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No es lo mismo separación, divorcio y nulidad matrimonial

lunes, 2 mayo 2011

Algunas veces, realmente pocas, suelen llegar a mi Despacho personas pidiendo la separación, cuando en realidad lo que quieren es divorciarse; o solicitando el divorcio, cuando lo que desean es la nulidad matrimonial; o pretendiendo el divorcio, cuando tan solo desean separarse. Otras veces utilizan indistintamente estos términos, pensando que significan lo mismo.

Es cuando debo explicarles las diferencias entre separación, divorcio y nulidad matrimonial. Para los Abogados de Familia son obvias estas diferencias, pero algunas personas no lo tienen tan claro, lo cual tampoco debe sorprendernos, puesto que estos temas no pertenecen a la vida ordinaria de las personas, ni todos los matrimonios tienen que enfrentarse a estas realidades jurídicas.

Antes del año 2005, en España era necesario separarse previamente para poder divorciarse. Con la entrada en vigor de la Ley 15/2005, de 8 de julio, por la que se modificó el Código Civil y la Ley de Enjuiciamiento Civil en materia de separación y divorcio, se puede demandar directamente el divorcio si han transcurrido tres meses desde la celebración del matrimonio. No será necesario que hayan transcurrido los tres meses cuando se acredite que existe un riesgo para la vida, la integridad física, la libertad, la integridad moral o libertad e indemnidad sexual del cónyuge que solicita el divorcio, de los hijos de ambos o de cualquiera de los miembros del matrimonio.

La principal diferencia entre la separación y el divorcio, es que con la separación no se disuelve el vínculo matrimonial, sino que el matrimonio permanece, sigue vigente; por lo tanto, no puede volverse a contraer un nuevo matrimonio con una tercera persona, mientras el vínculo matrimonial no se disuelva. La sentencia de separación matrimonial suspende la vida en común de los casados.

La separación puede ser de hecho o de derecho. Es de derecho, cuando se solicita judicialmente; es de hecho si se produce por mutuo acuerdo o de forma unilateral, sin intervención judicial, abandonando uno de los esposos la vivienda familiar (es la comúnmente llamada separación de cuerpos).

En caso de separación, es recomendable separarse judicialmente para que puedan definirse aspectos tan importantes como los referentes a los hijos (guarda y custodia, pensión de alimentos, etc.) o los referentes a las relaciones patrimoniales (régimen económico matrimonial, liquidación del régimen económico matrimonial, etc.). En todo caso, si deciden separarse de hecho, es conveniente formalizar mediante acta notarial las relaciones paterno-filiales y patrimoniales.

La sentencia de divorcio, en cambio, sí disuelve o rompe el vínculo matrimonial, por lo que, una vez divorciados, los cónyuges pueden volver a contraer un nuevo  matrimonio civil. Pero si el matrimonio se celebró por la Iglesia católica, el divorcio no permite contraer un nuevo matrimonio canónico hasta que los Tribunales Eclesiásticos competentes no declaren judicialmente la nulidad del matrimonio católico, tras un exigente proceso judicial, en el que se examina cuidadosamente si concurren algunas de las causas de nulidad matrimonial canónica.

Los Tribunales Civiles también pueden declarar la nulidad de un matrimonio civil, si existen las causales de nulidad matrimonial civil, señaladas en el artículo 73 del Código Civil español. La sentencia de nulidad, tanto eclesiástica para el matrimonio católico, como civil para el matrimonio civil, lo que hace es declarar la inexistencia del matrimonio, es decir, que no hubo matrimonio, que éste no nació a la vida jurídica, aunque sí generó efectos jurídicos (por ejemplo, respecto a la filiación matrimonial de los hijos, el régimen económico matrimonial, etc.).

La nulidad, a diferencia del divorcio, declara la inexistencia del matrimonio porque se contrajo inválidamente. El divorcio, en cambio, disuelve el matrimonio, lo rompe sin importar que haya sido válido o haya sido nulo.

Tenemos, entonces, que la separación matrimonial ni disuelve ni anula el matrimonio, éste sigue existiendo y los cónyuges siguen siendo cónyuges, es decir, permanecen casados y, por lo tanto, no pueden casarse nuevamente con otra persona. El divorcio sí disuelve el matrimonio, éste deja de existir, así el matrimonio haya sido contraído válidamente y los ex cónyuges pueden volver a casarse por lo civil con otra persona. La nulidad declara que ese matrimonio no tuvo validez, que no existe, pero sí se desplegaron todos los efectos jurídicos del matrimonio relativos a los hijos habidos en el matrimonio y al régimen económico matrimonial; una vez declarada judicialmente la nulidad matrimonial, los cónyuges quedan sin vínculo matrimonial y pueden volver a contraer nuevas nupcias.

Con la separación cesan algunos deberes conyugales, como el deber de vivir juntos, y cesan algunas presunciones legales, como la presunción de paternidad respecto a los hijos concebidos por la esposa en el periodo en que la separación sea ya efectiva.  Si los esposos se reconcilian, pueden volver a vivir juntos en matrimonio, comunicándolo al Juez si la separación no es de hecho sino judicial. Pero si están divorciados y los ex se reconcilian, deben contraer nuevo matrimonio civil, porque éste fue disuelto.

Tanto la ley civil como la ley canónica autorizan la separación de los esposos. Igualmente, también la ley canónica (para el matrimonio canónico) y la ley civil (para el matrimonio civil) admiten y reconocen que puede haber causas de nulidad que permitan declarar que un matrimonio es nulo. Mientras que en la Iglesia católica el matrimonio es indisoluble y por esto no admite el divorcio (salvo el privilegio de la fe y el matrimonio rato no consumado).

