, su identidad personal y su genealogía. En ella se es padre o madre, esposo o esposa, hijo o hija, hermano o hermana porque la persona es un “ser en relación”. La familia se funda en el pacto matrimonial de una pareja heterosexual. Naturaleza, libertad y cultura se funden de tal manera en la realidad familiar que ningún ordenamiento jurídico –sea natural o positivo- puede separarlas en la determinación de los sistemas de parentesco.

El hombre y la mujer, al entregarse mutuamente el uno al otro, no se limitan a crear un vínculo jurídico de naturaleza contractual, sino que constituyen la primera relación jurídico-familiar, es decir, son los “primeros parientes” o consanguíneos. Esa unión conyugal ya es familiar por naturaleza, así no haya todavía hijos, porque está ordenada a la más amplia comunidad familiar.

Esto no significa que se confundan los conceptos de matrimonio y de familia, los cuales conservan su propia autonomía. Sabemos que la noción de familia no comporta como elemento esencial la dimensión biológica, pero ésta sí tiene relevancia jurídica. En el derecho romano existía una visión exclusivamente jurídica de la familia, sin fundamento biológico, en la que  la figura del paterfamilias era la de una potestad a la que una comunidad de personas estaba sometida, sin tener en cuenta la dimensión biológica de la sexualidad ni los lazos naturales de la sangre. El cristianismo logró superar esta visión exclusivamente jurídica de la familia al descubrir una dimensión intrínseca de justicia y de ética en el ejercicio de la sexualidad, constituyéndose así la comunidad familiar por los esposos junto con los hijos tenidos por ellos, fruto de sus relaciones conyugales.

1. La condición sexual y las relaciones familiares:

El problema de la naturaleza jurídica de la condición sexual se relaciona precisamente con esta distinción de ser varón o ser mujer. ¿Es una realidad constitutiva del ser personal o es, más bien, una característica periférica de la persona, localizable en “aquello” que es cambiante y modificable? ¿Esa condición sexual constituye un elemento esencial de la personalidad, algo que no puede “elegirse”? La condición sexual exige el reconocimiento por parte del sujeto, que se tiene que poner ante la existencia como varón o como mujer. El ser humano se relaciona con sus semejantes y lo hace desde su ser varón o ser mujer .

La condición sexuada es una condición ontológica que debe ser reconocida; por eso, hablar de derecho a la propia identidad sexual, sólo puede hacerse si esta identidad se fundamenta en la condición sexuada, es decir, en el ser radical de la persona. El ser humano es varón o es mujer; no puede ser las dos cosas y no puede ser otra cosa distinta. Cada sexo co-implica al otro. La radicalidad de la condición sexuada, convierte a ésta en una estructura esencial de la vida humana, particularmente importante desde el punto de vista del derecho de familia . El ser varón o ser mujer se nace, no se hace.

Existe el derecho fundamental de la persona  al reconocimiento de la propia condición sexual (derecho erga omnes, que es reconocido también en el ordenamiento canónico); pero lo que es cuestionable es la legitimidad de un derecho absoluto sobre el cuerpo y sobre la condición sexual, en virtud del cual la persona podría cambiar de sexo siempre que razonablemente quisiera y la sociedad estaría obligada a adecuar el sexo social en conformidad con el sexo psíquico deseado por dicha persona.

La condición sexuada es presupuesto esencial de cada relación familiar, entre otras razones porque es la misma familia la que tiene que contribuir poderosamente en la adquisición de una recta conciencia  de la propia condición sexual de la persona, lo cual se logra mediante el necesario respeto que rige la vida familiar.

La relación familiar aporta elementos específicos que nos permiten precisar la noción de amor y de comunión familiar. En el interior de la familia, en cuanto comunidad de personas, se advierten diversos tipos de amor –tanto cuantas son las relaciones en ella existentes- que tienen en común la característica de ser familiares, de basarse sobre el hecho de ser vividos y sentidos por personas que guardan entre sí peculiares y excluyentes vínculos de parentesco .

Las relaciones familiares se distinguen de todas las demás relaciones interpersonales por el hecho de ser familiares, es decir, de surgir en el interior de una comunidad de personas que tienen como fin el originar o generar la persona en cuanto ser llamado a la comunión . Las formas primordiales de comunidad de personas son las constituidas por las relaciones familiares. Por eso se puede decir que los tipos de comunión a los que son llamadas las personas ligadas por relaciones familiares son originales y primordiales. Si tres son las relaciones familiares fundamentales (conyugalidad, paternidad-filiación  y fraternidad) serán también tres los principales amores de naturaleza familiar: el amor conyugal, el amor paterno-filial y el amor fraterno.

En el ámbito familiar no existen los “ex –parientes”, porque son relaciones permanentes (sería absurdo decir mi ex – hijo, mi ex – hermano). El amor familiar es un amor personal, es un amor voluntario en el que la permanencia del amor está asegurada por el carácter indeleble del amor.

a. El proceso amoroso conyugal y su carácter sexual:

La condición sexuada es un elemento constitutivo de la persona humana. En el proceso de amor conyugal, la sexualidad adquiere un papel esencial. El objeto del amor conyugal es la persona del otro, en cuanto a varón y en cuanto a mujer, en una diferenciación sexual. El hombre tiene en común con los animales el ser corpóreo y la existencia de un nivel instintivo o de pulsiones que se producen en él al margen de la libertad. La sexualidad humana no es un instinto en sentido estricto, porque se sitúa básicamente en  el ámbito de la libertad humana y es susceptible de ser gobernada por la voluntad .

