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La empresa debe adaptar el horario laboral de la madre para cuidar a sus hijos

domingo, 5 octubre 2008

Un Juez de lo Social de Barcelona acaba de dictar una novedosa Sentencia en la que se antepone al interés empresarial el interés de una madre trabajadora, estableciendo que el horario laboral de la madre para cuidar a su hijo prima sobre el horario de la empresa, aunque sean diferentes.

La mujer trabajaba de lunes a viernes de 12:00 a 16:00 horas y los sábados de 12:30 a 16:30 horas, después de acogerse a la reducción de la jornada a la que tenía derecho por maternidad. Hace seís meses reclamó a la empresa que, con el inicio del curso escolar, se le permitiera trabajar sólo de lunes a viernes porque se trata de una familia monoparental y nadie podía hacerse cargo de su hijo los fines de semana. La empresa le denegó la petición, sin que se argumentaran los motivos de esa imposibilidad.

La Sentencia -que no puede ser recurrida- expone que lo que debe analizarse en este caso concreto no es una mera cuestión de legalidad ordinaria, sino que afecta a un derecho fundamental como es la no discriminación por razón de sexo. El juez considera que si la Sentencia fuese contraria a la petición de la mujer y madre trabajadora, se estaría  afectando “el derecho efectivo a las mismas oportunidades de promoción profesional, a la protección de la infancia y a la conciliación de la vida familiar y laboral”. Por esto mismo, la Sentencia dice que no se puede realizar una interpretación restrictiva de la reducción horaria, como imponer un régimen de turnos que comporta “una disponibilidad que dificulta extraordinariamente la organización de la vida personal y familiar”.

En otra reciente Sentencia, una Juez de lo Social de Madrid, concede un turno fijo a una madre trabajadora para que cuide a su hija, haciendo compatible su horario de madre y de trabajadora. La empleada trabajaba por turnos  y tenía hasta diez horarios distintos de mañana y tarde, incluidos los domingos y festivos. La Juez en la Sentencia -que no admite recurso- le ha reconocido el derecho a la trabajadora, que trabaja con jornada reducida desde que dió a luz, a fijar el horario laboral para poder atender a su hija, porque “la atención a un niño prima sobre la organización empresarial”.

“Adiós a los turnos rotatorios repartidos por los siete días de la semana. Por fin puedo disfrutar de mi hija y ejercer de madre; ahora sí puedo conciliar el trabajo y la familia”, exclamaba emocionada la madre trabajadora al conocer la Sentencia.

En 2006, la cajera solicitó trabajar de lunes a viernes de 09:30 a 13:30 horas. La empresa se lo denegó. “Como los horarios eran tan cambiantes, llegó un punto en el que tenía dos opciones: o dejaba de trabajar o atendía a mi niña”, dice. Pero decidió llevar a los Tribunales a la empresa en la que lleva 17 años trabajando.

La Juez señala que en los casos de jornada reducida por el cuidado de menores de ocho años, la elección del horario debe corresponder al trabajador.  La Sentencia deja claro que, al tratarse de una petición basada en la necesidad de atender a un niño, ésta “debe prevalecer sobre el mero poder de organización de la actividad empresarial”.

Se podría decir que son éstas Sentencias “pioneras” porque declaran que el interés de la madre trabajadora para cuidar a sus hijos, está por encima de las necesidades organizativas de la empresa en la que se trabaja. De esta manera también se protege efectivamente la conciliación de la vida familiar y laboral.

Por: Patricia Alzate Monroy, Abogada y Doctora en Derecho

El insólito divorcio de “vivir bajo el mismo techo, pero en diferente lecho”

viernes, 12 septiembre 2008

20minutos p - El insólito divorcio de "vivir bajo el mismo techo, pero en diferente lecho"La crisis económica que en este momento atraviesa España está afectando especialmente a las familias españolas y al sector inmobiliario, llevando a algunas parejas a una insólita situación que pareciera sacada de una “tragicomedia” y que no deja de sorprendernos a los abogados de familia. En este año, muchas parejas que desean divorciarse  acuden a nuestros Despachos planteándonos la posibilidad legal de conseguir su divorcio de mutuo acuerdo, con la firma del previo convenio regulador, en el que se comprometen a vivir en la misma casa, pero “eso sí divorciados”.

Al escucharlos, creo no haber entendido bien y les pido que me repitan su propuesta: no salgo de mi asombro al entender que sí escuché bien.

