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Sugerencias para una buena convivencia matrimonial

jueves, 11 septiembre 2008

Me he decidido a escribir algunas reflexiones para matrimonios y parejas porque me lo han pedido algunos lectores amigos. Aunque soy Abogada de Familia, mi experiencia con respecto al matrimonio y a la familia no se limita sólo al aspecto jurídico, sino que también se extiende a la vivencia personal de estas realidades tan cotidianas de la vida diaria. Ningún ser humano, sin importar su raza, religión, nacionalidad o nivel socio-cultural, es ajeno a este tema, puesto que nada hay más antropológico y jurídico que el matrimonio y la familia. Todos podríamos hablar y teorizar mucho sobre el matrimonio y la familia, pero no todos podríamos vivirlos con plenitud, porque para eso hay que aprender y practicar continuamente.

Es curioso ver que invertimos muchos años, esfuerzo y dinero en educarnos y prepararnos sólidamente para actuar adecuadamente dentro de la sociedad o para ejercer una profesión o para practicar bien un deporte o un hobby; pero muy poco esfuerzo invertimos para educarnos en el amor, en el control de nuestras emociones y en el buen manejo de nuestras relaciones interpersonales y familiares. ¡Y son aspectos tan cruciales de nuestra vida e ingredientes tan esenciales de nuestra felicidad y de nuestro éxito personal!

Voy a empezar por el principio: una pareja, antes de casarse o de irse a vivir juntos y formar una familia, ha tenido una previa etapa de conocimiento personal. Lo normal es que haya comenzado con un primer encuentro, siga con un periodo de conocerse más a fondo (lo que comúnmente llamaríamos noviazgo) y luego decidan formalizar un matrimonio o una unión de hecho. Es decir, hay un proceso con diferentes etapas que mejor será no saltarlas ni quemarlas porque si no, probablemente, terminemos quemándonos como pareja. ¿Y cuánto tiempo es el adecuado en cada etapa para esa pareja que quiere comprometerse? Puede ser breve o puede ser largo, eso no importa, porque lo importante es que se conozcan bien los dos. Lo que sucede es que muchas veces las parejas no se conocen (aunque lleven un noviazgo de muchos años) porque son, en el fondo, “dos conocidos muy desconocidos”, no hablan entre sí, o hablan mucho pero sin comunicarse ni escucharse, no dialogan de aspectos personales importantes; se miran, pero no se observan a fondo para descubrirse defectos o virtudes, no planifican un futuro ni se cuentan sus expectativas ni qué es lo que cada uno desea y, sin embargo, se casan o conviven pretendiendo “embarcarse juntos” en un proyecto de vida común a largo plazo.

Se piensa mucho para elegir una carrera y una universidad,  pero a veces poco se piensa para elegir una pareja. Y es que elegir o decidir implica mucha libertad y mucha responsabilidad, implica mucha madurez y reflexión. Y esto es lo que menos suele ejercerse para realizar lo importante. ¿Es que mi pareja debe ser perfecta? No. ¿Es que tenemos que ser muy parecidos? No. ¿Es que tenemos que pensar igual? No. Al contrario, las diferencias, las imperfecciones y las virtudes de cada uno son lo que nos complementa mutuamente como pareja. ¡Si fuésemos iguales qué aburido sería!

La pareja avanza cuando sabe equilibrar sus diferencias. Para la sana y correcta convivencia es provechoso saber quién es uno mismo, cómo reacciona, quién es el otro y qué reacciones cabe esperar de él; es decir, conocer el modo de ser propio y el de la pareja, conocer bien las diferencias personales y, también, las similitudes. Es verdad que uno nunca termina de conocerse bien a sí mismo y mucho menos a la pareja, porque precisamente conocerse es un proceso cuyo encanto está en la espontaneidad que implica, ya que nadie tiene su comportamiento “programado” como un ordenador, pero -por lo menos- hay que intentarlo, hay que ponerse en una actitud positiva de descubrirse a uno mismo y descubrir al otro con entusiasmo, con admiración y de manera tranquilizante. ¡En el fondo esto es el amor!