Entre la sexualidad humana y la animal existen profundas diferencias que conducen a pensar que entre ellas haya un salto cualitativo tan grande como el que se da entre el lenguaje animal y el humano. Por esta razón se suele preferir hablar de “tendencia sexual”, más que de “instinto sexual” porque la primera expresión respeta mejor el ámbito de la libertad de la persona . A diferencia de los animales, el varón y la mujer deben integrar el impulso sexual que él y ella experimentan a nivel fisiológico. Para que el impulso sexual pueda tener carácter humano es necesario que sea integrado en la afectividad de los amantes .

El impulso sexual revela al hombre su condición personal y familiar porque  siendo un amor conyugal, es decir, mediado por la sexualidad, el amor de los esposos aparece coloreado por el eros, es decir, por la afectividad. Así se podrá entender mejor que el análisis de las características del eros no se agota en su nivel afectivo, sino que se extiende hacia el nivel personal, hasta el punto que son estas características las que especifican lo  conyugal del amor entre un hombre y una mujer .

El amor conyugal añade una nueva característica a las aportadas por el eros, se trata del carácter jurídico: es un amor debido en justicia porque asume el aspecto de un compromiso, de algo que debe hacerse, de una tarea, de un desafío presentado a la libertad del hombre y de la mujer. La fundación de la relación conyugal mediante el pacto nupcial es el primer acto del amor conyugal, mediante el cual el hombre y la mujer casados podrán convertirse realmente en una sola carne, en una nueva identidad familiar, en una comunión de personas .

El grado de comunión por ellos alcanzado dependerá fundamentalmente, aunque en modos diversos, tanto de los cuidados y de las virtudes por ellos puestos por obra, como de la bondad y efectiva existencia de los afectos que los unen, de la libertad y de la fidelidad al compromiso recíproco. Las características del amor conyugal (amor plenamente humano, total, fiel, exclusivo y fecundo) no son simples promesas sino propiedades de una realidad jurídica y ética. Incluso en el supuesto en que la comunión conyugal muriera por desidia o dejadez o por otras causas, la relación familiar que está en la base y que liga a los esposos para toda la vida, sigue conservando la llamada a la comunión o, en su caso, al perdón y a la reconciliación .

b. La conyugalidad como objeto del consentimiento matrimonial:

Los contrayentes lo que quieren y deben querer es la persona del otro en su conyugalidad, querer darse y aceptarse como esposos, porque forma parte de la relación conyugal . Conyugalidad y relación conyugal se pueden utilizar como sinónimos, pues es el deseo de querer transformarse en cónyuges: de novios, pasar a ser marido y mujer; de prometidos, convertirse en consortes. De aquí se origina la “una caro”, o sea, la naturaleza familiar del consentimiento matrimonial.

Tanto en la relación conyugal como en la filial, los derechos y deberes surgen consecuencialmente de la misma relación. En el acto de creación de la relación filial es evidente que la relación no surge por el hecho de que los padres “asuman” todas las obligaciones que derivarán en el futuro, sino que al aceptar la relación que crean, se hacen cargo del desarrollo dinámico de la misma, comprometiéndose a cumplir los deberes que irán surgiendo a medida que crece el hijo.

Algo parecido ocurre con el pacto conyugal: al aceptarse mutuamente en la relación, se está asumiendo la obligación de secundar el crecimiento de la  misma. La libertad de los esposos consiste en que ellos eligen la persona con la que casarse y tienen derecho a ponerse de acuerdo sobre el tipo de vida matrimonial que desean establecer, mientras se respete el contenido que por derecho natural debe mantener la relación conyugal .

c.  La paternidad – maternidad – filiación como relación familiar:

La paternidad como relación familiar interpersonal no es un hecho simplemente biológico; ser padre no es simplemente generar un hijo, sino que también es una acción voluntaria que reconoce la relación paterno-filial para que ésta alcance su plenitud. La filiación no se identifica necesariamente con la procreación, porque puede darse la paternidad sin procreación, como en el caso de la adopción, y puede darse la procreación con rechazo de la paternidad, como ocurre en el caso de los hijos no reconocidos o abandonados.

La paternidad como realidad antropológica no se ordena únicamente a satisfacer una necesidad de la naturaleza: la reproducción y conservación de la especie. Los hijos son fruto de la donación de los esposos, son “el reflejo viviente de su amor”, son un don y no un derecho .

Los cónyuges establecen una communio personarum, una communio coniugalis, con la que se inicia la comunidad familiar. Las relaciones familiares están llamadas a ser comuniones familiares, por el íntimo y sólido afecto que se da entre sus miembros. Hay que reconocer que existe una notable pérdida de la conciencia del carácter “familiar” de la relación conyugal, esto es, del matrimonio.

Una de las ciencias del hombre que ha recibido un mayor impulso en nuestro siglo es la antropología. La familia, por otro lado, ha ocupado un primer plano en los estudios de antropólogos, sociólogos, historiadores. En la base de la investigación de estas diversas ciencias humanas radica la convicción de que en la formación de la personalidad, el ser humano requiere un “hábitat” primario adecuado en el que se realice la primera socialización de la persona .

Las relaciones familiares padres – hijos – hermanos tienen como fundamento un hecho biológico: la generación, mientras que la conyugalidad constituye un caso especial porque no se constituye sobre este hecho biológico, sino en la elección del cónyuge que es consecuencia de la libertad de los esposos. Podría pensarse entonces que la conyugalidad no es una relación familiar porque en ella no interviene el elemento sangre, sino la libertad o consentimiento. Por lo tanto, ser cónyuge consistiría en saber desarrollar el propio “rol” de marido y mujer, “rol” que sería definido por el contexto socio-cultural.

