Entradas de la categoría ‘Matrimonio’

Una nota de buen humor sobre el amor de la pareja

jueves, 28 agosto 2008

Uno de los asiduos lectores de mi blog me ha enviado una simpática nota de buen humor con un video del excelente grupo teatral y musical Les Luthiers, de una de sus piezas titulada “Perdónala”, en el que de manera cómica se hace referencia al “perdón” de la pareja.

He decidido publicar en mi blog temático de derecho de familia este video, por tratarse de una graciosa escena de altísima calidad,  creada por unos auténticos genios de la música y del humor, como son este grupo argentino mundialmente conocido por hacernos reir a carcajadas, al escenificar simultáneamente lo cómico, lo artístico y lo musical.

Para muchos de nosotros Les Luthiers son artistas magistrales de la música, el teatro y el humor fino y elegante. ¡Profesionales inigualables de la risa y el arte!

¡Disfrútenlo hasta el final!

Los cónyuges son los “primeros parientes”

jueves, 21 agosto 2008

¿”Y todavía no tenéis familia”? es la pregunta que comúnmente se le hace a una pareja de recién casados para saber si ya tienen hijos o vienen en camino o si piensan tenerlos pronto. Pareciera haber un “cierto acoso” por parte de algunos familiares y amigos hacia estos “recién casados”, que muchas veces no saben qué responder a tan insistentes preguntas de aquellos cercanos que sueñan con ser ya abuelos, tios o padrinos de bautismo. Detrás de esta inocente pregunta se esconde un error fundamental de apreciación acerca del concepto de “familia”. ¿Es que acaso no son ya familia entre sí los cónyuges?

El pacto conyugal, la alianza matrimonial, el vínculo matrimonial o como se quiera llamar a ese matrimonio que han conformado los cónyuges mediante su consentimiento matrimonial, crea una íntima comunidad de vida y amor con la que -mediante su libertad personal- han decidido fundar una familia. Esa alianza conyugal tiene como objeto la búsqueda del  “bien de los cónyuges que es un valor trascendente que busca la propia y mutua felicidad. Fundar una familia exige de los cónyuges un pacto de amor conyugal de donación y aceptación mutua y recíproca; es hacer un auténtico uso de la libertad y de la responsabilidad personal.

Esa íntima comunidad de vida y amor que han creado los esposos mediante su vínculo matrimonial origina unas relaciones familiares, una comunidad familiar. El vínculo conyugal no es solamente una relación jurídica contractual, sino que se integra dentro de la primera y más original noción de familia: los cónyuges son familia, son los “primeros parientes”, los “primeros familiares”. Aunque es fácil de entender con claridad esta realidad familiar conyugal, sucede que ésta se ha oscurecido porque durante siglos el matrimonio ha sido comprendido con una visión muy positivista y jurídico-formal, encuadrándolo dentro de un frio concepto jurídico de contrato o de institución, quedando así desprovisto de su genuina realidad natural.

Hay que rescatar el auténtico concepto de amor y de alianza del matrimonio, el cual no puede quedar reducido a un simple concepto de contrato o de institución con unos planteamientos demasiado utilitaristas y funcionales. Hay que enseñar en las aulas y en la calle que el matrimonio no es sólo un contrato de “derechos y obligaciones”, sino que es mucho más, es una alianza de mutua y recíproca entrega de dos personas por amor. No se trata simplemente de una diferencia termonológica, sino de una concepción más humana y menos fria de la realidad matrimonial y familiar que crean los cónyuges con su libertad personal al casarse. Existe actualmente una notable pérdida de la conciencia del “carácter familiar de la relación conyugal”.

Implícitamente subyace la idea de que la familia es una realidad biológica que requiere la existencia de los vínculos de sangre. Por esto está hoy tan difundido el considerar en términos funcionales, pero  no familiares, el vínculo conyugal. Se piensa que la familia comenzaría a existir a partir del nacimiento del primer hijo; antes sólo existiría la pareja casada, es decir, unida por el vínculo matrimonial. De ahí la famosa pregunta que se hace a los recién casados: “¿Y todavía no tenéis familia?”.