Pareciera que esta propuesta es absurda e ilógica porque todos sabemos que precisamente una pareja que se separa o se divorcia lo que menos desea es vivir juntos, sino separados. Para eso se separan o se divorcian, para no tener que convivir ni compartir el mismo espacio. Digo que es como una “tragicomedia”, porque aunque sonara a anécdota humorística, es realmente una situación “grave y angustiosa”. La mayoría de los jóvenes en España son “mileuristas”, es decir que sus sueldos son muy bajos (si es que tienen la fortuna de tener un trabajo) y para emanciparse y conseguir su propia vivienda, deben hipotecarse de “por vida” (hay hipotecas que se suscriben por ¡50 años!).

La mayoría de los matrimonios jóvenes españoles tienen “hipotecada” su vivienda. Las hipotecas les consumen el 65% de sus salarios y por eso se ven obligados a trabajar los dos miembros de la pareja para poder pagar la hipoteca y sus gastos estrictamente necesarios. Antes de casarse asumen en pareja el pago de la hipoteca de su futura vivienda conyugal porque si no sería imposible pagarla cada uno por su cuenta. Resulta curioso que asuman en pareja una pesada carga hipotecaria de 50 años y, tal vez, su compromiso matrimonial no lo asumen con tanta seguridad y por tan largo tiempo.

Y en el momento en que deciden divorciarse tienen que enfrentarse a este nuevo dilema que les plantea la actual crisis económica: no pueden vender el piso en común ni liberarse de la hipoteca ni mucho menos permitirse comprar otra vivienda de forma individual para empezar una nueva vida. Antes los pisos se vendían enseguida y la pareja llegaba a un acuerdo para que se lo quedara una de las partes. Ahora la venta de los pisos se puede demorar muchísimo tiempo.

El sector inmobiliario está pasando por una de sus peores crisis económicas, muchas sucursales se están cerrando porque ya no se venden ni alquilan pisos debido a las altas hipotecas y al altísimo índice de desempleo que en este momento registra España. Esto se veía venir.  Los pisos estaban sobrevalorados y ante esta situación, en un 3% de las rupturas matrimoniales, las parejas optan por seguir viviendo en el hogar conyugal hasta que “aparezca” un comprador. Desde luego, no es una situación normal que dos personas que se divorcian sigan viviendo juntas, pero una mínima parte de nuestros clientes manifiestan su voluntad de hacerlo así cuando acuden a nuestro Despacho. Es ésta una situación excepcional que, obviamente, no es aconsejable que se  prolongue varios meses.

Como se trata de una situación nueva en España por esta crisis económica, no sabemos qué va a pasar en el futuro. Seguramente las parejas se replantearán el divorcio o lo buscarán como una última alternativa, ya que las dificultades para pagar la hipoteca las obligará a permanecer unidas por más tiempo viviendo “bajo el mismo techo, pero no en el mismo lecho”. Concretamente, algunas estadísticas muestran que en el año 2008 han bajado los divorcios en España en un 30%.

Varios medios de comunicación han llamado al Despacho Alzate Monroy & Asociados para pedir una valoración sobre esta situación y solicitar información al respecto, como por ejemplo periodistas de la Revista Bloomberg, del Diario 20 Minutos , de El Mundo.es, etc.

También puedes escuchar un reportaje en la radio “Patricia Alzate Monroy interviene en Aragón Radio para hablar del Divorcio y la actual crisis económica”.

 

foto20minutos - El insólito divorcio de "vivir bajo el mismo techo, pero en diferente lecho"

Sugerencias para una buena convivencia matrimonial

jueves, 11 septiembre 2008

Me he decidido a escribir algunas reflexiones para matrimonios y parejas porque me lo han pedido algunos lectores amigos. Aunque soy Abogada de Familia, mi experiencia con respecto al matrimonio y a la familia no se limita sólo al aspecto jurídico, sino que también se extiende a la vivencia personal de estas realidades tan cotidianas de la vida diaria. Ningún ser humano, sin importar su raza, religión, nacionalidad o nivel socio-cultural, es ajeno a este tema, puesto que nada hay más antropológico y jurídico que el matrimonio y la familia. Todos podríamos hablar y teorizar mucho sobre el matrimonio y la familia, pero no todos podríamos vivirlos con plenitud, porque para eso hay que aprender y practicar continuamente.