De ser así, tendría que concluirse que los conceptos de familia y de relación familiar quedarían ligados exclusivamente a la dimensión biológica de la persona, cayendo en un prejuicio cultural muy difundido en nuestro mundo Occidental que hace pensar que donde no hay relación biológica, pero sí vínculo de libertad, no habría familia.

d. La relación conyugal como relación familiar:

La relación conyugal tiene un carácter personal y biográfico y es la relación familiar por excelencia y, sin ésta, no hay ninguna otra relación que sea plenamente familiar. Naturaleza y libertad se estrechan admirablemente en la relación conyugal. Mientras que las otras relaciones familiares tienen su fundamento en un hecho biológico (la generación, la estirpe) que exige estar integrado en el ámbito de la libertad, en la conyugalidad, en cambio, el fundamento de la conyugalidad como relación familiar radica en un acto de libertad (el pacto conyugal) que integra los dinamismos del amor conyugal. La conyugalidad no es sólo obra de la libertad; en ella interviene de modo constitutivo la naturaleza, o sea, la constitución afectiva, corpórea y espiritual de la persona que los inclina a hacerse una carne.

Nos encontramos así ante una característica propia de la conyugalidad respecto de las otras relaciones familiares: su carácter “sexual”, es decir, la distinción sexual y constitutiva de la relación conyugal que sólo es posible entre un hombre y una mujer. Un sistema de parentesco que no tuviera en cuenta la distinción sexual sería totalmente impensable; por esto, la condición sexual es absolutamente necesaria para poder establecer cualquier sistema de parentesco.

La familia no es un conjunto de personas que ponen en común sus existencias y sus bienes, según un sistema convencional de normas de comportamiento. La familia es una “comunidad de personas” que sólo puede constituirse sobre la “comunión conyugal” del hombre y la mujer. La conyugalidad (comunión personal del esposo y la esposa) recibe la plenitud de su significado con el advenimiento del hijo. Sin embargo, como ya hemos dicho, con independencia de la inexistencia involuntaria de hijos, la comunión de los esposos es ya familiar puesto que los cónyuges son los primeros parientes.

La dimensión personal de la procreación se funda sobre la condición de esposos de los padres. Los cónyuges, antes que padres, se han dado para siempre como esposos en una “alianza de amor indisolublemente fiel y fecunda” . ¿Qué es lo que crea realmente el lazo familiar? Es la exigencia de la solidaridad radical y de la comunidad amorosa dimanante de la condición y dignidad de personas humanas, de quienes se vinculan definitivamente por el “simple” hecho de ser aceptados y amados sin más; es esto lo que crea el lazo radical e incondicional de amor y solidaridad debido en justicia entre familiares . Sólo la familia es capaz de constituirse como “hábitat” de amor radical donde se realiza el nacer, vivir y morir como personas humanas. La familia es la expresión del amor profundo por cada persona humana individualmente considerada .

e. La familia como comunión de personas:

Una vez se constituye la relación familiar, ésta se desliga –por decirlo de algún modo- y se distingue de la vida que realmente realicen los sujetos de la relación. Es decir, tal relación comportará la existencia de una exigencia ética y jurídica de respeto y de honor. En cierto sentido, puede decirse que la relación familiar constituye un mínimo. El don de sí no debe entenderse en términos tan exigentes que hagan pensar que el ser esposo o esposa, padre o madre, hijo o hija, hermano o hermana suponga la creación de algo extraordinario. Nada hay más natural que estos conceptos humanos que se aprenden con la vida misma.

Las relaciones familiares están llamadas o abiertas a alcanzar el máximo grado de comunión interpersonal por el reconocimiento de la propia identidad en una relación personal entre un “tú” y un “yo”. A cada tipo de relación personal entre un tú y un yo, corresponden distintos tipos de comuniones personales: de filiación, de fraternidad, de conyugalidad, de paternidad, de maternidad, porque cada tipo de relación familiar tiene un fundamento. La familia se encuentra como el primer “nosotros” en la que cada uno es yo y tú; cada uno es para el otro marido o mujer, padre o madre, hija o hijo, hermano o hermana, abuelo o nieto.

Todo ser humano debe ser tratado como persona, como objeto de amor. Pero esto sólo será realidad en la medida en que cada persona acepte ser sujeto que debe amar “al otro”, es decir, que reconozca ser sujeto en “relación”. La persona no puede ser entendida como un individuo aislado, sino como un ser en relación con una llamada ontológica que es la de un ser creado para el amor y para la entrega sincera de sí. Su máxima dignidad personal la realizará en la medida en que viva una vida plenamente humana. La persona puede vivir en comunión, en una relación personal entre un tú, un yo, un nosotros. En la familia se da la solidaridad más espontánea y más responsable, donde se encuentra el sentido de pertenencia y de identificación más profundo y originario, donde se aprende que el amor no es algo abstracto e impersonal, sino una continua experiencia del don de sí para el otro.

La comunidad familiar tiene su soporte y fundamento en la comunión que se ha establecido entre los padres, hijos, parientes y familiares. Pero el núcleo original y la fuente irradiadora de esta comunidad y comunión familiar está en lazo de unión conyugal: los esposos, hechos una sola carne, proyectan a todos ellos la imagen  y la fuerza de cohesión. ¿Un lazo familiar puede ser destruido por voluntad humana? Efectivamente no; nadie puede llamar a su padre, a su madre, a su hijo o abuelo o hermana como mi “ex”. Aunque la identidad personal familiar quiera ser desconocida, jamás podrá ser destruida. Igualmente sucede con la relación familiar conyugal; entonces, ¿por qué es tan frecuente oír hablar de mi “ex – cónyuge”?