Las relaciones familiares son más que relaciones sociales o funcionales. El matrimonio no puede ser entendido como una relación social o funcional en la que cada cónyuge “cumple una función determinada”. De ahí que sea urgente y necesario destacar y rescatar la realidad existencial, vital y afectiva de la relación conyugal que la hace relación familiar. La relación conyugal es ya familiar desde el momento en que los esposos se intercambian el consentimiento matrimonial, cuando se dicen libremente y por amor durante la ceremonia nupcial “si quiero”.

El vínculo conyugal tiene como soporte una relación familiar que sólo puede comprenderse en el interior de un sistema de parentesco. Las relaciones familiares padres-hijos-hermanos tienen como fundamento un hecho biológico: la generación. Mientras que la conyugalidad constituye un caso especial porque no se constituye sobre este hecho biológico de la generación, sino en la elección del cónyuge que es consecuencia de la libertad de los esposos. Podría entonces pensarse que la conyugalidad no es una relación familiar porque en ella no interviene el elemento sangre, sino la libertad o consentimiento matrimonial. Por tanto, y de ser así, ser cónyuges consistiría en saber desarrollar unos roles: el propio “rol de esposos”, “rol” que sería definido por el contexto socio-cultural.

Entonces tendría que concluirse que el concepto de familia y de relación familiar quedarían ligados exclusivamente a la dimensión biológica de la persona, cayendo en un prejuicio cultural muy difundido que hace pensar que donde no hay relación biológica, pero sí vínculo de libertad, no habría familia. Consecuentemente, la familia vendría a ser el efecto biológico del vínculo matrimonial, lo cual sería un error.

El vínculo matrimonial permanente refleja que la relación conyugal tiene un carácter personal y biográfico. Porque en el matrimonio los esposos se entregan y se asumen como personas en su dimensión biográfica y existencial, que no está sujeta a la temporalidad “del mientras tanto”.  La conyugalidad es la relación familiar por excelencia y, sin ésta, no hay ninguna otra relación que sea plenamente familiar. Sobre la conyugalidad se fundamentan las otras relaciones familiares por consanguinidad: padres, hijos, abuelos, nietos, hermanos, primos, tíos;  y también las relaciones familiares por afinidad: cuñados, suegros, consuegros, etc. También las relaciones familiares por adopción.

La familia no es un conjunto de personas que ponen en común sus existencias y sus bienes. La familia es una comunidad de personas que solamente puede constituirse sobre la comunión conyugal del hombre y la mujer. La conyugalidad recibe su plenitud con el advenimiento del hijo. Sin embargo, con independencia de la inexistencia involuntaria de los hijos, la comunión de los esposos es ya familiar puesto que “los cónyuges son los primeros parientes”.

Efectivamente hay matrimonios que por razones ajenas a su voluntad no logran tener hijos. Pero es un matrimonio, es una familia. Ya son familia. La familia no se puede reducir al hecho biológico de la procreación. ¿Qué es lo que relamente crea el lazo familiar? ¿Una estructura social, política o económica? No. Es la exigencia de la solidaridad radical y de la comunidad amorosa, dimanante de la condición y dignidad de las personas humanas, de quienes se vinculan definitivamente entre sí, por el “simple y grandioso hecho”  de ser aceptados y amados sin más; esto es lo que crea el lazo radical e incondicional de amor y solidaridad debido en justicia entre familiares.

Por esto los cónyuges, antes que padres, se han dado para siempre como esposos en una alianza de amor permanente y abierta a la vida. La relación entre los cónyuges, lejos de ser una relación funcional de “roles” es una relación plenamente familiar porque tiene ese carácter personal y biográfico que los hace llamarse “consortes”, es decir, comparten la misma suerte y escriben juntos sus propias biografías.