El proceso de conocerse mutuamente no se acaba, el proceso de amarse recíprocamente no termina. Cuando hay verdadero amor, éste no se acaba sino que se transforma y nos transforma. Una pareja que lleva algún tiempo de convivencia, sabe que su amor madura. “Las personas, como el buen vino, maduran y mejoran con el tiempo”. Por lo tanto, es importante la paciencia, el autocontrol que no nos desnaturaliza, sino que nos lleva al sosiego, a la paz y a la armonia.

Si no llegásemos a conocer ni a canalizar nuestros sentimientos y nuestras emociones quedaríamos a la merced de éstos, sometidos a su vaivén. En una relación de pareja es normal el enojo, el enfado, la crisis. Por esto mismo, hay que construir un lenguaje adecuado para expresar esos enfados y malentendidos adecuadamente, primando ante todo el respeto. Hay parejas que ante el enojo, el enfado o la crisis lo que menos hacen es comunicarse o dialogar “después” del enfado, del enojo o de la crisis. Así no se puede construir un lenguaje sincero ni respetuoso ni, muchos menos aún, cuando en el momento del enfado o de la crisis se recurre al insulto, a la descalificación o al improperio.

Y es que ese lenguaje, esa comunicación, ese diálogo no se refiere solo a las palabras, sino que también se refiere a los gestos. Existe el “lenguaje del cuerpo” que es el lenguaje de los gestos y de las actitudes que comunican y transmiten lo que somos, lo que pensamos y lo que sentimos. Las palabras, los gestos y las actitudes muestran nuestra educación y nuestra buena o mala formación como personas, muestran nuestro carácter y nuestra personalidad. Evidentemente, hay gestos y palabras altisonantes y groseros; los hay también finos y exquisitos; los hay respetuosos e irrespetuosos. A través de este lenguaje del cuerpo, de los gestos y de las palabras, es cuando más se expresa y demuestra la buena o la mala sintonía de una pareja, su conocimiento o desconocimiento mutuo, se ve si “encajan” como pareja, si se comprenden y si se respetan sus diferencias.

Es muy importante en la comunicación y en la complementariedad de la pareja el aspecto sexual; el ejercicio de la sexualidad tiene un lenguaje, unos signos y un significado que comunican y llevan a la plenitud, al respeto y al placer de los cónyuges. La sexualidad es una parte esencial de la comunidad de vida y amor conyugal y a este tema dedicaré un escrito que más adelante pulicaré en este mismo blog.

Decía que las confrontaciones, las crisis, necesariamente tienen que darse en una pareja y este es el momento “clave” para revisar su compromiso. Es el momento de descubrir si hay motivaciones e ilusiones comunes para buscar alternativas, para saber si hay un proyecto común de vida a largo plazo o simplemente es una relación sometida a la caducidad del “mientras tanto”. Amarse es conocerse y aceptarse mutua y recíprocamente. No se puede amar a quien no se conoce y no se puede aceptar a quien no se ama. La fórmula del consentimiento matrimonial que se expresa en la ceremonia nupcial con ese “sí, quiero” implica conocerse, aceptarse y amarse.

No hay normas generales ni hay fórmulas mágicas para la buena convivencia matrimonial, porque lo que para una pareja puede ser afortunado para otra puede resultar desafortunado y es normal que sea así, porque al igual que cada persona, cada matrimonio y cada pareja es única e irrepetible.  Lo que sí es siempre efectivo en la convivencia es el diálogo y la comunicación. Pero ¡cuidado! dialogar no es sólo comunicar, hablar, sino es ante todo “escuchar”.