Porque mientras el positivismo jurídico reconoce las primeras relaciones mencionadas  como relaciones familiares, desconoce las relaciones conyugales como tales y las reduce simplemente a relaciones “funcionales” interpersonales, sujetas al sólo acuerdo de voluntades. Este positivismo desconoce que la comunión conyugal estrecha y une las relaciones familiares creadas .

El amor no es impersonal ni abstracto, sino una continua experiencia del don de sí para el otro. Por esto, la familia no puede conciliarse con una relación conyugal fugaz, pasajera, ocasional o sujeta a la mediocridad del “mientras tanto”. Su misma dinámica exige la totalidad esencial y existencial, para que pueda abrirse a la comunidad familiar. Efectivamente, la comunión conyugal da origen a la comunidad familiar que es una comunión de amor indisoluble. La alianza conyugal no es sólo y exclusivamente un acto de libertad sino que es, también,  el acto en que se genera la familia, el acto en que es creado el primer vínculo familiar, de tal manera que la entrega verdadera de los cónyuges es realmente fecunda, aunque no sea coronada con el fruto de los hijos.

Familia y matrimonio son dos realidades que no pueden ser examinadas por separado. La dimensión familiar de la comunidad conyugal comienza en la alianza matrimonial que hace de los cónyuges los “primeros parientes”. Por esto, la relación entre los cónyuges, lejos de ser una relación “funcional” es una relación “plenamente familiar” que los hace llamarse “consortes” porque la relación conyugal es la relación familiar por excelencia y, sin ésta, no hay otra relación que sea plenamente familiar .

Naturaleza y libertad se estrechan admirablemente en el pacto conyugal. El carácter de permanencia y de unidad del vínculo conyugal (que son sus propiedades esenciales), entendido como “relación familiar” no excluye el hecho de que tal relación esté llamada o abierta a alcanzar el máximo grado de comunión interpersonal . Siendo una realidad permanente y dinámica en la que cabe una mayor o menor fidelidad, la relación conyugal es un concepto analógico que puede también expresarse como “comunión de personas” porque supone un factor de unidad y de solidaridad que crea el bien trascendente de las personas, ya que tienen en común el empeño recíproco de conseguir el bien de los cónyuges que reclama el nexo íntimo del bien de la familia.

Las identidades familiares son un concepto abstracto con el que se puede abarcar un conjunto de concretas identidades de la persona que tienen como característica común la de provenir de la familia. Al pertenecer a una concreta familia la persona encuentra en sí misma aspectos o cualidades que le relacionan con los otros miembros de ella. Cuando la vida de una persona se desarrolla en el seno de una familia corriente, descubre en su ser el fruto de la entrega de otras personas y aprende a contemplar su propia vida como una llamada a la entrega de sí mismo.

En la familia se encuentra la genealogía de la persona; gracias a la generosidad de sus padres, la persona humana recibe la primera identidad familiar, que es la filiación. Sin embargo, la primera identidad familiar es la conyugal, que es de la relación conyugal de la que se derivan tanto la comunidad familiar como todas y cada una de las relaciones familiares. La filiación  se explica desde la relación conyugal, porque es fruto de la entrega generosa de los esposos entre sí.  La filiación se origina en la conyugalidad, puesto que la unidad de los padres es un principio generativo respecto al hijo .

2. Derecho, biología y cultura:

En el derecho civil se están planteando una serie de retos en la regulación jurídica de la sexualidad, afectando directamente a la institución del matrimonio, basada en la nota esencial de la heterosexualidad. Hay dos planteamientos en pugna: uno es que el derecho debe regular siguiendo la realidad biológica y el otro es que el derecho es una construcción cultural al margen de la biología, que puede decidir las instituciones siguiendo la voluntad de las personas.  Existe una postura intermedia que dice que el derecho debe respetar  la biología, quedando márgenes de construcción cultural. Una adecuada solución jurídica exige conocer conceptos biológicos y científicos.

Los presupuestos antropológicos son determinantes para establecer la relación entre biología y cultura con respecto a la institución del matrimonio. Unos definen el matrimonio y la familia en relación a la procreación, a la complementariedad de los sexos, haciendo referencia a la posibilidad de establecer relaciones heterosexuales sin que necesariamente haya descendencia.

Otros conciben el matrimonio como una unión afectiva en sentido amplio, que no implica la sexualidad entendida como cópula. Este sector de la doctrina desvincula el matrimonio de sus aspectos biológicos o sexuales, interpretando la vida familiar de un modo más amplio. Dicen que todos los ciudadanos son iguales con independencia de su orientación sexual y debe garantizárseles los plenos beneficios y derechos del matrimonio, permitiendo la posibilidad de la adopción.

¿Realmente existe un derecho a la libre opción sexual? ¿Estaría en la categoría de los derechos fundamentales? Bien sabemos que los derechos fundamentales son los derechos naturales protegidos constitucionalmente. Son expresión de la naturaleza y de la construcción cultural, esto es, naturales y culturales. Que el derecho sea una construcción cultural no quiere decir que pueda ser arbitraria. La naturaleza  es un límite para la técnica jurídica; mediante el artificio podemos no quedar a merced de las reglas de la naturaleza, pero no podemos contradecirlas, puesto que la naturaleza y los derechos son realidades distintas, pero no antagónicas .

El componente del matrimonio no es sólo la libertad, sino también la naturaleza biológica de la conyugalidad, es decir, la complementariedad varón-mujer. En estas situaciones concretas el simple componente psíquico, unido a asumir un rol femenino o masculino, sintiéndose emocionalmente mujer u hombre desde la infancia, así hubiese intervención quirúrgica posterior, no modifica ni altera los componentes determinantes del sexo. El sexo es una cualidad de la persona y, como tal, pertenece al derecho natural con importantes componentes de derecho público, que no están sujetos al arbitrio de los particulares. Por lo tanto, está fuera de la esfera del derecho dispositivo.