Desde un punto de vista práctico, tan exigente como ser “esposo” o “esposa” es ser “hijo”, “hija”, “padre”, “madre”, “abuelo”, “abuela”. La familia se encuentra como el primer “nosotros”: cada uno es “yo” y “tú”; cada uno es para el otro marido o mujer, padre o madre, hija o hijo, hermano o hermana, abuelo o nieta, tio o sobrino, prima o primo, cuñado o cuñada, etc. Se reconocen como sujetos en relación. Los familiares no pueden considerarse individuos aislados, sin lazos familiares. ¿Un lazo familiar de sangre puede ser destruido por voluntad humana? Evidentemente no. Nadie puede llamar a su padre o a su madre o a su hijo o a su abuelo o a su hermana o nieto mi “ex” porque aunque hubiera relaciones familiares rotas, no pueden ser desconocidos o destruidos los vínculos de sangre. Porque a éstas se les reconoce como relaciones familiares. ¿Y por qué es tan frecuente oir hablar de mi “ex-cónyuge”? Porque las relaciones conyugales se reducen simplemente a relaciones funcionales sujetas al sólo acuerdo de voluntades o a unos intereses particulares que, una vez ya no se cumplen, pueden rescindirse.

Pero los esposos que se casan de verdad, en una alianza de amor permanente, no hay que explicarles mucho que ellos son “los primeros parientes”, porque ya lo saben o lo intuyen.

Por: Patricia Alzate Monroy, Abogada y Doctora en Derecho

El Hogar como refugio y defensa de nuestra vida privada

miércoles, 20 agosto 2008

Todos los seres humanos tenemos necesidad de cobijo, de un lugar que nos proteja del desamparo, de la soledad, de la inestabilidad. Esta necesidad naturalmente humana es la que nos lleva a crear un hogar, a construir o buscar una casa o un piso para fundar un amor y una familia. El hogar es nuestra defensa frente a la intemperie y a la inclemencia del exterior. En el hogar defendemos nuestra privacidad, puesto que ahí, en nuestro hogar, queda a salvo nuestra vida privada. Pero el hogar no es solamente nuestro “refugio” frente al mundo, sino también nuestra “mediación” frente al mundo.

El hogar está hecho a la medida del amor humano, por eso el hogar como el amor, es un proyecto a largo plazo; incluso, podría decirse que crear un hogar es un proyecto interminable. No se trata solamente de tener una casa o un piso, pues muchas personas los tienen pero no llegan a constituir un “hogar, dulce hogar”. Ni siquiera se trata de que cada día sea una casa más agradable, espaciosa, lujosa o confortable. No. Se trata de que sea un lugar cada vez más propio e íntimo. Un  lugar donde se pueda convivir: eso es el hogar.

La vida doméstica del hogar es una rutina diaria, está hecha de repeticiones: horarios de comida, de limpieza, de compras, elaboración de menús, limpieza y planchado de ropa, presupuestos, mantenimiento y arreglo de desperfectos, etc. Cada hogar tiene su propia rutina, su propia organización, su propio orden en el que todos colaboran activamente. Esto también hace al hogar. El hogar no es sólo amor, también es colaboración, orden, disciplina, repetición de hábitos, en fin, la rutina que muchos llamaríamos “hogar, agridulce hogar”.

Crear un hogar es una tarea conjunta de mutua colaboración entre los que lo comparten, es mantener una ilusión común. El amor sostiene el hogar y el hogar sostiene el amor. El hogar es la prolongación de nosotros mismos, es el lugar de nuestra libertad personal, de nuestra seguridad porque allí no hay nada ni nadie contra quien defenderse. Es nuestro espacio de inmunidad por excelencia. Allí somos aceptados y comprendidos, allí no necesitamos fingir. Allí seremos atendidos cuando caigamos enfermos, seremos ayudados cuando fracasemos, seremos perdonados cuando nos equivoquemos, seremos festejados cuando tengamos logros.