Es curioso ver que invertimos muchos años, esfuerzo y dinero en educarnos y prepararnos sólidamente para actuar adecuadamente dentro de la sociedad o para ejercer una profesión o para practicar bien un deporte o un hobby; pero muy poco esfuerzo invertimos para educarnos en el amor, en el control de nuestras emociones y en el buen manejo de nuestras relaciones interpersonales y familiares. ¡Y son aspectos tan cruciales de nuestra vida e ingredientes tan esenciales de nuestra felicidad y de nuestro éxito personal!

Voy a empezar por el principio: una pareja, antes de casarse o de irse a vivir juntos y formar una familia, ha tenido una previa etapa de conocimiento personal. Lo normal es que haya comenzado con un primer encuentro, siga con un periodo de conocerse más a fondo (lo que comúnmente llamaríamos noviazgo) y luego decidan formalizar un matrimonio o una unión de hecho. Es decir, hay un proceso con diferentes etapas que mejor será no saltarlas ni quemarlas porque si no, probablemente, terminemos quemándonos como pareja. ¿Y cuánto tiempo es el adecuado en cada etapa para esa pareja que quiere comprometerse? Puede ser breve o puede ser largo, eso no importa, porque lo importante es que se conozcan bien los dos. Lo que sucede es que muchas veces las parejas no se conocen (aunque lleven un noviazgo de muchos años) porque son, en el fondo, “dos conocidos muy desconocidos”, no hablan entre sí, o hablan mucho pero sin comunicarse ni escucharse, no dialogan de aspectos personales importantes; se miran, pero no se observan a fondo para descubrirse defectos o virtudes, no planifican un futuro ni se cuentan sus expectativas ni qué es lo que cada uno desea y, sin embargo, se casan o conviven pretendiendo “embarcarse juntos” en un proyecto de vida común a largo plazo.

Se piensa mucho para elegir una carrera y una universidad,  pero a veces poco se piensa para elegir una pareja. Y es que elegir o decidir implica mucha libertad y mucha responsabilidad, implica mucha madurez y reflexión. Y esto es lo que menos suele ejercerse para realizar lo importante. ¿Es que mi pareja debe ser perfecta? No. ¿Es que tenemos que ser muy parecidos? No. ¿Es que tenemos que pensar igual? No. Al contrario, las diferencias, las imperfecciones y las virtudes de cada uno son lo que nos complementa mutuamente como pareja. ¡Si fuésemos iguales qué aburido sería!

La pareja avanza cuando sabe equilibrar sus diferencias. Para la sana y correcta convivencia es provechoso saber quién es uno mismo, cómo reacciona, quién es el otro y qué reacciones cabe esperar de él; es decir, conocer el modo de ser propio y el de la pareja, conocer bien las diferencias personales y, también, las similitudes. Es verdad que uno nunca termina de conocerse bien a sí mismo y mucho menos a la pareja, porque precisamente conocerse es un proceso cuyo encanto está en la espontaneidad que implica, ya que nadie tiene su comportamiento “programado” como un ordenador, pero -por lo menos- hay que intentarlo, hay que ponerse en una actitud positiva de descubrirse a uno mismo y descubrir al otro con entusiasmo, con admiración y de manera tranquilizante. ¡En el fondo esto es el amor!

El proceso de conocerse mutuamente no se acaba, el proceso de amarse recíprocamente no termina. Cuando hay verdadero amor, éste no se acaba sino que se transforma y nos transforma. Una pareja que lleva algún tiempo de convivencia, sabe que su amor madura. “Las personas, como el buen vino, maduran y mejoran con el tiempo”. Por lo tanto, es importante la paciencia, el autocontrol que no nos desnaturaliza, sino que nos lleva al sosiego, a la paz y a la armonia.

Si no llegásemos a conocer ni a canalizar nuestros sentimientos y nuestras emociones quedaríamos a la merced de éstos, sometidos a su vaivén. En una relación de pareja es normal el enojo, el enfado, la crisis. Por esto mismo, hay que construir un lenguaje adecuado para expresar esos enfados y malentendidos adecuadamente, primando ante todo el respeto. Hay parejas que ante el enojo, el enfado o la crisis lo que menos hacen es comunicarse o dialogar “después” del enfado, del enojo o de la crisis. Así no se puede construir un lenguaje sincero ni respetuoso ni, muchos menos aún, cuando en el momento del enfado o de la crisis se recurre al insulto, a la descalificación o al improperio.