3. Un sano pluralismo cultural:

Un sano pluralismo cultural que sostiene que el matrimonio es una construcción convencional, cultural y plural, no significa que sea una institución indefinida o indefinible. Lo cultural se fundamenta en lo real y, a su vez, las instituciones reales se organizan de un modo cultural. Por eso el derecho tiene una dimensión cultural y fáctica, pero no se agota en ellas. Hay límites de lo fáctico. El derecho pretende regular lo que conviene hacerse, no sólo lo que se puede hacer. El derecho aparece en ocasiones para frenar un poder, imponer un deber, ordenar conflictos, establecer justicia . Los criterios con los que resuelve los conflictos no son siempre culturales, sino también de justicia y valorativos.

La sexualidad humana es una dimensión de la persona, porque la persona humana es una persona sexuada. La condición sexuada pertenece al ser de la persona, lo que constituye el fundamento mismo del derecho a la  identidad sexual desde su condición concreta de varón o de mujer, pues actúa no desde una libertad incorporal y asexuada, sino desde unas concretas condiciones  existenciales, las cuales no pueden elegirse ni cambiarse.

Sabemos que el matrimonio y la familia no los crean ni la sociedad ni el Estado, sino las personas concretas a través de los dinamismos personales de la sexualidad propiamente humana.

El sexo es cualidad inmanente del ser humano, en tanto que la sexualidad, por referirse al comportamiento o conducta del individuo con relación a él, es contingente y versátil, no pudiendo constituir este último, por consiguiente, factor adecuado para cambiar aquél, pues el sexo, aun con componentes psíquico-somáticos, tiene incuestionablemente un ingrediente de carácter físico-biológico, de trascendencia infinitamente mayor que el elemento psíquico que lo  complementa y adorna .

El estado sexual de cada hombre en el todo en el que necesariamente ha de estar no es algo que arbitrariamente puedan fijar el mismo sujeto o el legislador, sino que “viene dado” en las condiciones y características de cada individuo.

A partir de la edad núbil el hombre y la mujer tienen derecho a casarse y a fundar una familia según las leyes nacionales que rijan el ejercicio de este derecho . La atribución de uno u otro sexo en una persona es relevante en el orden jurídico, ya que es uno de los datos caracterizadores o conformadores del estado civil.

Si se acogiera indiscriminadamente la facultad de cambiar de sexo, no quedarían excluidas ulteriores opciones, pues nada se dice sobre que el primer cambio sea de efectos consuntivos. Piénsese en este aspecto de la inseguridad jurídica en el despliegue temporal de los efectos de una declaración constitutiva de sexo, especialmente en cuanto a relaciones jurídicas atinentes al estado civil o a relaciones familiares como el de la paternidad o la maternidad constituidas con anterioridad a dicha declaración de cambio.

A modo conclusivo podríamos decir:

1. Presentar la dimensión jurídica del amor fecundo,  permanente y fiel es la realidad de la que debe partir el jurista para explicar y armonizar el matrimonio con el conjunto de notas y propiedades que lo caracterizan. Precisar qué es lo justo para los cónyuges en cuanto personas, cuáles son las exigencias de justicia en sus relaciones interpersonales es lo que debe determinar el jurista.

2. Es por esto que “naturaleza y libertad” se estrechan admirablemente en la relación conyugal porque el fundamento de la conyugalidad, como relación familiar, radica en un acto de libertad –el pacto conyugal- que integra los dinamismos del amor conyugal. La conyugalidad no es solamente obra de la libertad; en ella interviene de modo constitutivo la naturaleza, o sea, la constitución afectiva, corpórea y espiritual de la persona que los inclina a hacerse “una caro”.

3. La relación conyugal, del mismo modo que las demás relaciones familiares, une a las personas en las líneas de identidad personal originales y primordiales. Esa identidad personal ha sido creada por voluntad de los esposos para constituirse en marido y mujer. Es por esto que la relación conyugal hace de los esposos los “primeros parientes”.

4. Nos encontramos así ante una característica propia de la conyugalidad respecto de las otras relaciones familiares: su carácter sexual, es decir, la dimensión sexual y constitutiva de la relación conyugal entre un hombre y una mujer. Un sistema de parentesco que no tuviera en cuenta la condición sexual sería impensable; por esto, la condición sexual es necesaria para poder establecer cualquier sistema de parentesco.

5. La sexualidad humana es una dimensión de la persona. La persona humana es una persona sexuada. La condición sexuada pertenece al ser de la persona lo que constituye el fundamento mismo del derecho a la identidad sexual, desde su condición concreta de varón o de mujer. En virtud de esta condición ontológica y desde ella (sexo biológico) se reconoce a sí misma (sexo psicológico) y pide ser reconocido por la sociedad (sexo social y civil).

6. La esponsalidad o conyugalidad engendra una relación de justicia: esa atracción sexual se transforma, mediante un acto libre y soberano de la voluntad (el consentimiento matrimonial) y deja de ser un “hecho” para convertirse en un “derecho”, en una deuda de justicia asumida personalmente: el paso de ser amantes a ser esposos. Ese pacto matrimonial no es un simple sentimiento amoroso, ni tampoco un acto privado, sino un acto de voluntad que funda el estado matrimonial con un status jurídico y plena relevancia social, porque en él se constituyen las dos primeras identidades familiares: la de esposo y esposa, sobre la que se articulan las restantes: padre, madre, hijo/a, hermano/a, abuelo/a, etc.