Las causas de nulidad matrimonial tienen que existir antes de contraerse el matrimonio o deben darse en el mismo momento contraerlo. No deben ser posteriores a la celebración del matrimonio válidamente contraído. Es por esto que en caso de nulidad matrimonial, no es que la jurisdicción eclesiástica o la jurisdicción civil, “anulen el matrimonio” o lo “hagan nulo”, sino lo que hacen es “declarar la nulidad pre-existente” del mismo, una vez la hayan constatado (porque la presunción de validez admite que “todo es matrimonio es válido, mientras no se demuestre lo contrario”).

Las causales de nulidad tanto del matrimonio civil como del matrimonio católico, están taxativamente señaladas por las legislaciones respectivas y ambas admiten la dispensa de las mismas, así como su convalidación y sanación en la raíz.

Por: Patricia Alzate Monroy, Abogada y Doctora en Derecho

¿Cómo son los Procesos de Beatificación y de Canonización?

lunes, 21 marzo 2011

Karol Woytila (o Wojtyla), conocido también como el Papa Juan Pablo II, será beatificado el próximo 1 de mayo en la Plaza de San Pedro del Vaticano, en ceremonia religiosa presidida por el Papa Benedicto XVI. Su insigne figura como líder mundial de gran talla intelectual, moral y humana es indiscutible, como también es indiscutible su reconocimiento como uno de los personajes más importantes e influyentes del Siglo XX.

Por ser ésta una noticia de gran repercusión mundial, y por ser Juan Pablo II uno de los intelectuales que más bella y profusamente escribiera y enseñara sobre el matrimonio y la familia, desarrollando su sólida corriente antropológico-filosófica del personalismo trascendente, he decidido escribir en mi blog de derecho matrimonial y de la familia, una breve explicación de lo que es un proceso de beatificación y de canonización, según la legislación actual de la Iglesia, en homenaje su carismática figura.

Todos recordamos, tras su muerte,  la manera universal y tan espontánea como fue aclamada su santificación por millones de personas de todos los continentes, razas y culturas, que vieron en Juan Pablo II no sólo al líder humano y guía espiritual, sino también al hombre santo y ejemplar a quien proclamar en los altares.

Las causas de beatificación y de canonización son los procesos  judiciales más rigurosos y difíciles de cuantos existen, porque implican algo tan serio e importante como declarar que un fiel difunto es Beato o Santo, es decir, ejemplar para la humanidad. El Santo Padre es el único que tiene potestad de declarar y autorizar a los fieles católicos la veneración del nuevo Beato o Santo, conforme a las normas litúrgicas de culto público.

La beatificación y la canonización son actos reservados exclusivamente al Papa, aunque en estos procesos intervienen diversos Organismos Diocesanos y de la Santa Sede que examinan con detalle y meticulosidad todos y cada uno de los pasos que se han dado previamente a esas declaraciones. Tanto la beatificación de un Beato como la canonización de un Santo se celebran dentro de una Misa, siendo una de las ceremonias más espléndidas y solemnes de la Iglesia Católica.

El canon 1403 del Código de Derecho Canónico, establece que las causas de canonización se rigen por una ley pontificia peculiar: “1. Las causas de canonización de los Siervos de Dios se rigen por una ley pontificia peculiar. 2. A esas causas se aplican además las prescripciones de este Código, cuando esa ley haga remisión al derecho universal o se trate de normas que, por su misma naturaleza, rigen también esas causas”.

La ley pontificia peculiar es la actual  Constitución Apostólica “Divinus Perfectionis Magister”, de 25 de enero de 1983 (AAS 75 (1983) 349-355) y las “Normae Servandae in Inquisitionibus ab Episcopis Faciendis in Causis Sanctorum” promulgadas por la Congregación para las Causas de los Santos el 7 de febrero de 1983 (AAS 75 (1983) 396-403).

Antes de la canonización de un fiel difunto, se debe proceder a su beatificación. La beatificación requiere dos procesos: el primero, el llamado proceso de virtudes heroicas y, el segundo, el proceso que declara probado que Dios ha obrado un milagro por intercesión del fiel a  quien se pretende beatificar. Una vez beatificado el fiel, por haberse demostrado fehacientemente sus virtudes vividas en grado heroico y por haberse demostrado que éste ha obrado un milagro, debe declararse probado un nuevo milagro por intercesión del ya Beato, para poder proceder a su canonización.

1. El Proceso de Beatificación:

La causa de beatificación se introduce cuando un fiel ha fallecido con fama de santidad en diversos lugares del mundo y esa fama es constante y creciente. Para comenzar el proceso de beatificación, debe haber  transcurrido un plazo mínimo de cinco años y un plazo máximo de cincuenta años desde la muerte del fiel, para evitar la desaparición de las exigentes pruebas que se requieren.

Recordemos que por decisión pontificia se ha suspendido en tres ocasiones extraordinarias la norma del transcurso de los cinco años de la muerte para iniciar un proceso de beatificación, en el caso de la Madre Teresa de Calcuta, del Papa Juan Pablo II y de Sor Lucía, la vidente de Fátima.

Cuando hay interés en promover la beatificación de un fiel fallecido con fama de santidad, se  pueden editar y distribuir estampas, hojas informativas y otros impresos que contienen oraciones al fiel, pero todo ello con la finalidad de la devoción privada, puesto que hasta que el fiel no sea beatificado solemnemente, está prohibido su culto público.

Durante esos cinco años, los promotores de una causa de beatificación pueden recoger las pruebas pertinentes, como testimonios de personas que hayan conocido en vida al fiel difunto con fama de santidad, para testificar de sus virtudes heroicas; también pueden hacer una biografía objetiva y detallada del futuro beato mediante libros, folletos, vídeos; y pueden recoger una cuidadosa y exigente documentación, con el fin de poder aportar todo esto al proceso de beatificación.

En los tiempos actuales de desarrollo tecnológico, las páginas web son utilizadas para dar a conocer el proceso de beatificación del fiel a más personas.

