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Del Matrimonio en Secreto

jueves, 7 marzo 2013

Con la expresión matrimonio secreto o de conciencia se comprenden dos formas de matrimonio: el matrimonio secreto o de conciencia de la Iglesia Católica, regulado por las normas del derecho canónico, y el matrimonio secreto civil, regulado por el código de derecho civil y la legislación del Registro Civil. El matrimonio secreto está actualmente vigente, y se sigue presentando, aunque en escasas ocasiones.

I. En la legislación canónica se entiende por matrimonio secreto el que se celebra por causa urgente y grave, con permiso del Ordinario del lugar, llevando en secreto las investigaciones que han de hacerse antes de todo matrimonio, quedando obligados a guardar el secreto de su celebración el Ordinario del lugar, el asistente, los testigos y los cónyuges (cánones 1130 y 1131).

Deben estar presentes el testigo cualificado (es decir, el sacerdote celebrante) y los dos testigos comunes. Su publicidad registral es restringida al igual que su publicidad social por lo que hay secreto obligatorio para todos los asistentes.

El presupuesto para que pueda concederse la correspondiente autorización para celebrar este matrimonio es la existencia de una causa grave y urgente, la cual la valora el Ordinario del lugar (Obispo), quien autoriza el matrimonio secreto.

Su modalidad consiste en:

1. Realización en secreto de las investigaciones previas que deben preceder a la celebración de todo matrimonio (canon 1131,1).

2. Celebración en secreto del mismo matrimonio, con la presencia del mínimo de personas exigidas para la firma (canon 1131,2), quienes están obligadas a guardar secreto.

3. Inscripción en un libro especial, que se conserva en el archivo secreto de la curia diocesana (c. 1133).

La obligación de guardar secreto cesa, por parte del Ordinario del lugar, cuando de su observancia se origine un grave escándalo o una grave injuria al matrimonio mismo, y así debe advertirlo, como puntualiza el canon 1132, a las partes antes de la celebración del matrimonio.

De la celebración del Matrimonio en Secreto en el Código de Derecho Canónico (cánones 1130 a 1133):

1130: Por causa grave y urgente, el Ordinario del lugar puede permitir que el matrimonio se celebre en secreto.

1131: El permiso para celebrar el matrimonio en secreto lleva consigo:

1. Que se lleven a cabo en secreto las investigaciones que han de hacerse antes del matrimonio;

2. Que el Ordinario del lugar, el asistente, los testigos y los cónyuges guarden secreto del matrimonio celebrado.

1132: Cesa para el Ordinario del lugar la obligación de guardar secreto, de la que se trata en el c. 1131, 2, si por la observancia del secreto hay peligro inminente de escándalo grave o de grave injuria a la santidad del matrimonio, y así debe advertirlo a las partes antes de la celebración del matrimonio.

1133: El matrimonio celebrado en secreto se anotará sólo en un registro especial, que se ha de guardar en el archivo secreto de la curia.

II. El matrimonio secreto civil no fue contemplado en el Código civil en su redacción originaria de 1888, ni en la legislación del Registro Civil entonces vigente. Matrimonios secretos civiles son aquellos matrimonios que se celebran en secreto por solicitud de ambos cónyuges.

El matrimonio secreto civil se celebra precedido de expediente reservado y sin publicación de edictos. Ha de ser autorizado por el Ministro de Justicia en caso de que concurra causa grave y suficientemente probada.

Artículo 54 Código Civil español: Cuando concurra causa grave suficientemente probada, el Ministro de Justicia podrá autorizar el matrimonio secreto. En este caso, el expediente se tramitará reservadamente, sin la publicación de edictos o proclamas.

La inscripción de los matrimonios secretos es secreta y el secreto se extiende a los contrayentes, mientras que ambos no consientan la divulgación del mismo.

En el libro especial de matrimonios secretos del Registro Civil Central se inscribirán:

– Los matrimonios de conciencia celebrados ante la Iglesia, si lo solicitan ambos contrayentes.

– Los matrimonios civiles celebrados en secreto por dispensa.

– Solo se podrá solicitar la publicación del matrimonio secreto por los propios cónyuges.

III. Para el reconocimiento del matrimonio secreto basta su inscripción en el Libro Especial del Registro Civil Central, pero no perjudicará los derechos adquiridos de buena fe por terceras personas sino desde el momento en que se publique en el Registro Civil ordinario.