Me permito dar algunas sugerencias para evitar -en lo posible- las rupturas matrimoniales y familiares, siguiendo unas pequeñas pautas de comportamiento en la convivencia diaria: 1. Estar dispuestos a comprender, a ponernos en la piel del otro. 2. Prestar mucha atención a las pequeñas cosas, a los detalles.  3. Luchar por “no ser tan hipersensible” en la convivencia.  4. Procurar “evitar discusiones innecesarias”.  5. Tener “capacidad de reacción” tras momentos o días difíciles.  6. Cuidar el lenguaje verbal y no verbal, sabiendo que “cualquier conducta humana es comunicación”. Por eso, atender muy especialmente a tres ingredientes esenciales de la comunicación: respeto, comprensión y delicadeza.  7. Poner el máximo empeño para que no salga “la lista de agravios”.  8. Tener “el don de la oportunidad”.  9. Todo comportamiento necesita de un cierto aprendizaje. El amor de la pareja consiste “en una relación compleja en la que se intercambian recompensas presentes y futuras”. 10. Para lograr una correcta estabilidad de la pareja es necesario “adquirir habilidades para la comunicación”, sabiendo que “comunicarse” tiene mucho que ver con el dar, el darse y el entregarse.  11. Disculparse cuando uno se equivoca.  12. Buscar siempre alternativas.  13. Fijarse más en las virtudes del otro que en sus defectos, sólo así intentaremos ayudarle a que se de cuenta de sus defectos y los pueda corregir.  14. Es importante no basar nuestra vida emocional en las debilidades de nuestra pareja, sino en sus fortalezas.

Es un hecho real que la convivencia matrimonial y familiar nos puede mejorar como personas. Nadie puede decir que está condenado al “fatalismo del yo soy así y no puedo ser de otro modo”. Somos libres y audaces para cambiar, para mejorar, para “ser de otro modo” y para transformarnos a nosotros mismos por amor. No debemos permitir que nuestros defectos nos lleguen a arruinar como personas, ni que lleguen a arruinar a otras personas, mucho menos a nuestra pareja y nuestros hijos.

NOTA: En este mismo blog he escrito algunos artículos relacionados con este tema que puedes leer en “Los cónyuges son los primeros parientes” , en “El Hogar como refugio y defensa de nuestra vida privada” y en “¿Una mentalidad optimista del matrimonio frente a una mentalidad pesimista del divorcio?”

Por: Patricia Alzate Monroy, Abogada y Doctora en Derecho

Sentido, ética y profesionalidad del Abogado de Familia

martes, 2 septiembre 2008

Estoy convencida de que todos los profesionales del Derecho que nos dedicamos al área del matrimonio y de la familia, teniendo siempre en la mira el horizonte fundamental de nuestra misión y el sentido de nuestra tarea, nos preguntamos por qué nos vemos a veces “ejerciendo” un poco de psicológos o de orientadores familiares. Esto es normal que nos suceda (sin quererlo ni buscarlo) porque nuestros clientes, cuando acuden a nuestro Despacho pidiendo orientación jurídica para su concreta situación matrimonial o familiar, nos hacen muchas confidencias personales e íntimas que ni siquiera se las han contado a sus más cercanos parientes.

Suelo tener en mi escritorio o sobre la mesa de la sala donde atiendo a mis clientes una caja de kleenex, porque es normal que al narrarnos su problema se les escapen algunas lágrimas y sollozos. Y no hablo sólo de mujeres ¡no! He visto a muchos hombres soltando una que otra lágrima durante la consulta. Todo esto me lleva a tener cada día más conciencia de la grandeza de mi profesión y de la delicadeza y del respeto que implica ejercerla cuando las personas nos confian su intimidad y nos cuentan sus historias personales. Y es que se toca la “fibra humana”, se palpan los sentimientos humanos, lo cual imprime el carácter y la dignidad de lo que somos y de lo que hacemos. Conseguir ese clima de confianza que facilita esa apertura del cliente, es cuestión de sintonía. Porque los clientes se dan cuenta de manera inmediata si se encuentran frente a un abogado de familia consciente de su misión, que los trata como a  personas y no como a un “expediente o un caso más por resolver”. Los clientes son los primeros en notar si su abogado es un humanista o alguien preocupado más por la “ganancia económica” que le supone el caso.