Sabemos que en la Iglesia siempre han existido personas extraordinarias, que vivieron y encarnaron en sus vidas todas las virtudes humanas y teologales en grado heroico, que ya están beatificadas o canonizadas. Aunque, también es verdad, que hay muchas más personas cuya santidad nunca será proclamada pública ni solemnemente. Son esos santos anónimos de todos los tiempos, que hicieron el bien en todo momento y en medio de las más grandes dificultades.

Afortunadamente, personas santas abundan en todos los ambientes y lugares, mucho más de lo que pensamos, pasando desapercibidas, escondidas y calladas, pero eso sí haciendo de este mundo un mundo mejor y transmitiendo su paz y alegría por donde pasan y a quienes tratan.

¿Y cuáles son esas virtudes humanas y teologales que se analizan meticulosamente y se comprueban dentro de un proceso de beatificación?  Las virtudes teologales son la fe, la esperanza y la caridad; y las virtudes humanas son muchísimas, pero se agrupan en las llamadas virtudes cardinales, que son la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza.

Existe otro camino para la beatificación, diferente al proceso de las virtudes vividas en grado heroico, que es el martirio. El proceso de martirio lleva a comprobar si el fiel sufrió la muerte tormentosa por defender su fe cristiana. Son mártires quienes voluntariamente han derramado su sangre en defensa de su fe y cuya muerte ha sido causada por aquellos que odian o persiguen su fe cristiana.

El Postulador de la causa de beatificación o de canonización, es quien la impulsa ante la Sagrada Congregación para las Causas de los Santos. Por esto, el Postulador debe residir en Roma y se recomienda que sea un perito en historia, teología y derecho canónico para impulsarlas correctamente.

El proceso de beatificación se inicia ante el Tribunal del lugar donde falleció el fiel. El Obispo de ese lugar, a través de doctos censores teólogos, examina los escritos del siervo de Dios, para certificar que ninguno contiene alguna doctrina contraria a la fe y a las buenas costumbres cristianas. Cuando se dictamina que todos y cada uno de esos escritos no contienen ninguna nota discordante con la fe ni con las buenas costumbres cristianas, el Obispo, mediante Decreto, debe tomar la decisión de abrir o no abrir el proceso de beatificación, teniendo en cuenta el bien de la Iglesia universal.

Si decide abrirla, constituye “ex professo” un Tribunal, con al menos un Juez, un Promotor de Justicia y un Secretario-Notario, quienes buscarán la verdad del caso y recogerán las pruebas de las virtudes heroicas.

Cuando la causa es por martirio, las pruebas que se aportan se determinarán al momento de la muerte del Siervo de Dios.

El Tribunal interrogará a un número bastante amplio de testigos, tanto conformes con la causa, como contrarios a ella y, mejor aún, si han conocido en vida y personalmente al posible beato.

Cuando termina esta fase probatoria de virtudes heroicas o de martirio, se recoge todo lo actuado en un documento que se llama Positio, el cual se envía a la Congregación para las Causas de los Santos, en la Santa Sede. Allí, un Relator del Colegio de Relatores, impulsa la causa con suma exigencia, precisión, cuidado y rigor y prepara la Ponencia sobre las virtudes o sobre el martirio del Siervo de Dios.

Una causa será más importante y expedita entre mayor sea la fama de santidad del Siervo o Sierva de Dios, entre mayor sea el número de relatos de favores atribuidos a la intercesión del Siervo o Sierva de Dios y entre mayor sea el número de cartas que escriben los fieles.

El Postulador también deberá ir recogiendo toda la documentación que avale el milagro con informes médicos, declaraciones juradas, etc.

La Ponencia sobre las virtudes o sobre el martirio se presenta a la Comisión de Teólogos, quienes emiten su voto. Si éste es favorable, pasa a los Cardenales y Obispos miembros de la Congregación para la Causa de los Santos. Si su voto también es favorable, se presenta al Santo Padre una propuesta de que se apruebe el Decreto de las virtudes heroicas del Siervo de Dios, quien a partir de ese momento recibe el título de Venerable.

Las normas litúrgicas no permiten dar ningún culto a los Siervos de Dios declarados Venerables, pero desde el momento de su declaración cesan los sufragios por su alma.

Si la causa de beatificación se sigue por la vía del martirio, no se procede a la declaración de Venerable. Para la beatificación de los mártires no es necesario el proceso de virtudes heroicas ni el proceso del milagro, sino que si se aprueba el martirio del Siervo(a) de Dios, ante la Comisión de Teólogos y ante la Congregación para la Causa de los Santos, el Papa ordenará su beatificación, si lo considera conveniente para el bien de la Iglesia.

El proceso del milagro lo realiza e investiga el Obispo del lugar en que haya ocurrido éste. El milagro es un hecho físico que no es explicable por causas naturales y que se atribuye a la intercesión del siervo(a) de Dios, y debe ser probado, sin lugar a dudas. La mayoría de los milagros, pero no todos, suelen ser de tipo médico y esa “curación inexplicable por causas naturales” , deberá testificarla la persona que haya pedido y/o se haya beneficiado del favor, por intercesión del siervo de Dios.

El Postulador, antes de iniciar el proceso, deberá buscar asesoramiento de excelentes  y prestigiosos médicos que, además, tengan recto criterio. Después de terminado el minucioso análisis del milagro, se redacta una Positio y se envían las actas a la Congregación para las Causas de los Santos. El milagro atribuido, si es una curación, se estudia en una Comisión de médicos peritos,  después en un Congreso especial de Teólogos y, por último, en la Congregación de los Cardenales y Obispos. Si los informes de los tres grupos son favorables, se presenta al Santo Padre para que, si lo estima conveniente, emita un Decreto por el que se aprueba el milagro y se ordena la beatificación.