Podrán solicitar la publicación del matrimonio secreto mediante inscripción en el Registro Civil correspondiente los cónyuges de común acuerdo, o el cónyuge sobreviviente en caso de fallecimiento del otro.

La Ley de 8 de junio de 1957, sobre el Registro Civil, se refiere al matrimonio en secreto en los siguientes términos:

Artículo 78: En el Libro Especial de Matrimonios secretos del Registro Central se inscribirán:

1. Los matrimonios de conciencia celebrados ante la Iglesia, si lo solicitan ambos contrayentes.

2. Los matrimonios civiles celebrados en secreto por dispensa.

Artículo 79: Sólo podrán solicitar la publicación del matrimonio secreto, la cual se hará mediante el traslado de la inscripción al Registro Civil correspondiente:

1. Ambos contrayentes de común acuerdo.

2. El cónyuge sobreviviente.

3. Tratándose de matrimonio canónico, el Ordinario en los casos en que cesa para él la obligación canónica del secreto.

4. Tratándose de matrimonio civil, cuando lo ordenare el Director General, con citación de los cónyuges, si uno o ambos se amparan en el secreto para infringir gravemente los deberes fundamentales del matrimonio o los que tienen respecto a la prole.

 IV. Pasando a otro aspecto, es de anotar que algunos párrocos se han visto en la necesidad de explicar que el espíritu de la legislación canónica es evitar el fraude a la ley civil, puesto que hay personas viudas que para no perder la pensión de viudedad que alguno de ellos estuviera percibiendo, les solicitan la posibilidad de la celebración de su matrimonio en secreto.

Estos mismos párrocos les recuerdan a estos viudos que el hecho de contraer nuevo matrimonio, según la normativa estatal aplicable, hace perder la pensión de viudedad del que la estuviera percibiendo, salvo que concurrieran los siguientes supuestos:

– Ser mayor de 61 años (o menor y tener reconocida también una pensión de incapacidad permanente absoluta o de gran invalidez) o acreditar una discapacidad en grado superior al 65%.

– Que la pensión de viudedad debe constituir la principal o única fuente de ingresos del pensionista. Se entiende que constituye la principal fuente de ingresos cuando el importe de la misma represente, como mínimo, el 75% del total de ingresos de aquél, en cómputo anual.

– Tener el nuevo matrimonio unos ingresos anuales, de cualquier naturaleza e incluida la pensión de viudedad, que no superen dos veces el importe, en cómputo anual, del SMI (salario mínimo interprofesional) vigente en cada momento.

A la vista de todo esto, los Obispos y los Párrocos insisten en el respeto tanto a la Ley canónica como a la civil. No se puede autorizar la celebración del matrimonio en secreto para que el interesado no pierda la pensión de viudedad, puesto que estos fines no responden a su regulación y se estaría incurriendo en violación de los Acuerdos vigentes entre la Santa Sede y el Estado Español y en fraude de ley al mismo tiempo. Quien contraiga matrimonio debe ser consciente de las consecuencias del mismo y, si entiende que se dan los requisitos para no perder la pensión de viudedad, tal y como han sido expresados, pueden hacer valer sus argumentos y derechos ante la Administración del Estado.

V. Por último, recordar que el matrimonio en secreto es diferente al matrimonio en peligro de muerte y al matrimonio por poderes.

 Por: Patricia Alzate Monroy, Abogada y Doctora en Derecho

No es la primera vez que renuncia el Papa

lunes, 11 febrero 2013

1. Esta misma mañana, hace apenas unas horas, ha sorprendido al mundo entero la noticia de la renuncia del Papa Benedicto XVI a su Pontificado. La “Declaratio”, firmada por el Sumo Pontífice en El Vaticano el 10 de febrero de 2013 y hecha formalmente pública ante el Consistorio en el día de hoy, ha sido ésta:

“Queridísimos hermanos,

Os he convocado a este Consistorio, no sólo para las tres causas de canonización, sino también para comunicaros una decisión de gran importancia para la vida de la Iglesia. Después de haber examinado ante Dios reiteradamente mi conciencia, he llegado a la certeza de que, por la edad avanzada, ya no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino. Soy muy consciente de que este ministerio, por su naturaleza espiritual, debe ser llevado a cabo no únicamente con obras y palabras, sino también y en no menor grado sufriendo y rezando. Sin embargo, en el mundo de hoy, sujeto a rápidas transformaciones y sacudido por cuestiones de gran relieve para la vida de la fe, para gobernar la barca de san Pedro y anunciar el Evangelio, es necesario también el vigor tanto del cuerpo como del espíritu, vigor que, en los últimos meses, ha disminuido en mí de tal forma que he de reconocer mi incapacidad para ejercer bien el ministerio que me fue encomendado. Por esto, siendo muy consciente de la seriedad de este acto, con plena libertad, declaro que renuncio al ministerio de Obispo de Roma, Sucesor de San Pedro, que me fue confiado por medio de los Cardenales el 19 de abril de 2005, de forma que, desde el 28 de febrero de 2013, a las 20.00 horas, la sede de Roma, la sede de San Pedro, quedará vacante y deberá ser convocado, por medio de quien tiene competencias, el cónclave para la elección del nuevo Sumo Pontífice.

Queridísimos hermanos, os doy las gracias de corazón por todo el amor y el trabajo con que habéis llevado junto a mí el peso de mi ministerio, y pido perdón por todos mis defectos. Ahora, confiamos la Iglesia al cuidado de su Sumo Pastor, Nuestro Señor Jesucristo, y suplicamos a María, su Santa Madre, que asista con su materna bondad a los Padres Cardenales al elegir el nuevo Sumo Pontífice. Por lo que a mí respecta, también en el futuro, quisiera servir de todo corazón a la Santa Iglesia de Dios con una vida dedicada a la plegaria”.

 2. En la Historia de más de 20 siglos de la Iglesia Católica, han sido pocos los casos en los que ha renunciado el Papa. Concretamente han sido, con ésta, cuatro las renuncias Papales.  Una de los más conocidas fue la renuncia de Benedicto IX, elegido en 1032.

En 1294, Pietro del Morrone, un eremita benedictino de 80 años de edad, que vivía exclusivamente dedicado a la oración y a la penitencia, fue elegido Papa por un consistorio de 12 cardenales el 5 de julio de 1294, tomando el nombre de Celestino V. Renunció el 13 de diciembre de 1294, retirándose a vivir nuevamente su vida de oración y sacrificio. Fue canonizado el 5 de mayo de 1313 y se le conoce como el “Papa Angélico” por su fama de santidad y vida de intensa oración.

El último Papa que renunció fue Gregorio XII, el veneciano Angelo Correr, quien se retiró en 1415, dos años antes de morir.

3. El Código de Derecho Canónico de 1983, en el Canon 332, párrafo 2, prevé esta situación: “Si el Romano Pontífice renunciase a su oficio, se requiere para la validez que la renuncia sea libre y se manifieste formalmente, pero no que sea aceptada por nadie”.

Por tanto, el Papa Benedicto XVI puede renunciar libremente, hacerlo de manera formal como lo hizo ante el Consistorio, renuncia que no debe aceptada por nadie, ya que es el Sumo Pontífice y Cabeza de la Iglesia.

Benedicto XVI, ya había afirmado en una entrevista publicada en el libro “Luz del mundo”, que el Papa puede dimitir cuando considera que no se encuentra capaz física y mentalmente para desarrollar el encargo confiado, respondiendo a una pregunta del entrevistador Peter Seewald.

Aunque a todos nos ha impactado la noticia de la renuncia del Papa Benedicto XVI, y considerando su gran talla intelectual, humana y espiritual, sabemos que su libre decisión ha sido profundamente meditada y reflexionada con su sólida fe y su gran sentido del deber, del compromiso y de la responsabilidad.

4. La Constitución Apostólica Universi Dominici Gregis, del 22 de febrero de 1996, de Juan Pablo II, sobre la vacante de la Sede Apostólica y la elección del Romano Pontífice, recoge la experiencia de muchos siglos en lo que a la elección del Papa respecta. La Sede de Roma, la Sede de San Pedro, quedará vacante a partir del próximo 28 de febrero de 2013, a las 20:00 horas, y deberá ser convocado, por medio de quien tiene competencias, el Cónclave para la elección del nuevo Sumo Pontífice.