Hogar significa hoguera, fuego, lugar de calor: el hogar debe tener llama. Hay un proverbio que dice: “casa sin llama, cuerpo sin alma”; esto quiere decir que el amor como el fuego, si no se propaga, se apaga. El hogar sin amor se apaga. La persona sin amor, se apaga. Los esposos son los que sotienen el amor del hogar, un amor que no es la suma de dos egoísmos, ni la relación entre dos, sino una actitud amorosa de darse mutuamente sin intereses personales, de una manera permanente, sin la temporalidad del “mientras tanto”. Un hogar no se logra mientras esté sujeto a caducidad, porque precisamente el hogar nace cuando la persona se estabiliza y fija su vida y sus metas. Cuando fijamos nuestra permanencia, nuestro afincamiento, nuestro asiento es porque tenemos un hogar en el que “echar raíces”.

Un hogar debe construirse sobre roca firme, debe sostenerse sobre la columna sólida del amor conyugal de  los esposos que han hecho un alianza de amor irrevocable. Lo contrario sería construir la casa sobre arena y no sobre roca firme, en la que cualquier tempestad la destruiría. El amor esponsal, cuando es auténtico, permanece y se consolida en la prueba del tiempo y de las dificultades. Los esposos permanecerán siempre juntos, caminarán juntos sabiendo que sus hijos volarán algún día de su nido para construir el suyo propio. Para eso han educado a sus hijos, para que tengan alas propias, para que sean capaces de pensar por sí mismos, de decidir por sí mismos, los han educado en la libertad. Hace un tiempo leía una bella frase que dice “los padres hacen al hijo, como el océano al continente: retirándose”. Es ley de vida que los hijos algún día se marchen del lado de sus padres y también formen sus propios hogares.

En definitiva, es la armonía y el amor de los esposos la que se transmite y queda a los hijos. Esa armonía y ese amor de la pareja no depende de que cada uno esté lleno de virtudes, sino de que se complementen mutuamente. Es avanzar juntos, caminar juntos con unas diferencias equilibradas en las que se requiere el conocimiento propio y del otro y, especialmente, en conocer y canalizar las propias emociones.

El hogar es la primigénea escuela de educación en las virtudes tanto para los padres como para los hijos. Allí se aprende a renunciar al egoísmo, a conocer nuestros propios sentimientos, a hacernos cargo de las propias responsabilidades, a cultivar las relaciones familiares que son las más íntimas relaciones interpersonales, a resolver pacíficamente los conflictos, a forjar nuestro carácter y nuestra conducta. El hogar, la familia es el “hábitat natural del hombre” donde se nace y se crece como persona, donde se aprende a ser persona.

Resulta paradójico que en estos tiempos cuando tanto se habla de cuidar la naturaleza, el medio ambiente, de prevenir el cambio climático, de proteger a las especies en vía de extinción, de preservar el hábitat natural de las especies y donde surgen tantos movimientos ecologistas que hacen incansables campañas a favor de nuestro planeta, se hable tan poco de proteger el “hábital natural de la persona humana” que es la familia y el hogar. No abundan mucho las campañas que nos enseñen a proteger el hábitat natural del hombre que es su hogar. Al contrario, pareciera que es lo que menos conciencia se tiene de cuidar. Y debería ser al contrario, puesto que de un hogar feliz surgen ciudadanos felices y optimistas para la sociedad.

Por: Patricia Alzate Monroy, Abogada y Doctora en Derecho

¿Una mentalidad optimista del matrimonio frente a una mentalidad pesimista del divorcio?

miércoles, 30 julio 2008

Pareciera que el matrimonio está en crisis. Por todas partes nos acechan las noticias de la “oleada” de divorcios que se están dando no sólo en parejas recién casadas, sino también en parejas que llevan muchos años de matrimonio. Resulta esto paradójico, pues quienes desean casarse ya sea por la Iglesia o por lo civil, deben esperar un promedio de un año y medio o dos años para hacerlo, debido a la interminable “lista de espera” que hay en las iglesias y en los juzgados por la cantidad de parejas que quieren casarse.

Todos sabemos que llegada ciertas fechas del año, especialmente el verano, tenemos tantas ceremonias nupciales a las que hemos sido invitados que nos resulta muy difícil organizar nuestras agendas. Ciertamente el matrimonio no está en crisis. Basta con preguntar en las iglesias, los juzgados, restaurantes, centros sociales, almacenes de trajes de boda, estudios fotográficos, floristerías, peluquerías, negocios de listas de boda, agencias de viajes de luna de miel, joyerías… y un largo etcétera, si no están desbordados por el trabajo que les suponen tantas bodas.