El Papa Pablo VI realizó personalmente las beatificaciones y canonizaciones y lo mismo hizo el Papa Juan Pablo II. El actual Papa Benedicto XVI, ha delegado en algunos Cardenales la beatificación y canonización de los Siervos de Dios.

El 29 de septiembre de 2005, la Congregación para las Causas de los Santos afirmó que la beatificación, siendo un acto pontificio, será realizada por un Cardenal, en nombre del Santo Padre; normalmente ese Cardenal será el Prefecto de la Congregación para la causa de los Santos. El rito se realizará en la Diócesis que ha promovido la beatificación o en otro lugar idóneo, aunque a petición de los Obispos puede ser en el Vaticano, ya sea en la Basílica de San Pedro o en la Plaza de San Pedro, dependiendo del número de asistentes a la beatificación, que se realiza dentro de la celebración eucarística.

2. El Proceso de la Canonización:

El beato(a) o siervo(a) de Dios, ya lo sea por martirio o por virtudes heroicas, puede ser canonizado, si se prueba que ha habido un nuevo milagro atribuible a la intercesión del beato. Ese milagro debe ser posterior a la beatificación y se analizará y probará de la misma manera que en el proceso de beatificación.

Una vez terminado el segundo proceso del nuevo milagro comprobado, el Papa, si lo estima procedente, promulgará un Decreto por el que se ordena la canonización.  La fecha de la misma se decide en un Consistorio de Cardenales.

Es decir, que para canonizar a un ya beato por virtudes heroicas, ha debido probarse judicialmente y de manera rigurosa, en varias instancias y con muchos peritos, que han existido dos milagros. Pero si la canonización del beato es por vía de martirio, se debe probar sólo un milagro.

Los procesos de beatificación y de canonización están contemplados en la Constitución Apostólica “DIVINUS PERFECTIONIS MAGISTER” del  Sumo Pontífice Juan Pablo II.

En el Decreto de Beatificación de Juan Pablo II, se recogen brevemente los aspectos más importantes de su vida.

Su fecunda existencia, marcada no solamente por sus innumerables viajes apostólicos y escritos, lo hacen merecedor de ser canonizado, sin lugar a dudas.

Por: Patricia Alzate Monroy, Abogada y Doctora en Derecho

La dispensa canónica de los impedimentos matrimoniales

jueves, 13 enero 2011

Los impedimentos matrimoniales son aquellas prohibiciones que  tienen algunas personas para casarse válidamente, por adolecer de alguna de las condiciones personales taxativamente señaladas en la ley canónica. Sólo la autoridad suprema de la Iglesia puede constituir en impedimentos cualquier circunstancia personal y razonable que, con carácter excepcional, impidiera el matrimonio. La autoridad suprema de la Iglesia Católica son el Romano Pontífice y el Colegio Episcopal reunido en Concilio junto a su cabeza que es el Papa (canon 1075).

La dispensa de un impedimento matrimonial es una figura jurídico-canónica en la que se exime de una norma canónica a un caso particular, sin que esto suponga derogarla. La dispensa se encuentra definida en los cánones 85 a 93 del Código de Derecho Canónico.

Existen impedimentos universales de derecho natural e impedimentos particulares de Derecho Eclesiástico, estos últimos sólo afectan a los bautizados. Los impedimentos de derecho natural no admiten dispensa. Los impedimentos de derecho eclesiástico, sí pueden dispensarse. Un impedimento de derecho eclesiástico es, por ejemplo, la prohibición del matrimonio de quien ha recibido las sagradas ordenes en cualquiera de sus grados (episcopal, sacerdotal o diaconal). Sólo puede dispensarlo la Sede Apostólica, aunque en caso de peligro de muerte el impedimento de orden en grado de diácono lo puede dispensar el Obispo.

Los impedimentos de derecho natural que no pueden dispensarse nunca y por nadie, son: a) el matrimonio entre padres e hijos, o abuelos y nietos;  b) el matrimonio entre hermanos; c) el impedimento de impotencia coeundi, es decir, la imposibilidad de hacer el acto conyugal. Esta impotencia debe ser antecedente (antes del matrimonio), perpetua (no tiene curación), absoluta (se da con cualquier persona del otro sexo) y cierta (no hay duda de ella).

Tampoco puede dispensarse el impedimento de vínculo anterior o ligamen, por ser la unidad una propiedad esencial del matrimonio, que consiste en la  imposibilidad de que una persona que ya esté unida en un matrimonio anterior válido, pueda contraer otro matrimonio válido. Es más conocido como el impedimento o prohibición de la bigamia. Cesa por la muerte cierta de uno de los cónyuges.

Es verdad que todos tenemos derecho a la libre elección del estado de vida que queramos, sin ningún tipo de coacción (canon 219) y que todos tenemos el derecho a casarnos y a formar una familia; pero también es verdad que el derecho puede prohibir el matrimonio en algunas circunstancias particulares (canon1058) y que todos los fieles están obligados a manifestar al párroco o al Ordinario del lugar, antes de la celebración del matrimonio, los impedimentos de que tengan noticia (canon 1069).

Los impedimentos matrimoniales inhabilitan a la persona para contraer matrimonio válidamente. Ya decíamos que hay impedimentos que pueden dispensarse y otros no. El canon 1078,3, establece que nunca debe concederse la dispensa del impedimento de consanguinidad en línea recta, esto es, del matrimonio entre padres e hijos o abuelos y nietos, ni en segundo grado de línea colateral, o sea, del matrimonio entre hermanos. Estos matrimonios son nulos y no pueden convalidarse ni sanarse ni dispensarse, puesto que la prohibición del incesto no ha perdido vigencia.