El gobierno quedará confiado, a partir de ese momento, al Colegio de los Cardenales sin ninguna potestad sobre cuestiones reservadas exclusivamente al Papa. Los Cardenales que no hayan cumplido 80 años se reúnen en cónclave para elegir al Sucesor; se convoca 15 ó 20 días después de la vacante. Se celebra en la Capilla Sixtina, con la necesaria reserva y discreción. Los Cardenales se alojarán en una residencia situada en el Vaticano llamada Domus Sanctae Marthae, inaugurada en 1996, para conseguir el aislamiento y el consiguiente recogimiento que un acto tan vital para la Iglesia entera exige de los Cardenales electores.

La elección se hace por escrutinio, con una votación individual y secreta de los Cardenales electores, contando con dos tercios de los votos. En el momento en que es elegido se le pregunta si acepta ser el Papa y con qué nombre quiere ser llamado y, desde ese momento, adquiere la plena y suprema potestad en la Iglesia Universal; se anuncia su nombramiento en el balcón de la Basílica Vaticana “…habemus Papam” y el Romano Pontífice imparte la bendición “Urbi et Orbi”.

5. En el día de hoy, varios medios de comunicación como Aragón Radio, Aragón T.V., Antena 3 y TVE han contactado con el Despacho Alzate Monroy & Asociados, para solicitar información sobre esta noticia de la renuncia del Papa y ésta es la información que se ha comunicado.

Por: Patricia Alzate Monroy, Abogada y Doctora en Derecho

¿Cuál es la forma de celebrar el matrimonio católico?

viernes, 1 junio 2012

La boda es un acto tan importante a nivel personal y social, que su ceremonia está a la altura de lo que se celebra con esa solemnidad tan llena de significado. En las tradiciones culturales de todos los tiempos, al igual que en las diferentes religiones, la ceremonia nupcial siempre ha estado rodeada de ritos y de bellos gestos que reflejan festivamente que el matrimonio merece celebrase.

Es así, el matrimonio merece celebrarse porque la entrega mutua y recíproca de un hombre y una mujer que, por amor y libremente, deciden fundar una familia, tiene gran trascendencia personal y social, ya que los novios -con su boda- están manifestando formalmente que quieren ser cónyuges y que se les reconozca socialmente su identidad de esposos.

El matrimonio es considerado en la Iglesia como un sacramento para los fieles católicos, sacramento en el que los ministros no son el sacerdote y el diácono, sino que son los propios novios los ministros de su boda. Son los novios “los que se casan” y no es el sacerdote “el que los casa”. El sacerdote es un testigo cualificado y es quien recibe, en nombre de la Iglesia, el consentimiento matrimonial de los contrayentes.

Es por esto que ese consentimiento matrimonial debe tener una voluntad verdaderamente matrimonial, en el mismo momento en que los novios manifiestan el “sí, quiero”, en pleno estado de libertad y con los requisitos de validez, lo cual se intenta asegurar previamente con una correcta elaboración del expediente matrimonial.

Es verdad que la voluntad verdaderamente matrimonial de los esposos, el querer casarse de verdad, puede manifestarse de diferentes maneras, ya sea en una boda civil, en la boda de otra religión, o en la boda católica. Porque la naturaleza propia y verdadera de todo matrimonio es igual para todas las personas.

Lo que sucede es que en la Iglesia católica, el matrimonio de los bautizados debe celebrarse según la forma canónica, para que éste sea válido. Porque la Iglesia -como autoridad- tiene competencia en esta materia sobre los fieles católicos, no sólo en el aspecto espiritual sino también en el jurídico. Se exige la forma canónica del matrimonio a los fieles católicos para que conste públicamente que han manifestado su consentimiento matrimonial según “lo hace” la Iglesia y con el contenido propio de la doctrina católica sobre el matrimonio y sus elementos esenciales de la unidad, la indisolubilidad y la apertura a la vida.

La Iglesia regula la forma canónica, no sólo en el aspecto jurídico, sino también en el aspecto litúrgico.

I. El aspecto jurídico está contemplado en el Código de Derecho Canónico, en los cánones 1108 a 1123.

CAPÍTULO V: DE LA FORMA DE CELEBRAR EL MATRIMONIO

1108 § 1: Solamente son válidos aquellos matrimonios que se contraen ante el Ordinario del lugar o el párroco, o un sacerdote o diácono delegado por uno de ellos para que asistan, y ante dos testigos, de acuerdo con las reglas establecidas en los cánones que siguen, y quedando a salvo las excepciones de que se trata en los cánones 144, 1112 § 1, 1116 y 1127 § 1 y 2.
§ 2.  Se entiende que asiste al matrimonio sólo aquel que, estando presente, pide la manifestación del consentimiento de los contrayentes y la recibe en nombre de la Iglesia.