Y es que ese lenguaje, esa comunicación, ese diálogo no se refiere solo a las palabras, sino que también se refiere a los gestos. Existe el “lenguaje del cuerpo” que es el lenguaje de los gestos y de las actitudes que comunican y transmiten lo que somos, lo que pensamos y lo que sentimos. Las palabras, los gestos y las actitudes muestran nuestra educación y nuestra buena o mala formación como personas, muestran nuestro carácter y nuestra personalidad. Evidentemente, hay gestos y palabras altisonantes y groseros; los hay también finos y exquisitos; los hay respetuosos e irrespetuosos. A través de este lenguaje del cuerpo, de los gestos y de las palabras, es cuando más se expresa y demuestra la buena o la mala sintonía de una pareja, su conocimiento o desconocimiento mutuo, se ve si “encajan” como pareja, si se comprenden y si se respetan sus diferencias.

Es muy importante en la comunicación y en la complementariedad de la pareja el aspecto sexual; el ejercicio de la sexualidad tiene un lenguaje, unos signos y un significado que comunican y llevan a la plenitud, al respeto y al placer de los cónyuges. La sexualidad es una parte esencial de la comunidad de vida y amor conyugal y a este tema dedicaré un escrito que más adelante pulicaré en este mismo blog.

Decía que las confrontaciones, las crisis, necesariamente tienen que darse en una pareja y este es el momento “clave” para revisar su compromiso. Es el momento de descubrir si hay motivaciones e ilusiones comunes para buscar alternativas, para saber si hay un proyecto común de vida a largo plazo o simplemente es una relación sometida a la caducidad del “mientras tanto”. Amarse es conocerse y aceptarse mutua y recíprocamente. No se puede amar a quien no se conoce y no se puede aceptar a quien no se ama. La fórmula del consentimiento matrimonial que se expresa en la ceremonia nupcial con ese “sí, quiero” implica conocerse, aceptarse y amarse.

No hay normas generales ni hay fórmulas mágicas para la buena convivencia matrimonial, porque lo que para una pareja puede ser afortunado para otra puede resultar desafortunado y es normal que sea así, porque al igual que cada persona, cada matrimonio y cada pareja es única e irrepetible.  Lo que sí es siempre efectivo en la convivencia es el diálogo y la comunicación. Pero ¡cuidado! dialogar no es sólo comunicar, hablar, sino es ante todo “escuchar”.

Me permito dar algunas sugerencias para evitar -en lo posible- las rupturas matrimoniales y familiares, siguiendo unas pequeñas pautas de comportamiento en la convivencia diaria: 1. Estar dispuestos a comprender, a ponernos en la piel del otro. 2. Prestar mucha atención a las pequeñas cosas, a los detalles.  3. Luchar por “no ser tan hipersensible” en la convivencia.  4. Procurar “evitar discusiones innecesarias”.  5. Tener “capacidad de reacción” tras momentos o días difíciles.  6. Cuidar el lenguaje verbal y no verbal, sabiendo que “cualquier conducta humana es comunicación”. Por eso, atender muy especialmente a tres ingredientes esenciales de la comunicación: respeto, comprensión y delicadeza.  7. Poner el máximo empeño para que no salga “la lista de agravios”.  8. Tener “el don de la oportunidad”.  9. Todo comportamiento necesita de un cierto aprendizaje. El amor de la pareja consiste “en una relación compleja en la que se intercambian recompensas presentes y futuras”. 10. Para lograr una correcta estabilidad de la pareja es necesario “adquirir habilidades para la comunicación”, sabiendo que “comunicarse” tiene mucho que ver con el dar, el darse y el entregarse.  11. Disculparse cuando uno se equivoca.  12. Buscar siempre alternativas.  13. Fijarse más en las virtudes del otro que en sus defectos, sólo así intentaremos ayudarle a que se de cuenta de sus defectos y los pueda corregir.  14. Es importante no basar nuestra vida emocional en las debilidades de nuestra pareja, sino en sus fortalezas.

Es un hecho real que la convivencia matrimonial y familiar nos puede mejorar como personas. Nadie puede decir que está condenado al “fatalismo del yo soy así y no puedo ser de otro modo”. Somos libres y audaces para cambiar, para mejorar, para “ser de otro modo” y para transformarnos a nosotros mismos por amor. No debemos permitir que nuestros defectos nos lleguen a arruinar como personas, ni que lleguen a arruinar a otras personas, mucho menos a nuestra pareja y nuestros hijos.