El varón no puede unirse sexualmente ni casarse con su madre, con sus hermanas, primas, sobrinas o tías; tampoco la mujer puede unirse con su padre, con sus hermanos, primos, sobrinos o tíos. Quien es hermano, no es padre, ni hijo, ni sobrino ni esposo. El incesto conllevaría una confusión en las principales líneas de identidad personal y familiar, puesto que la hija o la hermana pasaría a ser esposa, etc. Se trata de proteger las relaciones surgidas en el interior de un sistema de parentesco, en virtud de esta ley que prohíbe el incesto. El matrimonio entre primos sí puede ser dispensado.

La dispensa o “relajación” de una ley meramente eclesiástica al caso particular, sólo puede ser concedida por quienes tienen competencia y potestad para hacerlo, ya sea por propio derecho o por legítima delegación.

Ya dice el canon 1078, que hay impedimentos cuya dispensa se reserva exclusivamente a la Sede Apostólica; se trata de los impedimentos que provienen de: 1. Haber recibido las sagradas órdenes. 2. Haber recibido el voto público perpetuo de castidad en un instituto religioso de derecho pontificio. 3. El impedimento de crimen o de conyugicidio que comete alguien con el fin de contraer matrimonio con una determinada persona, causando la muerte del cónyuge de ésta o de su propio cónyuge. En este caso  es inválido ese matrimonio, al igual que el de aquellos que con una cooperación mutua física o moral causaran la muerte del cónyuge (canon 1090).

El Ordinario del lugar puede dispensar a sus propios súbditos de todos los demás impedimentos de derecho eclesiástico no reservados a la Santa Sede. Esos otros impedimentos que puede dispensar el Ordinario del lugar (Obispo, Arzobispo y quienes rigen la Iglesias particulares) son:

1. El impedimento de edad, que también puede cesar por el transcurso del tiempo. 2. El impedimento de disparidad de cultos, que hace inválido el matrimonio entre una persona bautizada en la Iglesia Católica y otra no bautizada. Este impedimento cesa por el bautismo de la parte no bautizada. 3. El impedimento de orden sagrado de diácono, en caso de peligro de muerte. 4. El impedimento de voto perpetuo, público, emitido válidamente en un instituto religioso de vida consagrada que no sea de Derecho Pontificio sino de derecho Diocesano. 5. El impedimento de parentesco  por consanguinidad de los primos hermanos y de parentesco por afinidad en línea recta en todos sus grados. Y del parentesco legal (o por adopción) en todos los grados. También del impedimento de pública honestidad en línea recta y primer grado.

La diferencia entre el parentesco por afinidad y el parentesco por pública honestidad es que el primero surge del matrimonio válido entre los cónyuges  y sus consanguíneos y el segundo surge del matrimonio inválido y el concubinato de los convivientes y sus consanguíneos.

Antes de concederse una dispensa debe examinarse pormenorizadamente cada caso en particular y ésta debe anotarse y comunicarse inmediatamente al Ordinario, si esta dispensa se concedió para el fuero externo (canon 1081). Si la dispensa se concedió en el fuero interno extrasacramental, se registra en el archivo secreto de la Curia (canon 489,1) y no es necesaria posterior dispensa para el fuero interno, si el impedimento oculto llega a hacerse público más tarde (canon 1082). Si la dispensa se concedió en el fuero interno sacramental, la dispensa ha de estar reiterada en el fuero externo.

Puede darse el llamado “caso perplejo”, que sucede cuando se descubre un impedimento estando ya todo preparado para las nupcias y ese matrimonio no puede retrasarse o suspenderse sin peligro de daño grave hasta que se obtenga la dispensa de la autoridad competente (canon 1080).

En este “caso perplejo”, goza el Ordinario del lugar de la potestad de dispensar de todos los impedimentos,  ya sean públicos ya ocultos, excepto el impedimento surgido del orden sagrado del episcopado y del presbiterado y del voto público perpetuo de castidad en un instituto religioso de derecho pontificio.

Si existe el mismo peligro en la demora y no hay tiempo para recurrir a la Sede Apostólica o al Ordinario del lugar, y siempre y cuando se trate de impedimentos de los que pueden dispensarse, o sólo para los casos en que ni siquiera sea posible acudir al Ordinario del lugar, tienen la misma facultad de dispensar el párroco, el ministro sagrado debidamente delegado y el sacerdote o diácono que asisten al matrimonio de que trata el canon 1116.3.

En peligro de muerte, el confesor goza de la potestad de dispensar en el fuero interno de los impedimentos ocultos, tanto en la confesión sacramental como fuera de ella.

Es importante recordar que el Papa Benedicto XVI ha aprobado, mediante el Motu Propio “Omnium in mentem”, hecho público por el Vaticano el día 15 de diciembre de 2009, algunas modificaciones del Código de Derecho Canónico, en el que se suprime en tres artículos sobre el matrimonio, la excepción para los fieles que hayan apostatado de las leyes canónicas sobre: a) forma canónica del matrimonio, b) dispensa del impedimento de disparidad de culto y c) licencia requerida para los matrimonios mixtos.

Se trata de una excepción de derecho eclesiástico a otra norma más general, según la cual todos los bautizados en la Iglesia Católica o acogidos en ella, deben observar las leyes eclesiásticas (canon 11). El Código de Derecho Canónico establecía que los fieles que se hubieran separado de la Iglesia con “acto formal” (apostasía) “no quedaban sujetos a las leyes eclesiásticas relativas a la forma canónica del matrimonio (canon 1117), a la dispensa del impedimento de disparidad de culto (canon 1086) ni a la licencia requerida para los matrimonios mixtos (canon 1124)”.