1109: El Ordinario del lugar y el párroco, a no ser que por sentencia o por decreto estuvieran excomulgados, o en entredicho, o suspendidos del oficio, o declarados tales, en virtud del oficio asisten válidamente en su territorio a los matrimonios no sólo de los súbditos, sino también de los que no son súbditos, con tal de que uno de ellos sea de rito latino.

1110: El Ordinario y el párroco personales, en razón de su oficio sólo asisten válidamente al matrimonio de aquellos de los que uno al menos es súbdito suyo, dentro de los límites de su jurisdicción.

1111 § 1: El Ordinario del lugar y el párroco, mientras desempeñan válidamente su oficio, pueden delegar a sacerdotes y a diáconos la facultad, incluso general, de asistir a los matrimonios dentro de los límites de su territorio.
§ 2. Para que sea válida la delegación de la facultad de asistir a los matrimonios debe otorgarse expresamente a personas determinadas; si se trata de una delegación especial, ha de darse para un matrimonio determinado, y si se trata de una delegación general, debe concederse por escrito.

1112 § 1: Donde no haya sacerdotes ni diáconos, el Obispo diocesano, previo voto favorable de la Conferencia Episcopal y obtenida licencia de la Santa Sede, puede delegar a laicos para que asistan a los matrimonios.
§ 2.  Se debe elegir un laico idóneo, capaz de instruir a los contrayentes y apto para celebrar debidamente la liturgia matrimonial.

1113: Antes de conceder una delegación especial, se ha de cumplir todo lo establecido por el derecho para comprobar el estado de libertad.

1114: Quien asiste al matrimonio actúa ilícitamente si no le consta el estado de libertad de los contrayentes a tenor del derecho y si, cada vez que asiste en virtud de una delegación general, no pide licencia al párroco, cuando es posible.

1115: Se han de celebrar los matrimonios en la parroquia donde uno de los contrayentes tiene su domicilio o cuasidomicilio o ha residido durante un mes, o, si se trata de vagos, en la parroquia donde se encuentran en ese momento; con licencia del Ordinario propio o del párroco propio se pueden celebrar en otro lugar.

1116 § 1: Si no hay alguien que sea competente conforme al derecho para asistir al matrimonio, o no se puede acudir a él sin grave dificultad, quienes pretenden contraer verdadero matrimonio pueden hacerlo válida y lícitamente estando presentes sólo los testigos:
1. En peligro de muerte;
2. Fuera de peligro de muerte, con tal de que se prevea prudentemente que esa situación va a prolongarse durante un mes.
§ 2. En ambos casos, si hay otro sacerdote o diácono que pueda estar presente, ha de ser llamado y debe presenciar el matrimonio juntamente con los testigos, sin perjuicio de la validez del matrimonio sólo ante testigos.

1117: La forma arriba establecida se ha de observar si al menos uno de los contrayentes fue bautizado en la Iglesia católica o recibido en ella y no se ha apartado de ella por acto formal, sin perjuicio de lo establecido en el c. 1127 § 2.

1118 § 1: El matrimonio entre católicos o entre una parte católica y otra parte bautizada no católica se debe celebrar en una iglesia parroquial; con licencia del Ordinario del lugar o del párroco puede celebrarse en otra iglesia u oratorio.
§ 2.  El Ordinario del lugar puede permitir la celebración del matrimonio en otro lugar conveniente.
§ 3. El matrimonio entre una parte católica y otra no bautizada podrá celebrarse en una iglesia o en otro lugar conveniente.

1119: Fuera del caso de necesidad, en la celebración del matrimonio se deben observar los ritos prescritos en los libros litúrgicos aprobados por la Iglesia o introducidos por costumbres legítimas.

1120: Con el reconocimiento de la Santa Sede, la Conferencia Episcopal puede elaborar un rito propio del matrimonio, congruente con los usos de los lugares y de los pueblos adaptados al espíritu cristiano; quedando, sin embargo, en pie la ley según la cual quien asiste al matrimonio estando personalmente presente, debe pedir y recibir la manifestación del consentimiento de los contrayentes.