El abogado de familia tiene la posibilidad real de trabajar por la familia, por la persona. Digo esto porque en algunas ocasiones nos encontramos ante un cliente, hombre o mujer, que teniendo un problema matrimonial que no pasa de ser sólo una “crisis matrimonial” nos consulta la posibilidad de tramitar su divorcio. Es cuando entra en juego la conciencia y el sentido que tenemos de nuestra profesión y lo que marca la diferencia entre el abogado de familia y aquel que sólo busca tramitar un divorcio para “cobrar” un caso más. Muchas veces he tenido la satisfacción personal de ayudar a que una persona recapacite sobre su matrimonio y su familia y no se precipite a plantearse un divorcio, porque la solución no es ésta sino otra que tiene que ver más con el diálogo y la comunicación de pareja. Le ayudo a que reflexione sobre su posible decisión de divorciarse proyectándose hacia el futuro en un corto, mediano y largo plazo. Es verdad que actuando así, el cliente recapacita y dejo de ganarme los “honorarios” de ese posible divorcio, pero he ganado más en lo personal y en lo profesional y esto me trae muchos más dividendos, pues siempre he estado convencida de que la ética profesional es muy rentable: un cliente satisfecho con la actuación de su abogado, trae muchos más clientes.

El abogado de familia que se encuentra en consulta con su cliente no debe dejar de ver que detrás de éste hay una familia, unos hijos, cada uno con su propia biografía personal. Y que con nuestra asesoría jurídica, podemos ayudar a esa familia. Cada situación matrimonial y familiar tendrá una solución específica, pero no será la misma para todas. El divorcio es una muy buena solución, pero no siempre es la única solución.

Es cierto que el divorcio está alcanzando un alto índice de proporciones. Esto debe llevarnos a los abogados de familia a reflexionar cuáles pueden ser sus causas y sus consecuencias, para enfocar el problema convenientemente y ayudar a plantear soluciones adecuadas, dentro de la disciplna jurídica en la que estamos inmersos. No es para alegrarse de tanto divorcio. Tampoco es para lamentarse. Es sencillamente para analizar y estudiar más a fondo sobre la situación actual del matrimonio y la familia, puesto que el estudio y el análisis de la realidad es algo que nunca debe dejar de hacer el abogado. Y es que el abogado de familia es un humanista por antonomasia y debe ser un conocedor de las ciencias sociales.

A mi modo de ver, una de las muchas causas de tanto divorcio que actualmente tenemos en nuestra sociedad es la falta de educación en el amor, en el manejo de las emociones y de las relaciones interpersonales y familiares. Varias parejas y familias “se rompen” por la falta de esta formación. Esto es lo que a veces percibo en el fondo de algunas situaciones. En otras ocasiones, son los mismos clientes los que nos lo dicen. Es cuando, sin quererlo ni buscarlo, nos encontramos ejerciendo un poco de psicólogos o de orientadores familiares, como decía al inicio de este escrito. No es intrusismo, sino simplemente consecuencia de nuestra profesión, puesto que un abogado de familia debe tener mucho de psicólogo y mucho de orientador familiar para ser muy competente en su profesión. Y no es porque tengamos que estudiarlo en la universidad, sino que la vida misma y la profesión nos enseñan a serlo.