Esta excepción tenía “el objetivo de evitar que los matrimonios contraídos por aquellos fieles fuesen nulos por defecto de forma, o bien por impedimento de disparidad de culto”. Explica el Papa en el Motu Proprio, que en estos años se había constatado que tal excepción generaba numerosos problemas pastorales. Por una parte, por la dificultad para determinar en los casos concretos si se había producido efectivamente tal “acto formal de separación de la Iglesia”. Por otra parte, porque veía que se derivaba “al menos indirectamente, una cierta facilidad o, por así decir, un incentivo a la apostasía en aquellos lugares donde los fieles católicos son escasos en número, o donde rigen leyes matrimoniales injustas que establecen discriminaciones entre los ciudadanos por motivos religiosos”, así como que tal inciso “hacía difícil el retorno de aquellos bautizados que deseaban vivamente contraer un nuevo matrimonio canónico, después del fracaso del precedente”, de tal modo que “muchísimos de estos matrimonios se convertían de hecho para la Iglesia en matrimonios denominados clandestinos”.

La nueva redacción de los cánones:

Hasta ahora el canon 1086 decía: “es inválido el matrimonio entre dos personas, una de las cuales fue bautizada en la Iglesia Católica o recibida en su seno y no se ha apartado de ella por acto formal, y otra no bautizada”. A partir de ahora queda así: “es inválido el matrimonio entre dos personas, una de las cuales está bautizada en la Iglesia Católica o acogida en su seno, y la otra no bautizada”. El inciso que elimina el Motu Proprio es: ” y no se ha apartado de ella (de la Iglesia) por acto formal”, lo que se conoce como apostatar, y es el mismo que se ha retirado del canon 1124.

Ese canon decía: “está prohibido, sin licencia expresa de la autoridad competente, el matrimonio entre dos personas bautizadas, una de las cuales haya sido bautizada en la Iglesia Católica o recibida en ella después del bautismo y no se haya apartado de ella mediante un acto formal, y otra adscrita a una Iglesia o comunidad eclesial que no se halle en comunión plena con la Iglesia Católica”. Ahora pasa a establecer que “el matrimonio entre dos personas bautizadas, de las cuales una esté bautizada en la Iglesia Católica o en ella acogida tras el bautismo y a la otra inscrita en una Iglesia o comunidad eclesial que no está en plena comunión con la Iglesia Católica, no puede celebrarse sin autorización expresa de la autoridad competente”.

Con estas modificaciones, a partir de la entrada en vigor del nuevo motu proprio, “el canon 11 recupera vigor pleno por lo que concierne al contenido de los cánones ahora modificados, también en los casos en que haya habido un abandono formal. Por todo ello , para regularizar eventuales uniones en las que no se hayan observado estas reglas habrá que recurrir, siempre que sea posible, a los medios ordinarios ofrecidos para estos casos por el derecho canónico: dispensa del impedimento, convalidación y/o sanación en la raíz del matrimonio, etc”.

“Desde la entrada en vigor del CIC en 1983 hasta la entrada en vigor de este motu proprio, los católicos que hubieran hecho un acto formal de abandono de la Iglesia católica no estaban obligados a la forma canónica de la celebración para la validez del matrimonio (canon 1117), ni regía para ellos el impedimento de casarse con un no bautizado (disparidad de culto, canon 1086, párrafo 1), ni tenían la prohibición de celebrar un matrimonio con un cristiano no católico (canon 1124). El inciso mencionado anteriormente en estos tres cánones era una excepción de derecho eclesiástico a otra norma más general de derecho eclesiástico, según la cual todos los bautizados en la Iglesia católica o acogidos en ella deben observar las leyes eclesiásticas (canon 11)”.

Por: Patricia Alzate Monroy, Abogada y Doctora en Derecho

La Convalidación y la Sanación en la Raíz del Matrimonio

sábado, 18 diciembre 2010

Todo matrimonio se presume válido, mientras no se demuestre lo contrario. Un matrimonio es válido cuando se ha celebrado sin impedimentos matrimoniales, cuando los contrayentes han prestado su consentimiento matrimonial válidamente y cuando no tiene defectos de forma.

Puede suceder que los cónyuges, o uno solo de ellos, descubran con el tiempo que su matrimonio es nulo y sólo lo saben en su fuero interno. Necesariamente no tienen por qué anularlo, sino que ese matrimonio puede convalidarse o sanarse en la raíz, si se mantiene la voluntad de continuar casados, siempre y cuando haya cesado la causal de nulidad o ésta se haya dispensado.

Existen impedimentos matrimoniales que no pueden dispensarse, como la consanguinidad en línea recta (matrimonio entre padres e hijos o abuelos y nietos); o en línea colateral (matrimonio entre hermanos); o casarse existiendo un matrimonio o vínculo anterior. En estos casos no es posible ni la convalidación ni la sanación en la raíz del matrimonio.  

La sanación y la convalidación son dos figuras jurídicas distintas, que se aplican en situaciones matrimoniales diferentes. Veamos:

1. La convalidación del matrimonio: Aparece regulada en el Código de Derecho Canónico, en los cánones 1156 a 1160 y hace referencia a la renovación del consentimiento matrimonial, siempre y cuando “persevere el consentimiento dado por el otro contrayente”. Se requiere que haya en el matrimonio una forma canónica válida y que haya cesado la causa de nulidad.

Si ninguno de los dos contrayentes emitió válidamente su consentimiento matrimonial, ambos deberán renovarlo para la convalidación; es decir, perseverar mutuamente en la voluntad de ser esposos. Pero si sólo fue uno de los esposos el que no consintió válidamente, puede renovar su consentimiento matrimonial con la aquiescencia del otro.

La renovación del consentimiento consiste en un nuevo acto de la voluntad, que puede manifestarse a través de una declaración formal o, incluso, mediante una actitud claramente confirmatoria.