1121 § 1: Después de celebrarse el matrimonio, el párroco del lugar donde se celebró o quien hace sus veces, aunque ninguno de ellos hubiera asistido al matrimonio, debe anotar cuanto antes en el registro matrimonial los nombres de los cónyuges, del asistente y de los testigos, y el lugar y día de la celebración, según el modo prescrito por la Conferencia Episcopal o por el Obispo diocesano.
§ 2. Cuando se contrae el matrimonio según lo previsto en el c. 1116, el sacerdote o el diácono, si estuvo presente en la celebración, o en caso contrario los testigos, están obligados solidariamente con los contrayentes a comunicar cuanto antes al párroco o al Ordinario del lugar que se ha celebrado el matrimonio.
§ 3. Por lo que se refiere al matrimonio contraído con dispensa de la forma canónica, el Ordinario del lugar que concedió la dispensa debe cuidar de que se anote la dispensa y la celebración en el registro de matrimonios, tanto de la curia como de la parroquia propia de la parte católica, cuyo párroco realizó las investigaciones acerca del estado de libertad; el cónyuge católico está obligado a notificar cuanto antes al mismo Ordinario y al párroco que se ha celebrado el matrimonio, haciendo constar también el lugar donde se ha contraído, y la forma pública que se ha observado.

1122 § 1: El matrimonio ha de anotarse también en los registros de bautismos en los que está inscrito el bautismo de los cónyuges.
§ 2.  Si un cónyuge no ha contraído matrimonio en la parroquia en la que fue bautizado, el párroco del lugar en el que se celebró debe enviar cuanto antes notificación del matrimonio contraído al párroco del lugar donde se administró el bautismo.

1123: Cuando se convalida un matrimonio para el fuero externo, o es declarado nulo, o se disuelve legítimamente por una causa distinta de la muerte, debe comunicarse esta circunstancia al párroco del lugar donde se celebró el matrimonio, para que se haga como está mandado la anotación en los registros de matrimonio y de bautismo.

II. La liturgia matrimonial se celebra casi siempre dentro de la Santa Misa. El rito católico tiene tal belleza y solemnidad, que nadie puede desconocerlo o quedarse indiferente ante su significado tan profundo y trascendente que se refleja en toda la ceremonia nupcial. Todos los detalles hablan de la importancia que tiene para la Iglesia el matrimonio, de la forma tan seria y a la vez tan festiva como lo celebra.

Desde la misma belleza arquitectónica y artística de las Iglesias o Capillas donde se celebran las bodas, las velas, las flores, las luces, la música, el vestido de la novia, los trajes del novio y de los invitados, las alianzas de los novios, las arras, las palabras que pronuncian los novios y el sacerdote, las lecturas evangélicas que resaltan el significado del amor esponsal, etc.

La liturgia del matrimonio católico se “incultura” de manera espontánea y natural en los diferentes países del mundo, adaptándose a las tradiciones y raíces propias de cada nación, sin perder su esencia. Y esto es una realidad, ya que la Iglesia católica es universal y está realmente presente en los cinco Continentes. Por ejemplo, quienes hemos tenido la oportunidad de asistir a una boda católica en África o en la India, vemos que sin dejar de ser católica la ceremonia, presenta unos trajes típicos, unos cantos y unos bailes que son el reflejo de la riqueza cultural de los países y sus gentes, los cuales la Iglesia asume y respeta.

Ya lo dice el canon 1120 del Código de Derecho Canónico que,  “con el reconocimiento de la Santa Sede, la Conferencia Episcopal puede elaborar un rito propio del matrimonio, congruente con los usos de los lugares y de los pueblos adaptados al espíritu cristiano…”

Podemos darnos cuenta de que la liturgia o el rito propio del matrimonio católico tiene bastante capacidad de adaptación, presentando tres elementos básicos, como son el consentimiento, la bendición e intercambio de los anillos, y la bendición nupcial.

III. Por último, es importante recordar que el Motu Propio “Omnium in mentem”, hecho público por el Vaticano el día 15 de diciembre de 2009, ha hecho algunas modificaciones del Código de Derecho Canónico, en el que se suprime en tres artículos sobre el matrimonio, la excepción para los fieles que hayan apostatado de las leyes canónicas sobre: a) forma canónica del matrimonio, b) dispensa del impedimento de disparidad de culto y c) licencia requerida para los matrimonios mixtos.