¿Qué sucede entonces? ¿Está en crisis el matrimonio? No. ¿Y entonces por qué tantos divorcios? En los Despachos de Abogados conocemos que después de las vacaciones del verano y de las vacaciones de diciembre, aumentan de modo considerable las consultas y los trámites de divorcio. ¿Por qué en estas épocas? Hay muchas teorías: unas teorías dicen que la convivencia intensa de las parejas en el periodo de vacaciones (las cuales conviven menos durante el resto del año debido a que ambos trabajan) les hacen “descubrir” ciertos defectos y aspectos que desconocían del otro; que no se soportan; que se acentúan más los defectos que ya se conocen; que se aburren juntos pues no tienen “puntos en común”; que los carácteres son incompatibles; que no hay diálogo ni comunicación, etc.

Otras teorías sostienen que debido a que la mujer ha adquirido independencia económica ya no “necesita” del marido. Otras, que los divorcios aumentan por la “permisividad” de las leyes, especialmente las del “divorcio express” y que es por culpa de estas leyes que facilitan los divorcios por las que éstos aumentan de manera alarmante. ¿Es cierto esto? No del todo, porque siempre ha habido leyes del divorcio y no es por esta causa que aumentan los divorcios.

Hay muchas más causas del divorcio, algunas realmente graves, tristes y deleznables como la violencia de género, los vicios e inmoralidad de algún miembro de la pareja, etc. 

Pero la verdad es que el matrimonio no está en crisis porque sigue habiendo muchos matrimonios. También es verdad que los divorcios sí han aumentado. Igualmente, es cierto que muchas parejas deciden no casarse y sí vivir juntos “sin papeles que lo acrediten” porque para qué casarse para luego “descasarse” con todos los trámites y costos que ello supone. Pero en el fondo está claro que quienes deciden casarse o vivir en “unión libre” desean ardientemente en sus corazones que su convivencia sea feliz, sea “para siempre” y que tengan hijos, tal y como se describe en las “novelas de amor”. Incluso, esos mismos deseos los tienen quienes se casan, se divorcian, se vuelven a casar y luego a divorciar.

Tengo un amigo, a quien quiero mucho, que me ha invitado a su tercera boda y me ha dicho: “créeme, esta vez sí es para siempre”.  Y le creo, porque es lo que queremos todos al casarnos, porque son los deseos del amor verdadero y auténtico que todos albergamos en nuestros corazones ya que, en definitiva, todas las personas hemos nacido para amar y ser amados, para darnos y entregarnos.

¿Y qué sucede entonces? ¿Seguiremos diciendo que es por culpa del matrimonio o del divorcio que estos deseos parecen irrealizables o inalcanzables?

Me parece que lo que sucede es que estamos inmersos en una cultura un tanto “pesimista” acerca del amor y la felicidad. Pareciera que fuera imposible enamorarse y entregarse para siempre por amor, pareciera que fuera imposible ser felices. Todos hemos experimentado cómo cambia la óptica de las cosas, el punto de vista que tenemos respecto del otro o de los otros cuando estamos enamorados. Todo lo vemos en positivo. Nos volvemos “optimistas”. Los enamorados que se casan o se van a vivir juntos son optimistas, creen que es posible y por eso lo hacen.  Y cuando se divorcian o rompen con su pareja se vuelven “pesimistas” porque ya lo consideran imposible y por eso lo hacen.

Nos alertan con cifras alarmantes de divorcios en España. Según las estadísticas de los últimos dos años, estamos llegando alrededor de 90.000 divorcios por año. ¿Y por qué no nos hablan de las parejas que no se divorcian y permanecen casadas o de las parejas que en unión libre siguen conviviendo juntas durante muchos años? ¿Por qué no se hacen estadísticas de estos hechos reales y verificables de que el matrimonio también es posible? Seguramente estas cifras superarían en mucho a las de los divorcios.