La validez del matrimonio se produce desde el momento en que tiene lugar la convalidación y actúa dentro del fuero interno, porque una nulidad matrimonial que no puede probarse por ser oculta, hace que se presuma la validez de ese matrimonio en el fuero externo. Si el impedimento es oculto, o sea, que no puede probarse en el fuero externo, basta que renueve el consentimiento privadamente y en secreto el contrayente que conocía la existencia del impedimento, con tal que persevere el consentimiento matrimonial del otro.

Concretamente, sólo puede operarse la revalidación o la convalidación de un matrimonio nulo cuando exista un impedimento oculto o un defecto de consentimiento oculto. Si el impedimento o el defecto de consentimiento fueran públicos, no sería posible convalidar el matrimonio, sino que sería necesario que el consentimiento se renovara en la forma canónica, lo que en realidad sería una nueva celebración del matrimonio y no una convalidación en sentido estricto.

Tampoco podría convalidarse, si se trata de un impedimento que no se puede dispensar, así hubiese voluntad de perseverar en el matrimonio como, por ejemplo, el matrimonio entre un padre con su hija o una madre con su hijo (incesto), lo que demuestra que la convalidación actúa sobre un consentimiento “naturalmente” válido.

En definitiva, la esencia de la convalidación es la renovación del consentimiento en el fuero interno del cónyuge y/o de ambos cónyuges. No hace falta, por lo tanto, ninguna intervención de la autoridad eclesiástica.

Pero también es necesario que se den otros requisitos: 1. Debe existir una apariencia de matrimonio, esto es, que se haya celebrado con una forma jurídica válida. 2) Que se haya dispensado un impedimento, si lo hubiere, o éste haya desaparecido (por ejemplo, cuando dos menores de edad se han casado sin la edad mínima requerida, pero con el transcurso del tiempo la alcanzan y desean seguir casados). Es lo que se llama cesación de la causal de nulidad. 3) Se debe perseverar en el consentimiento matrimonial, o sea, en la voluntad recíproca de seguir siendo marido y mujer. Se presume que se persevera, a no ser que se demuestre lo contrario o que se revoque expresamente la voluntad matrimonial.

Los cánones sobre la convalidación del matrimonio en el Código de Derecho Canónico, son:

1156 § 1: Para convalidar el matrimonio que es nulo por causa de un impedimento dirimente, es necesario que cese el impedimento o se obtenga dispensa del mismo, y que renueve el consentimiento por lo menos el cónyuge que conocía la existencia del impedimento.

 § 2.  Esta renovación se requiere por derecho eclesiástico para la validez de la convalidación, aunque ya desde el primer momento ambos contrayentes hubieran dado su consentimiento y no lo hubiesen revocado posteriormente.

1157: La renovación del consentimiento debe ser un nuevo acto de voluntad sobre el matrimonio por parte de quien sabe u opina que fue nulo desde el comienzo.

1158 § 1: Si el impedimento es público, ambos contrayentes han de renovar el consentimiento en la forma canónica, quedando a salvo lo que prescribe el c. 1127.

 § 2. Si el impedimento no puede probarse, basta que el consentimiento se renueve privadamente y en secreto por el contrayente que conoce la existencia del impedimento, con tal de que el otro persevere en el consentimiento que dio; o por ambos contrayentes, si los dos conocen la existencia del impedimento.

1159 § 1: El matrimonio nulo por defecto de consentimiento se convalida si consiente quien antes no había consentido, con tal de que persevere el consentimiento dado por la otra parte.

 § 2. Si no puede probarse el defecto de consentimiento, basta que privadamente y en secreto preste su consentimiento quien no lo había dado.

 § 3. Si el defecto de consentimiento puede probarse, es necesario que el consentimiento se preste en forma canónica.

1160: Para que se haga válido un matrimonio nulo por defecto de forma, debe contraerse de nuevo en forma canónica, sin perjuicio de lo que prescribe el c. 1127 § 2.

2. La sanación en la raíz: A diferencia de la convalidación, es un acto de la autoridad eclesiástica competente (ya sea la Santa Sede o el Obispo Diocesano, según los casos), mediante el cual se revalida el matrimonio nulo, dispensando el impedimento que dirimió el matrimonio, si lo hay, y la forma canónica, si no se observó, así como la retrotracción de los efectos canónicos al pasado. No se exige la renovación del consentimiento, como sí sucede con la convalidación.

El presupuesto necesario de la sanación en la raíz, es un consentimiento matrimonial “naturalmente suficiente” entre las partes, anterior a la concesión de la gracia de la sanación y que tal consentimiento persevere sin que haya sido revocado.

El Código de Derecho Canónico prevé que sólo se pueda conceder la sanación cuando las partes quieren perseverar en la vida conyugal. Sin embargo, puede concederse ignorándolo una de las partes o las dos. Es el caso, por ejemplo, de sanaciones colectivas para varios matrimonios, que han sido celebrados por un párroco que no era sacerdote, porque era un impostor.

Al sanarse en la raíz, el efecto jurídico de su validez se retrotrae al momento de la celebración del matrimonio, a no ser que el acto de la sanación disponga otra cosa.

Precisamente se habla de sanación en la raíz, porque se sostiene sobre un consentimiento matrimonial anterior válido, que es la causa o raíz del matrimonio, consentimiento matrimonial que no puede ser suplido por ningún poder humano. La autoridad eclesiástica sana ese consentimiento matrimonial ya existente, no lo suple.

La sanación en la raíz puede concederse por la autoridad competente a instancia de ambos cónyuges o de uno solo de ellos. También de oficio. Pero es más justo que la sanación, así como la convalidación, sea solicitada por ambos cónyuges para respetarles su derecho a no estar casados, permitiéndoles impugnar la validez del matrimonio nulo. Si se sanara de oficio, ignorándolo ambos cónyuges, o por uno solo de ellos, ignorándolo el otro esposo, sería ineficaz. Así lo sostiene un amplio sector de la doctrina canónica. 