Se trata de una excepción de derecho eclesiástico a otra norma más general, según la cual todos los bautizados en la Iglesia Católica o acogidos en ella, deben observar las leyes eclesiásticas (canon 11). El Código de Derecho Canónico establecía que los fieles que se hubieran separado de la Iglesia con “acto formal” (apostasía) “no quedaban sujetos a las leyes eclesiásticas relativas a la forma canónica del matrimonio (canon 1117), a la dispensa del impedimento de disparidad de culto (canon 1086) ni a la licencia requerida para los matrimonios mixtos (canon 1124)”.

La nueva redacción de los cánones:

Hasta ahora el canon 1086 decía: “es inválido el matrimonio entre dos personas, una de las cuales fue bautizada en la Iglesia Católica o recibida en su seno y no se ha apartado de ella por acto formal, y otra no bautizada”. A partir de ahora queda así: “es inválido el matrimonio entre dos personas, una de las cuales está bautizada en la Iglesia Católica o acogida en su seno, y la otra no bautizada”. El inciso que elimina el Motu Proprio es: ” y no se ha apartado de ella (de la Iglesia) por acto formal”, lo que se conoce como apostatar y es el mismo que se ha retirado del canon .

El canon 1124 decía: “está prohibido, sin licencia expresa de la autoridad competente, el matrimonio entre dos personas bautizadas, una de las cuales haya sido bautizada en la Iglesia Católica o recibida en ella después del bautismo y no se haya apartado de ella mediante un acto formal, y otra adscrita a una Iglesia o comunidad eclesial que no se halle en comunión plena con la Iglesia Católica”. Ahora pasa a establecer que “el matrimonio entre dos personas bautizadas, de las cuales una esté bautizada en la Iglesia Católica o en ella acogida tras el bautismo y a la otra inscrita en una Iglesia o comunidad eclesial que no está en plena comunión con la Iglesia Católica, no puede celebrarse sin autorización expresa de la autoridad competente”.

Con estas modificaciones, a partir de la entrada en vigor del nuevo motu proprio, “el canon 11 recupera vigor pleno por lo que concierne al contenido de los cánones ahora modificados, también en los casos en que haya habido un abandono formal. Por todo ello , para regularizar eventuales uniones en las que no se hayan observado estas reglas habrá que recurrir, siempre que sea posible, a los medios ordinarios ofrecidos para estos casos por el derecho canónico: uno es el de la dispensa del impedimento y el otro es el de la convalidación y/o sanación en la raíz del matrimonio, etc”.

“Desde la entrada en vigor del CIC en 1983 hasta la entrada en vigor de este motu proprio, los católicos que hubieran hecho un acto formal de abandono de la Iglesia católica no estaban obligados a la forma canónica de la celebración para la validez del matrimonio (canon 1117), ni regía para ellos el impedimento de casarse con un no bautizado (disparidad de culto, canon 1086, párrafo 1), ni tenían la prohibición de celebrar un matrimonio con un cristiano no católico (canon 1124). El inciso mencionado anteriormente en estos tres cánones era una excepción de derecho eclesiástico a otra norma más general de derecho eclesiástico, según la cual todos los bautizados en la Iglesia católica o acogidos en ella deben observar las leyes eclesiásticas (canon 11).

Por: Patricia Alzate Monroy, Abogada y Doctora en Derecho 

Para tener en cuenta antes de casarse (Expediente Matrimonial)

martes, 8 mayo 2012

Casarse tiene que ser algo auténtico y verdadero. Por esto es muy importante que las personas que se van a casar deban prepararse muy bien para que puedan celebrar un verdadero matrimonio.

I. Para la Iglesia católica es imprescindible la previa preparación matrimonial de los futuros esposos y debe antes de la boda constatar que nada se opone a la válida y lícita celebración del sacramento matrimonial. Se trata de una ocasión pastoral única en la cual, a través de “un diálogo pleno de respeto y cordialidad, el Pastor intenta ayudar a las personas a ponerse seriamente delante de la verdad y a reflexionar sobre la propia vocación humana y cristiana del matrimonio“.

El canon 1064 del Código de Derecho Canónico dice que “corresponde al Ordinario del lugar cuidar de que se organice debidamente esa asistencia, oyendo también, si parece conveniente, a hombres y mujeres de experiencia y competencia probadas”.

Todos sabemos que el matrimonio tiene que ver más con la vida que con el derecho y que casarse no es cuestión de impulsos, sino que es una decisión que no puede dejarse a la improvisación o a decisiones apresuradas. Los futuros esposos deben comprender qué significa el amor responsable y maduro y qué implica la vida y convivencia matrimonial.