NOTA: Un artículo relacionado con los Sistemas de Parentesco y de Familia en el ámbito del Derecho Civil, puede leerlo en este mismo blog en “¿Nuevos Sistemas de Parentesco y de familia para el Siglo XXI?” en el que se describen nuevas formas de familia 

Por: Patricia Alzate Monroy, Abogada y Doctora en Derecho

El proceso de nulidad del matrimonio católico

domingo, 21 septiembre 2008

Podría escribir muchísimas páginas sobre este tema, pero no lo haré porque mi objetivo es intentar explicar breve y sencillamente cómo es el proceso de nulidad del matrimonio católico a todas aquellas personas que pudieran estar interesadas en saberlo y no son doctas en la materia. Ciertamente, hay una amplísima gama de publicaciones científicas recogida en libros y revistas especializadas que tratan sobre muchos aspectos de este proceso de nulidad matrimonial con un estricto enfoque jurídico-canónico, que los expertos en la materia podemos entender muy bien, pero “el común de la gente”  no. Se podría decir, sin lugar a dudas, que el derecho matrimonial canónico es de interés universal, puesto que en los cinco continentes de este planeta hay personas casadas por la ceremonia religiosa de la Iglesia Católica. En muchos países, la gran mayoría de las personas se casan por lo católico (casi el 90% de los contrayentes, especialmente en Iberoamérica).

Sabiendo esto, y por mi experiencia como abogada canonista, cuando tengo que explicar a mis clientes interesados en obtener una nulidad matrimonial cómo es el proceso, algo que parece a primera vista muy complicado, en el fondo no lo es tanto. Las personas suelen venir con muchos prejuicios equivocados, especialmente en lo que respecta al precio, a la dificultad, al extenso tiempo que abarca, a que es para “cierta élite de personas”, etc.

Lo primero que debo decir es que no todos los Abogados pueden llevar las causas de nulidad de matrimonio católico. Quien solicita una nulidad matrimonial debe estar bien asesorado por un Abogado canonista con muchos años de experiencia y con una formación jurídica sólida, se exige que sea Doctor en Derecho Canónico y ha de contar con una autorización (en nombre del Obispo) para llevar la causa ante los Tribunales Eclesiásticos del lugar. El Abogado Canonista debe estar en continua formación.

Otro asunto que hay que aclarar es que a partir del 8 de diciembre de 2015, entrará en vigor el nuevo proceso canónico de nulidad matrimonial, establecido por el Papa Francisco, mediante el Motu Proprio: Mitis Iudex Dominus Iesus.

Sin embargo, he decidido mantener este artículo en el que se describe cómo era el proceso de nulidad del matrimonio canónico antes de la entrada en vigor  del Motu Proprio: Mitis Iudex Dominus Iesus (El Señor Jesús, un Juez Manso), que estableció la reforma del proceso de nulidad matrimonial en el Código de Derecho Canónico del Rito Latino de 1983.

Un proceso de nulidad de matrimonio canónico  es totalmente diferente a un proceso de divorcio. El divorcio se interpone ante los Juzgados Civiles y la nulidad del matrimonio canónico ante los Tribunales Eclesiásticos, los cuales son Colegiados (lo componen tres Jueces, un Defensor del Vínculo y un Notario). Para solicitar el divorcio no hace falta alegar causales, basta el mutuo acuerdo o la voluntad de uno de los cónyuges. Para solicitar la nulidad del matrimonio católico sí hay que alegar causales.

Un matrimonio celebrado por la Iglesia se presume que es válido, es decir, que los contrayentes quedaron verdaderamente casados y unidos de por vida por el vínculo matrimonial. Pero algunas veces sucede que matrimonios celebrados por la Iglesia son nulos y por esto mismo los contrayentes no han quedado casados ni unidos por el vínculo matrimonial. Esto hay que demostrarlo, pues en la Iglesia todo matrimonio se presume válido mientras no se demuestre lo contrario.

La nulidad de un matrimonio canónico es declarada por un Tribunal Eclesiástico de Primera Instancia y, además, debe ser confirmada por Decreto o por Sentencia por el Tribunal Eclesiástico de Segunda Instancia (que también está compuesto por tres Jueces, un Defensor del Vínculo y un Notario). Es decir, se requieren dos decisiones conformes para que se declare la nulidad del matrimonio y los cónyuges queden libres del vínculo matrimonial. Desde este momento pueden volver a casarse por la Iglesia si lo desean. Puede verse, entonces, que en un proceso de nulidad del matrimonio canónico intervienen mínimo seis Jueces, dos Defensores del Vínculo, dos Notarios y, por supuesto, los Abogados de la causa.

Cuando la Iglesia declara la nulidad de un matrimonio católico, a través de sus Tribunales Eclesiásticos, quiere decir que la convivencia conyugal durante el matrimonio declarado nulo fue moral y lícita, que los hijos que se tuvieron son legítimos para la Iglesia, que permanece la obligación de los padres de alimentar y educar a sus hijos y que se originan todas las obligaciones civiles derivadas del matrimonio como son la sociedad conyugal, su régimen económico matrimonial, el sistema de gananciales, separación de bienes, etc.