Los cánones sobre la sanación en la raíz del matrimonio en el Código de Derecho Canónico, son:

1161 § 1: La sanación en la raíz de un matrimonio nulo es la convalidación del mismo, sin que haya de renovarse el consentimiento, concedida por la autoridad competente; y lleva consigo la dispensa del impedimento, si lo hay, y de la forma canónica, si no se observó, así como la retrotracción al pasado de los efectos canónicos.

 § 2. La convalidación tiene lugar desde el momento en el que se concede la gracia; y se entiende que la retrotracción alcanza hasta el momento en el que se celebró el matrimonio, a no ser que se diga expresamente otra cosa.

 § 3. Sólo debe concederse la sanación en la raíz cuando sea probable que las partes quieren perseverar en la vida conyugal.

1162 § 1: Si falta el consentimiento en las dos partes o en una de ellas, el matrimonio no puede sanarse en la raíz, tanto si el consentimiento faltó desde el comienzo, como si fue dado en el primer momento y luego fue revocado.

 § 2. Si faltó el consentimiento en el comienzo, pero fue dado posteriormente, puede concederse la sanación a partir del momento en el que se prestó el consentimiento.

1163 § 1: Puede sanarse el matrimonio nulo por impedimento o por defecto de la forma legítima, con tal de que persevere el consentimiento de ambas partes.

 § 2. El matrimonio nulo por un impedimento de derecho natural o divino positivo sólo puede sanarse una vez que haya cesado el impedimento.

1164: La sanación puede también concederse ignorándolo una de las partes o las dos; pero no debe otorgarse sin causa grave.

1165 § 1: La sanación en la raíz puede ser concedida por la Sede Apostólica.

 § 2.  Puede ser concedida por el Obispo diocesano en cada caso, aun cuando concurran varios motivos de nulidad en un mismo matrimonio, cumpliéndose las condiciones establecidas en el c. 1125 para la sanación de los matrimonios mixtos; pero no puede otorgarla el Obispo si existe un impedimento cuya dispensa se reserva a la Sede Apostólica conforme al c. 1078 § 2, o se trata de un impedimento de derecho natural o divino positivo que ya haya cesado.

3. En el Código Derecho Civil español, también se contemplan los distintos supuestos de convalidación del matrimonio civil nulo, si concurren justa causa e instancia de parte:

a) Cuando ha sido contraído entre personas que tienen alguno de los  impedimentos para casarse, señalados  en los artículos 46 y 47 del Código Civil español, los cuales pueden recibir la dispensa de ese impedimento, ya sea del Ministro de Justicia o del Juez de Primera Instancia, según los casos,  conforme lo refiere el artículo 73.2 del Código Civil español.

b) Cuando la causa de la nulidad es la falta de competencia o de nombramiento legítimo del Juez, Alcalde o funcionario que celebró el matrimonio, o la de algún defecto de forma en su celebración, si al menos uno de los cónyuges contrajo el matrimonio de buena fe, según señalan los artículos 53 y 78  del Código Civil.

c) Cuando la causa de la nulidad es la falta de la edad legal requerida para contraer matrimonio, (la mayoría de edad, es decir los 18 años, o ser menor de 18 años pero estar emancipado, o ser mayor de catorce años y haberse obtenido la dispensa de ese impedimento por el Juez) y los cónyuges han convivido durante más de un año, después de alcanzada la edad legal para contraer matrimonio, según el  artículo 75 del Código Civil.

d) Cuando, siendo la causa de la nulidad el error, la coacción o el miedo grave, los cónyuges conviven duante más de un año después de desvanecido el error que llevó a contraer matrimonio, o de haber cesado la fuerza o la cusa del miedo, conforme al artículo 76 del Código Civil.

LOS IMPEDIMENTOS DEL MATRIMONIO CIVIL:

Artículo 46: No pueden contraer matrimonio:

1. Los menores de edad no emancipados.

2. Los que estén ligados con vínculo matrimonial.

Artículo 47: Tampoco pueden contraer matrimonio entre sí:

1. Los parientes en línea recta por consanguinidad o adopción.

2. Los colaterales por consanguinidad hasta el tercer grado.

3. Los condenados como autores o cómplices de la muerte dolosa del cónyuge de cualquiera de ellos.

LA DISPENSA DE LOS IMPEDIMENTOS DEL MATRIMONIO CIVIL:

Artículo 48: El Ministro de Justicia puede dispensar, a instancia de parte, el impedimento de muerte dolosa del cónyuge anterior. El Juez de Primera Instancia podrá dispensar, con justa causa y a instancia de parte, los impedimentos del grado tercero entre colaterales y de edad a partir de los catorce años. En los expedientes de dispensa de edad deberán ser oídos el menor y sus padres o guardadores. La dispensa ulterior convalida, desde su celebración, el matrimonio cuya nulidad no haya sido instada judicialmente por alguna de las partes.

LAS CAUSAS DE NULIDAD DEL MATRIMONIO CIVIL:

Artículo 73: Es nulo cualquiera que sea la forma de su celebración:

1. El matrimonio celebrado sin consentimiento matrimonial.

2. El matrimonio celebrado entre las personas a que se refieren los artículos 46 y 47, salvo los casos de dispensa conforme al artículo 48.

3. El que se contraiga sin la intervención del Juez, Alcalde o funcionario ante quien deba celebrarse, o sin la de los testigos.

4. El celebrado por error en la identidad de la persona del otro contrayente o en aquellas cualidades personales que, por su entidad, hubieren sido determinantes de la prestación del consentimiento.

5. El contraído por coacción o miedo grave.

 Como puede verse, en el Código Civil no se diferencia entre convalidación y sanación en la raíz del matrimonio, pero los supuestos sí aparecen diferenciados.

Por: Patricia Alzate Monroy, Abogada y Doctora en Derecho

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