Por esto mismo, me permito dar algunas sugerencias para evitar -en lo posible- esas rupturas matrimoniales y familiares, siguiendo unas pequeñas pautas de comportamiento en la convivencia diaria: 1. Estar dispuestos a comprender, a ponernos en la piel del otro. 2. Prestar mucha atención a las pequeñas cosas, a los detalles.  3. Luchar por “no ser tan hipersensible” en la convivencia.  4. Procurar “evitar discusiones innecesarias”.  5. Tener “capacidad de reacción” tras momentos o días difíciles.  6. Cuidar el lenguaje verbal y no verbal, sabiendo que “cualquier conducta humana es comunicación”. Por eso, atender muy especialmente a tres ingredientes esenciales de la comunicación: respeto, comprensión y delicadeza.  7. Poner el máximo empeño para que no salga “la lista de agravios”.  8. Tener “el don de la oportunidad”.  9. Todo comportamiento necesita de un cierto aprendizaje. El amor de la pareja consiste “en una relación compleja en la que se intercambian recompensas presentes y futuras”. 10. Para lograr una correcta estabilidad de la pareja es necesario “adquirir habilidades para la comunicación”, sabiendo que “comunicarse” tiene mucho que ver con el dar, el darse y el entregarse.  11. Disculparse cuando uno se equivoca.  12. Buscar siempre alternativas.  13. Fijarse más en las virtudes del otro que en sus defectos, sólo así intentaremos ayudarle a que se de cuenta de sus defectos y los pueda corregir.  14. Es importante no basar nuestra vida emocional en las debilidades de nuestra pareja, sino en sus fortalezas.

Podría seguir con un largo etcétera, pero lo importante es tener claro que la vida de familia es una escuela de virtudes en la que todos aprendemos a ser mejores contando también con nuestros fallos y nuestras equivocaciones.

Obviamente, en todo lo dicho hasta aquí, me he referido a situaciones “normales” en las que se excluye la existencia de “patologías” o enfermedades, ya que encontramos personas que son incapaces de tener unas sanas relaciones interpersonales o un sano control de las emociones o un sano concepto del amor o un sano equilibrio emocional. Es cuando les aconsejamos que acudan a la ayuda de un experto psicólogo o psiquiatra. Hay otros casos muy lamentables en los que algún miembro de la pareja o de la familia tienen un desequilibrio psíquico o psicológico, convirtiendo su entorno familiar en un infierno (casos de violencia de género, de violencia intrafamiliar, de abusos a menores, de alcoholismo, drogadicción, etc.) en los que hay que acudir a otras pautas y a otras soluciones drásticas e inmediatas.

Antes de terminar hago un pequeño paréntesis para decir que en este escrito me he centrado sólo en el tema del matrimonio y del divorcio. Porque bien sabemos todos que los abogados de familia atendemos otros asuntos como la filiación, las herencias, las adopciones, guarda y custodia de los hijos, etc. Sobre todos estos aspectos he escrito en este mismo blog. Lo cierto es que los temas de divorcio son los que más se suelen solicitar en nuestros Despachos, a los que acuden también  -hay que decirlo- muchas personas que han madurado y sopesado muy bien su decisión  de divorciarse, buscando el bien personal y de sus hijos.

Por: Patricia Alzate Monroy, Abogada y Doctora en Derecho

 

Una nota de buen humor sobre el amor de la pareja

jueves, 28 agosto 2008

Uno de los asiduos lectores de mi blog me ha enviado una simpática nota de buen humor con un video del excelente grupo teatral y musical Les Luthiers, de una de sus piezas titulada “Perdónala”, en el que de manera cómica se hace referencia al “perdón” de la pareja.

He decidido publicar en mi blog temático de derecho de familia este video, por tratarse de una graciosa escena de altísima calidad,  creada por unos auténticos genios de la música y del humor, como son este grupo argentino mundialmente conocido por hacernos reir a carcajadas, al escenificar simultáneamente lo cómico, lo artístico y lo musical.

Para muchos de nosotros Les Luthiers son artistas magistrales de la música, el teatro y el humor fino y elegante. ¡Profesionales inigualables de la risa y el arte!

¡Disfrútenlo hasta el final!

Los cónyuges son los “primeros parientes”

jueves, 21 agosto 2008

¿”Y todavía no tenéis familia”? es la pregunta que comúnmente se le hace a una pareja de recién casados para saber si ya tienen hijos o vienen en camino o si piensan tenerlos pronto. Pareciera haber un “cierto acoso” por parte de algunos familiares y amigos hacia estos “recién casados”, que muchas veces no saben qué responder a tan insistentes preguntas de aquellos cercanos que sueñan con ser ya abuelos, tios o padrinos de bautismo. Detrás de esta inocente pregunta se esconde un error fundamental de apreciación acerca del concepto de “familia”. ¿Es que acaso no son ya familia entre sí los cónyuges?