Las causales para declarar la nulidad de un matrimonio canónico son muy diversas. Las más comunes suelen ser: 1. Si uno de los cónyuges se ha casado por la Iglesia teniendo todavía otro vínculo matrimonial vigente; 2. Si se da impotencia para el acto conyugal tanto por parte del hombre como de la mujer; 3. Si alguno de los contrayentes carecía de suficiente uso de razón; 4. Si teniendo suficiente uso de razón, carecía de la necesaria discreción de juicio; 5. Si teniendo suficiente discreción de juicio para entender las obligaciones esenciales del matrimonio y aún queriéndolas cumplir, es incapaz de cumplirlas por una causa de naturaleza psíquica (por ejemplo, es incapaz de guardar la fidelidad, de vivir unido de por vida, de llevar una vida sexual normal, de educar y alimentar a sus hijos, etc.) 6. Por simular casarse y en realidad no hacerlo porque excluyó voluntariamente quedar verdaderamente casado, o excluyó conciente y voluntariamente algún elemento o propiedad esencial del matrimonio como la fidelidad o la procreación o la indisolubilidad del matrimonio; 7. Si uno de los cónyuges se casó engañado por el otro por una cualidad que no tiene y que perturba gravemente el matrimonio; 8. Si alguien se casó por miedo, coacción o sin libertad suficiente. (Puede leer en este mismo blog un artículo sobre las causales de nulidad del matrimonio católico).

No es necesario que los dos esposos estén de acuerdo en pedir la nulidad; basta con que uno de ellos quiera pedirla para que el procedimiento pueda seguir adelante. Es conveniente y recomendable que ambas partes actúen dentro del proceso de manera activa, pero no es obligatorio, ya que puede concederse la nulidad a pesar de que el demandado esté en contra o nunca llegue a prestar declaración ni comparecer, a pesar de haber sido citado legalmente. Si el Tribunal Eclesiástico considera que con las pruebas documentales, testimoniales y periciales presentadas por el demandante ha quedado suficientemente probada la causa de nulidad invocada, puede dictar Sentencia porque ha llegado a la certeza moral para hacerlo.

Todo el proceso se lleva con un absoluto y exquisito sigilo y confidencialidad. Sólo los miembros del Tribunal, los Abogados, Procuradores, Peritos y las partes conocen la causa. Los testigos sólo responden a las preguntas que se formulen a cada uno y no conocen las preguntas y respuestas realizadas a los demás testigos o a las partes. No hay audiencia pública. En un proceso de nulidad de matrimonio católico no suelen realizarse actos simultáneos entre los esposos, de manera que lo más frecuente es que el proceso termine sin que las partes hayan llegado a cruzarse ni a verse.

El proceso suele demorarse normalmente dos años (un año y medio en la primera instancia y seis meses en la segunda instancia). Este tiempo puede ser más breve o más largo, dependiendo del número de causas que lleve cada Tribunal Eclesiástico y del impulso que le den las partes. El Tribunal declara la nulidad del matrimonio sólo si se prueba con claridad que hay causales para concederla, después de un serio y muy estudiado proceso de nulidad. En algunos casos suele demorarse más tiempo, cuando hay que ir a una tercera y última instancia para conseguir las dos sentencias conformes a las que me he referido (la cual se interpone ante la Sagrada Rota Romana de la Santa Sede, excepto en España que puede interponerse ante la Rota Española con Sede en Madrid).

El Abogado canonista debe aconsejar a sus clientes presentar la demanda de nulidad matrimonial sólo cuando haya indicios claros y evidentes de que puede haber nulidad. Si el Abogado canonista no viera motivos o causales de nulidad ni pruebas suficientes para demostrarla, debe recomendar al cliente que no inicie un procedimiento para evitarle falsas expectativas y gastos innecesarios. Es por esto que es muy importante comenzar con una entrevista personal al cliente, en un clima de confianza y de sinceridad con un tiempo suficiente de mínimo una hora de duración, para conocer el caso con profundidad e indagar si pueden haber causales de nulidad matrimonial.

Paso a exponer, en términos muy generales, cómo se desarrolla un proceso de nulidad del matrimonio católico:

La demanda de nulidad matrimonial sólo puede ser presentada por cualquiera de los dos esposos. Una vez se presente la demanda de nulidad del matrimonio católico ante el Tribunal Eclesiástico competente de Primera Instancia, ésta se admite si está ajustada a derecho en el fondo y en la forma. Se da traslado de la demanda a la parte demandada, quien puede contestarla aceptándola u oponiéndose (si se opone debe asistirse de un Abogado canonista) o puede asumir una actitud pasiva dejando de contestar y de comparecer en el proceso. Una vez contestada la demanda, se da traslado de esta contestación al demandante y transcurridos los términos se hace la fijación del Dubio (es decir, se precisa y se fija  la causal de nulidad invocada y en cuál de las partes recae la misma). Luego se abre el periodo de pruebas donde las partes pueden solicitar la práctica de todas las pruebas testimoniales, documentales y periciales que estimen pertinentes. Una vez recibidas por separado y en diferente día la declaración del demandante y del demandado y ya habiéndose practicado las pruebas, se cierra el periodo de pruebas y se decreta que las partes pueden revisar los autos; examinados los autos, las partes pueden presentar alegaciones y replicar. Luego se presenta un escrito de defensa y de conclusiones por las partes y un escrito de observaciones del Defensor del Vínculo, de todo lo cual se hace traslado a las partes. Finalmente, de todo el conjunto de lo actuado se hace traslado a cada uno de los tres Jueces, quienes examinan y estudian todo el proceso y hace cada uno su propia conclusión sobre la causa de nulidad; se fija fecha para que se reúna el Tribunal de Primera Instancia (los tres Jueces) para analizar y decidir si existe nulidad o no y dictar Sentencia en Primera Instancia, bien sea por unanimidad o por mayoría de votos.