Todos conocemos a lo largo de la historia y en nuestras propias familias un sin número de historias reales de amor verdadero que han sobrevivido a tantas dificultades y que han compartido tantos momentos felices y tristes. Tantos matrimonios felices que celebran sus bodas de plata, de oro, de diamante, rodeados de sus hijos, nietos y biznietos. Ahí están esas biografías de amor y de comprensión de tantas personas de “carne y hueso” que realmente las han vivido, las viven y las vivirán. Y, sin embargo, esas historias reales no se cuentan ni se les hace mucho eco en los medios de comunicación. Porque precisamente parecen imposibles, pero son posibles.

Y si alguien cuenta estas historias de amor probado en el tiempo y en las dificultades, lo hace con cierto tono de nostalgia como si fueran cosas de “otra época”. O en tono enfadado, porque consideran que es “cosa de otros tiempos” en que las mujeres no tenían otro camino que ser sumisas y aguantadoras, pues dependían económicamente de sus maridos y estaban sometidas por el hombre. Puede que en algunos casos sea cierto. Pero en muchos otros casos no lo es. Antes, ahora y después habrá muchos más matrimonios felices y duraderos que matrimonios fracasados. Y no es una quimera, es algo que se puede constatar. Es normal que todos los matrimonios sufran “crisis matrimoniales” las cuales, una vez superadas, consolidan más a los esposos en su relación y en su amor. Las crisis matrimoniales no tienen por qué estar abocadas al “fracaso matrimonial”. 

Así es que no nos creamos tan ligeramente que el matrimonio está en peligro de extinción. Pero no deja de ser preocupante y alarmante tan alto índice de divorcios que tenemos en este momento. En el fondo de tanto divorcio puede latir una cierta mentalidad pesimista de nuestra época y nuestra cultura que considera imposible, e incluso indigno, que dos personas puedan entregarse de manera permanente, mutua y recíproca por amor. La situación histórica que hoy vive la familia se presenta como un “conjunto de luces y sombras” mostrando aspectos positivos y negativos. Hoy en día existe una conciencia más viva de la libertad personal y de la calidad de las relaciones interpersonales en el matrimonio. Pero, de otra parte, nuestra época refleja cierta mentalidad divorcista que indica un escepticismo a la relación conyugal permanente y que lleva a las personas no entregarse con confianza a la fundación de una familia.

Se trata de un cierto “pesimismo antropológico” que considera imposible la entrega sincera de las personas en el matrimonio. Puede ser el resultado de una visión bastante individualista y egocéntrica de la vida, en la que el matrimonio queda reducido a ciertos intereses personales y propios y, una vez ya no se alcancen, puede rescindirse. Se trata también de una cierta falta de educación en el amor. Se nos educa para todo, menos para amar. Se nos habla mucho de libertad personal, pero poco de responsabilidad personal. Estamos inmersos en un mundo hedonista donde el esfuerzo es un “antivalor” y la comodidad y lo fácil son valores absolutos. El comprometerse en algo, el cumplir con la palabra dada, el hacer un proyecto de vida son comportamientos que no se asumen porque se cree que limitan a la persona.

Practicar virtudes requiere esfuerzo y dedicación y, especialmente, educación en las virtudes. Sólo así se consigue la madurez personal, la cual no tiene edad para alcanzarse. Quien es maduro, esforzado y virtuoso necesariamente es feliz, es optimista. Necesitamos educarnos en el optimismo para hacer frente a tanto pesimismo que nos rodea. Necesitamos ser optimistas para fundar familias optimistas y crear una sociedad más optimista. 

Ninguna persona moderna puede negar que el verdadero amor se prueba a lo largo de toda una vida. La lógica del amor es que no tiene lógica, pero el amor existe y es lo más eficaz para conseguir metas. A quienes consideran difícil, e incluso imposible, vincularse a una persona para toda la vida, a quienes son arrastrados por una cultura divorcista que se mofa del matrimonio fiel y permanente, es necesario anunciarles que sí es posible.

Por : Patricia Alzate Monroy, Abogada y Doctora en Derecho 

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