NOTA: En este mismo blog he escrito algunos artículos relacionados con este tema que puedes leer en “Los cónyuges son los primeros parientes” , en “El Hogar como refugio y defensa de nuestra vida privada” y en “¿Una mentalidad optimista del matrimonio frente a una mentalidad pesimista del divorcio?”

Por: Patricia Alzate Monroy, Abogada y Doctora en Derecho

Sentido, ética y profesionalidad del Abogado de Familia

martes, 2 septiembre 2008

Estoy convencida de que todos los profesionales del Derecho que nos dedicamos al área del matrimonio y de la familia, teniendo siempre en la mira el horizonte fundamental de nuestra misión y el sentido de nuestra tarea, nos preguntamos por qué nos vemos a veces “ejerciendo” un poco de psicológos o de orientadores familiares. Esto es normal que nos suceda (sin quererlo ni buscarlo) porque nuestros clientes, cuando acuden a nuestro Despacho pidiendo orientación jurídica para su concreta situación matrimonial o familiar, nos hacen muchas confidencias personales e íntimas que ni siquiera se las han contado a sus más cercanos parientes.

Suelo tener en mi escritorio o sobre la mesa de la sala donde atiendo a mis clientes una caja de kleenex, porque es normal que al narrarnos su problema se les escapen algunas lágrimas y sollozos. Y no hablo sólo de mujeres ¡no! He visto a muchos hombres soltando una que otra lágrima durante la consulta. Todo esto me lleva a tener cada día más conciencia de la grandeza de mi profesión y de la delicadeza y del respeto que implica ejercerla cuando las personas nos confian su intimidad y nos cuentan sus historias personales. Y es que se toca la “fibra humana”, se palpan los sentimientos humanos, lo cual imprime el carácter y la dignidad de lo que somos y de lo que hacemos. Conseguir ese clima de confianza que facilita esa apertura del cliente, es cuestión de sintonía. Porque los clientes se dan cuenta de manera inmediata si se encuentran frente a un abogado de familia consciente de su misión, que los trata como a  personas y no como a un “expediente o un caso más por resolver”. Los clientes son los primeros en notar si su abogado es un humanista o alguien preocupado más por la “ganancia económica” que le supone el caso.

El abogado de familia tiene la posibilidad real de trabajar por la familia, por la persona. Digo esto porque en algunas ocasiones nos encontramos ante un cliente, hombre o mujer, que teniendo un problema matrimonial que no pasa de ser sólo una “crisis matrimonial” nos consulta la posibilidad de tramitar su divorcio. Es cuando entra en juego la conciencia y el sentido que tenemos de nuestra profesión y lo que marca la diferencia entre el abogado de familia y aquel que sólo busca tramitar un divorcio para “cobrar” un caso más. Muchas veces he tenido la satisfacción personal de ayudar a que una persona recapacite sobre su matrimonio y su familia y no se precipite a plantearse un divorcio, porque la solución no es ésta sino otra que tiene que ver más con el diálogo y la comunicación de pareja. Le ayudo a que reflexione sobre su posible decisión de divorciarse proyectándose hacia el futuro en un corto, mediano y largo plazo. Es verdad que actuando así, el cliente recapacita y dejo de ganarme los “honorarios” de ese posible divorcio, pero he ganado más en lo personal y en lo profesional y esto me trae muchos más dividendos, pues siempre he estado convencida de que la ética profesional es muy rentable: un cliente satisfecho con la actuación de su abogado, trae muchos más clientes.

El abogado de familia que se encuentra en consulta con su cliente no debe dejar de ver que detrás de éste hay una familia, unos hijos, cada uno con su propia biografía personal. Y que con nuestra asesoría jurídica, podemos ayudar a esa familia. Cada situación matrimonial y familiar tendrá una solución específica, pero no será la misma para todas. El divorcio es una muy buena solución, pero no siempre es la única solución.

Es cierto que el divorcio está alcanzando un alto índice de proporciones. Esto debe llevarnos a los abogados de familia a reflexionar cuáles pueden ser sus causas y sus consecuencias, para enfocar el problema convenientemente y ayudar a plantear soluciones adecuadas, dentro de la disciplna jurídica en la que estamos inmersos. No es para alegrarse de tanto divorcio. Tampoco es para lamentarse. Es sencillamente para analizar y estudiar más a fondo sobre la situación actual del matrimonio y la familia, puesto que el estudio y el análisis de la realidad es algo que nunca debe dejar de hacer el abogado. Y es que el abogado de familia es un humanista por antonomasia y debe ser un conocedor de las ciencias sociales.