De esta Sentencia se puede presentar recurso de apelación o no. Haya o no apelación, la Sentencia de Primera Instancia se remite al Tribunal Superior de Segunda Instancia para que confirme por Decreto o Sentencia la de Primera Instancia. Por lo tanto, si en la Primera Instancia se sentenció que el matrimonio es nulo y se confirma o ratifica en Segunda Instancia que es nulo, se declara de manera definitiva la nulidad del matrimonio. Si en Primera Instancia se dijo que no es nulo y en Segunda Instancia se ratifica que no es nulo, se declara definitivamente que el matrimonio no es nulo, sino válido. Entonces, tenemos las dos decisiones conformes a las que ya me referí inicialmente.   Pero si en Primera Instancia se declara que sí es nulo y en Segunda Instancia se dice que no lo es -o viceversa- no tenemos las dos decisiones conformes y entonces hay que ir a la Tercera y última Instancia (ante la Sagrada Rota Romana de la Santa Sede, o en España ante el Tribunal de la Rota Española), para que se decida definitivamente en uno u otro sentido y así conseguir las dos decisiones conformes acerca de si es nulo o no es nulo ese matrimonio.

Es absolutamente falso que las demandas de nulidad sólo se las conceden a personas ricas y famosas. Es verdad que una nulidad matrimonial concedida a una persona rica y famosa tiene gran repercusión en los medios de comunicación, pero también es verdad que en los mismos medios de comunicación no se publican muchas nulidades matrimoniales concedidas a personas anónimas y que no son ricas. Lo cierto es que hay muchas personas adineradas y famosas a las que no se les concede la nulidad matrimonial católica y que hay muchas personas anónimas y sin dinero a las que tampoco se les concede la nulidad porque no hay causales ni pruebas suficientes para concederla. Lo importante es dilucidar si existió o no un verdadero matrimonio.

El éxito y la celeridad del proceso de nulidad del matrimonio católico depende también, y en mucho, del interés que pongan las partes para impulsarlo y cumplir los términos fijados. Pero especialmente depende de esclarecer la verdad sobre la validez o la nulidad del matrimonio en cuestión. Es decir, los que primero deben tener certeza moral sobre la nulidad del matrimonio son el propio interesado y su Abogado, puesto que en ningún proceso se puede mentir y menos en éste ya que -en definitiva- lo que se defiende es la verdad del matrimonio que consiste en que “lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre”.

Por último, los Jueces Eclesiásticos deciden no sólo en Derecho, sino también en conciencia para alcanzar la certeza moral sobre la nulidad del matrimonio; igualmente actúan en conciencia y en derecho todos los que intervienen profesionalmente dentro del proceso, ya sean como Abogados, Notarios, Defensor del Vínculo, Peritos, etc.

Otros artículos relacionados con este tema puede verlos en este mismo blog en   “Grave defecto de discreción de juicio del contrayente en derecho matrimonial canónico” y en  “La Simulación del consentimiento matrimonial en derecho canónico” . También hay otros interesantes temas de derecho canónico, que puede leer si quiere conocer más.

NOTA ACTUALIZADA A 8 DE SEPTIEMPRE DE 2015:

El Papa Francisco reforma el proceso canónico de nulidad matrimonial, con mayor participación de los Obispos, más rapidez para la resolución de los casos y la declaración de la gratuidad de los mismos, reafirmando la enseñanza católica de la indisolubilidad del matrimonio. Los cambios han sido publicados en dos documentos llamados Motu Proprio: Mitis Iudex Dominus Iesus (El Señor Jesús, un juez manso), que establece la reforma en el Código de Derecho Canónico del Rito Latino; y Mitis et Misericors Iesus (Jesús, manso y misericordioso), que establece los cambios para las 23 Iglesias Orientales católicas que están en comunión con Roma.

Los cambios más destacados del proceso de nulidad han sido retirar la apelación automática que se generaba luego de que se tomaba la decisión de nulidad; y darles a los Obispos la potestad de decidir directamente cuando los casos de nulidad son particularmente evidentes.

Hasta ahora, una vez que el Tribunal Eclesiástico de Primera Instancia decidía la nulidad de un caso, éste debía pasar a un segundo Tribunal Superior Eclesiástico, porque se necesitaban dos sentencias, una práctica que muchos consideraban como una innecesaria postergación del proceso, particularmente cuando nadie contestaba esa decisión. Y si esas dos sentencias no eran iguales, había que acudir al Tribunal de la Rota Romana, lo que alargaba y encarecía aún más el proceso.

Con esta reforma del Papa Francisco solo se necesitará una sentencia, a menos que se haga una apelación. Si hay apelación, se podrá hacer en la Arquidiócesis más cercana, conocida como la “sede metropolitana”, y ya no habrá necesidad de dirigirse a Roma o, en España, al Tribunal de la Rota de Madrid.

El Papa también ha establecido que cada Diócesis en el mundo nombre a un Juez o a un Tribunal de la Iglesia para procesar los casos. Cada Obispo local puede ser el único juez o puede establecer un Tribunal de tres miembros. De ser así, al menos uno de ellos debe ser clérigo y los otros dos pueden ser laicos.

El Papa también ha declarado que el proceso de nulidad será gratuito; una práctica que ya se realizaba en muchas Diócesis. La reforma hace que la gratuidad sea ahora universal.

Esta reforma ha sido establecida por el Papa el pasado 15 de agosto, en la fiesta de la Asunción de la Virgen María, y entrará en vigor el 8 de diciembre de 2015, en la Solemnidad de la Inmaculada Concepción, coincidiendo con el inicio del Año Santo de la Misericordia y con el 50 aniversario de la clausura del Concilio Vaticano II.

Por: Patricia Alzate Monroy, Abogada y Doctora en Derecho

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