El pacto conyugal, la alianza matrimonial, el vínculo matrimonial o como se quiera llamar a ese matrimonio que han conformado los cónyuges mediante su consentimiento matrimonial, crea una íntima comunidad de vida y amor con la que -mediante su libertad personal- han decidido fundar una familia. Esa alianza conyugal tiene como objeto la búsqueda del  “bien de los cónyuges que es un valor trascendente que busca la propia y mutua felicidad. Fundar una familia exige de los cónyuges un pacto de amor conyugal de donación y aceptación mutua y recíproca; es hacer un auténtico uso de la libertad y de la responsabilidad personal.

Esa íntima comunidad de vida y amor que han creado los esposos mediante su vínculo matrimonial origina unas relaciones familiares, una comunidad familiar. El vínculo conyugal no es solamente una relación jurídica contractual, sino que se integra dentro de la primera y más original noción de familia: los cónyuges son familia, son los “primeros parientes”, los “primeros familiares”. Aunque es fácil de entender con claridad esta realidad familiar conyugal, sucede que ésta se ha oscurecido porque durante siglos el matrimonio ha sido comprendido con una visión muy positivista y jurídico-formal, encuadrándolo dentro de un frio concepto jurídico de contrato o de institución, quedando así desprovisto de su genuina realidad natural.

Hay que rescatar el auténtico concepto de amor y de alianza del matrimonio, el cual no puede quedar reducido a un simple concepto de contrato o de institución con unos planteamientos demasiado utilitaristas y funcionales. Hay que enseñar en las aulas y en la calle que el matrimonio no es sólo un contrato de “derechos y obligaciones”, sino que es mucho más, es una alianza de mutua y recíproca entrega de dos personas por amor. No se trata simplemente de una diferencia termonológica, sino de una concepción más humana y menos fria de la realidad matrimonial y familiar que crean los cónyuges con su libertad personal al casarse. Existe actualmente una notable pérdida de la conciencia del “carácter familiar de la relación conyugal”.

Implícitamente subyace la idea de que la familia es una realidad biológica que requiere la existencia de los vínculos de sangre. Por esto está hoy tan difundido el considerar en términos funcionales, pero  no familiares, el vínculo conyugal. Se piensa que la familia comenzaría a existir a partir del nacimiento del primer hijo; antes sólo existiría la pareja casada, es decir, unida por el vínculo matrimonial. De ahí la famosa pregunta que se hace a los recién casados: “¿Y todavía no tenéis familia?”.

Las relaciones familiares son más que relaciones sociales o funcionales. El matrimonio no puede ser entendido como una relación social o funcional en la que cada cónyuge “cumple una función determinada”. De ahí que sea urgente y necesario destacar y rescatar la realidad existencial, vital y afectiva de la relación conyugal que la hace relación familiar. La relación conyugal es ya familiar desde el momento en que los esposos se intercambian el consentimiento matrimonial, cuando se dicen libremente y por amor durante la ceremonia nupcial “si quiero”.

El vínculo conyugal tiene como soporte una relación familiar que sólo puede comprenderse en el interior de un sistema de parentesco. Las relaciones familiares padres-hijos-hermanos tienen como fundamento un hecho biológico: la generación. Mientras que la conyugalidad constituye un caso especial porque no se constituye sobre este hecho biológico de la generación, sino en la elección del cónyuge que es consecuencia de la libertad de los esposos. Podría entonces pensarse que la conyugalidad no es una relación familiar porque en ella no interviene el elemento sangre, sino la libertad o consentimiento matrimonial. Por tanto, y de ser así, ser cónyuges consistiría en saber desarrollar unos roles: el propio “rol de esposos”, “rol” que sería definido por el contexto socio-cultural.