A mi modo de ver, una de las muchas causas de tanto divorcio que actualmente tenemos en nuestra sociedad es la falta de educación en el amor, en el manejo de las emociones y de las relaciones interpersonales y familiares. Varias parejas y familias “se rompen” por la falta de esta formación. Esto es lo que a veces percibo en el fondo de algunas situaciones. En otras ocasiones, son los mismos clientes los que nos lo dicen. Es cuando, sin quererlo ni buscarlo, nos encontramos ejerciendo un poco de psicólogos o de orientadores familiares, como decía al inicio de este escrito. No es intrusismo, sino simplemente consecuencia de nuestra profesión, puesto que un abogado de familia debe tener mucho de psicólogo y mucho de orientador familiar para ser muy competente en su profesión. Y no es porque tengamos que estudiarlo en la universidad, sino que la vida misma y la profesión nos enseñan a serlo.

Por esto mismo, me permito dar algunas sugerencias para evitar -en lo posible- esas rupturas matrimoniales y familiares, siguiendo unas pequeñas pautas de comportamiento en la convivencia diaria: 1. Estar dispuestos a comprender, a ponernos en la piel del otro. 2. Prestar mucha atención a las pequeñas cosas, a los detalles.  3. Luchar por “no ser tan hipersensible” en la convivencia.  4. Procurar “evitar discusiones innecesarias”.  5. Tener “capacidad de reacción” tras momentos o días difíciles.  6. Cuidar el lenguaje verbal y no verbal, sabiendo que “cualquier conducta humana es comunicación”. Por eso, atender muy especialmente a tres ingredientes esenciales de la comunicación: respeto, comprensión y delicadeza.  7. Poner el máximo empeño para que no salga “la lista de agravios”.  8. Tener “el don de la oportunidad”.  9. Todo comportamiento necesita de un cierto aprendizaje. El amor de la pareja consiste “en una relación compleja en la que se intercambian recompensas presentes y futuras”. 10. Para lograr una correcta estabilidad de la pareja es necesario “adquirir habilidades para la comunicación”, sabiendo que “comunicarse” tiene mucho que ver con el dar, el darse y el entregarse.  11. Disculparse cuando uno se equivoca.  12. Buscar siempre alternativas.  13. Fijarse más en las virtudes del otro que en sus defectos, sólo así intentaremos ayudarle a que se de cuenta de sus defectos y los pueda corregir.  14. Es importante no basar nuestra vida emocional en las debilidades de nuestra pareja, sino en sus fortalezas.

Podría seguir con un largo etcétera, pero lo importante es tener claro que la vida de familia es una escuela de virtudes en la que todos aprendemos a ser mejores contando también con nuestros fallos y nuestras equivocaciones.

Obviamente, en todo lo dicho hasta aquí, me he referido a situaciones “normales” en las que se excluye la existencia de “patologías” o enfermedades, ya que encontramos personas que son incapaces de tener unas sanas relaciones interpersonales o un sano control de las emociones o un sano concepto del amor o un sano equilibrio emocional. Es cuando les aconsejamos que acudan a la ayuda de un experto psicólogo o psiquiatra. Hay otros casos muy lamentables en los que algún miembro de la pareja o de la familia tienen un desequilibrio psíquico o psicológico, convirtiendo su entorno familiar en un infierno (casos de violencia de género, de violencia intrafamiliar, de abusos a menores, de alcoholismo, drogadicción, etc.) en los que hay que acudir a otras pautas y a otras soluciones drásticas e inmediatas.

Antes de terminar hago un pequeño paréntesis para decir que en este escrito me he centrado sólo en el tema del matrimonio y del divorcio. Porque bien sabemos todos que los abogados de familia atendemos otros asuntos como la filiación, las herencias, las adopciones, guarda y custodia de los hijos, etc. Sobre todos estos aspectos he escrito en este mismo blog. Lo cierto es que los temas de divorcio son los que más se suelen solicitar en nuestros Despachos, a los que acuden también  -hay que decirlo- muchas personas que han madurado y sopesado muy bien su decisión  de divorciarse, buscando el bien personal y de sus hijos.

Por: Patricia Alzate Monroy, Abogada y Doctora en Derecho

 

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