Entonces tendría que concluirse que el concepto de familia y de relación familiar quedarían ligados exclusivamente a la dimensión biológica de la persona, cayendo en un prejuicio cultural muy difundido que hace pensar que donde no hay relación biológica, pero sí vínculo de libertad, no habría familia. Consecuentemente, la familia vendría a ser el efecto biológico del vínculo matrimonial, lo cual sería un error.

El vínculo matrimonial permanente refleja que la relación conyugal tiene un carácter personal y biográfico. Porque en el matrimonio los esposos se entregan y se asumen como personas en su dimensión biográfica y existencial, que no está sujeta a la temporalidad “del mientras tanto”.  La conyugalidad es la relación familiar por excelencia y, sin ésta, no hay ninguna otra relación que sea plenamente familiar. Sobre la conyugalidad se fundamentan las otras relaciones familiares por consanguinidad: padres, hijos, abuelos, nietos, hermanos, primos, tíos;  y también las relaciones familiares por afinidad: cuñados, suegros, consuegros, etc. También las relaciones familiares por adopción.

La familia no es un conjunto de personas que ponen en común sus existencias y sus bienes. La familia es una comunidad de personas que solamente puede constituirse sobre la comunión conyugal del hombre y la mujer. La conyugalidad recibe su plenitud con el advenimiento del hijo. Sin embargo, con independencia de la inexistencia involuntaria de los hijos, la comunión de los esposos es ya familiar puesto que “los cónyuges son los primeros parientes”.

Efectivamente hay matrimonios que por razones ajenas a su voluntad no logran tener hijos. Pero es un matrimonio, es una familia. Ya son familia. La familia no se puede reducir al hecho biológico de la procreación. ¿Qué es lo que relamente crea el lazo familiar? ¿Una estructura social, política o económica? No. Es la exigencia de la solidaridad radical y de la comunidad amorosa, dimanante de la condición y dignidad de las personas humanas, de quienes se vinculan definitivamente entre sí, por el “simple y grandioso hecho”  de ser aceptados y amados sin más; esto es lo que crea el lazo radical e incondicional de amor y solidaridad debido en justicia entre familiares.

Por esto los cónyuges, antes que padres, se han dado para siempre como esposos en una alianza de amor permanente y abierta a la vida. La relación entre los cónyuges, lejos de ser una relación funcional de “roles” es una relación plenamente familiar porque tiene ese carácter personal y biográfico que los hace llamarse “consortes”, es decir, comparten la misma suerte y escriben juntos sus propias biografías.

Desde un punto de vista práctico, tan exigente como ser “esposo” o “esposa” es ser “hijo”, “hija”, “padre”, “madre”, “abuelo”, “abuela”. La familia se encuentra como el primer “nosotros”: cada uno es “yo” y “tú”; cada uno es para el otro marido o mujer, padre o madre, hija o hijo, hermano o hermana, abuelo o nieta, tio o sobrino, prima o primo, cuñado o cuñada, etc. Se reconocen como sujetos en relación. Los familiares no pueden considerarse individuos aislados, sin lazos familiares. ¿Un lazo familiar de sangre puede ser destruido por voluntad humana? Evidentemente no. Nadie puede llamar a su padre o a su madre o a su hijo o a su abuelo o a su hermana o nieto mi “ex” porque aunque hubiera relaciones familiares rotas, no pueden ser desconocidos o destruidos los vínculos de sangre. Porque a éstas se les reconoce como relaciones familiares. ¿Y por qué es tan frecuente oir hablar de mi “ex-cónyuge”? Porque las relaciones conyugales se reducen simplemente a relaciones funcionales sujetas al sólo acuerdo de voluntades o a unos intereses particulares que, una vez ya no se cumplen, pueden rescindirse.

Pero los esposos que se casan de verdad, en una alianza de amor permanente, no hay que explicarles mucho que ellos son “los primeros parientes”, porque ya lo saben o lo intuyen.

Por: Patricia Alzate Monroy, Abogada y Doctora en Derecho

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