En todas las parroquias existen los llamados “cursos prematrimoniales” que organizan las Conferencias Episcopales, los cuales tienen como objetivo recordar que la verdadera preparación está orientada a la celebración consciente y libre del sacramento del Matrimonio.

El tiempo del noviazgo es una etapa muy importante dentro de la maduración y profundización de ese amor que culmina en el matrimonio. De aquí que el modo en que los novios viven este periodo de noviazgo influirá ciertamente en la vida futura de los cónyuges y de la familia.

Debe tratarse de una adecuada disposición y educación en el amor, que comienza en la adolescencia como preparación remota al matrimonio y debe ir impregnada de unos valores y cualidades humanas auténticas para disponer a los futuros novios a su potencial vida matrimonial.

La familia es la principal escuela de formación en el carácter y en los valores y virtudes humanas de los hijos, formación que comienza desde la misma infancia en el hogar. Educar en el amor, en los sentimientos, los afectos, las emociones y en el autocontrol personal no es tarea fácil, pero es más llevadero y bello si se apoya en los valores espirituales y religiosos porque éstos contribuyen a la estima de sí mismo, al uso recto de las inclinaciones y al respeto y dignidad de todas a las personas. Los padres son educadores por ser padres y, precisamente por esto, el ejemplo de los padres es el mejor estímulo para los hijos.

Las enseñanzas de la Iglesia católica, especialmente las del Papa Juan Pablo II, resaltan dos verdades fundamentales de la tarea educativa: 1. La primera es que el hombre está llamado a vivir en la verdad y en el amor. 2. La segunda es que cada hombre se realiza mediante la entrega sincera de sí mismo.

La mentalidad y la cultura actual son contrarias a los verdaderos valores de la familia y del matrimonio y por eso se necesitan hombres y mujeres con una personalidad fuerte y con una conciencia crítica, capaces de no dejarse arrastrar por ideas egocéntricas y adversas a la dignidad y a la trascendencia de las personas, del matrimonio y de la familia.

La celebración del sacramento del matrimonio católico no puede quedar reducida solamente a la ceremonia, sino que todos los presentes deben participar activamente en dicha celebración comunitaria de la Santa Misa con el debido recogimiento y comprensión de la importancia de la celebración litúrgica.

Antes de la celebración litúrgica del Sacramento del matrimonio, es necesario un mínimo trámite administrativo que se conoce con el nombre de “expediente matrimonial” que se lleva a cabo en la parroquia de los novios, con el propósito de asegurarse de que los novios saben bien qué es lo que van a hacer y que no tienen impedimentos para casarse o que si los hay éstos ya han sido dispensados.

Como se trata de reunir documentos oficiales (partidas nacimiento, de bautismo y de confirmación de ambos contrayentes, constancia de haber asistido al cursillo prematrimonial, registro del estado civil de los contrayentes, el nombre e identidad de los dos testigos, confección de amonestaciones, etc.), conviene que se  inicie el expediente con un mínimo de seís meses de antelación a la fecha del matrimonio.

Si los novios pertenecen a diferentes diócesis, cada contrayente debe hacer el expediente matrimonial en su propia diócesis. Los dos expedientes se entregarán en el Obispado de la ciudad donde van a contraer matrimonio. El Obispado remitirá a cada parroquia los documentos para que publiquen las amonestaciones y una vez cumplimentadas,  enviará todo el expediente a la parroquia donde se habrá de celebrar la ceremonia.

Cuando uno o los dos futuros contrayentes no pertenecen a la Comunidad Económica Europea, los documentos exigidos deberán presentarse en el Obispado, que los estudiará y remitirá con su aprobación si procede. Esto con el fin de evitar los posibles matrimonios de complacencia o de conveniencia.

II. El Código de Derecho Canónico establece algunas recomendaciones generales relativas a la atención pastoral y de lo que debe preceder a la celebración del matrimonio católico, en sus cánones 1063 a 1072:

1063: Los pastores de almas están obligados a procurar que la propia comunidad eclesiástica preste a los fieles asistencia para que el estado matrimonial se mantenga en el espíritu cristiano y progrese hacia la perfección. Ante todo, se ha de prestar esta asistencia:
1. Mediante la predicación, la catequesis acomodada a los menores, a los jóvenes y a los adultos, e incluso con los medios de comunicación social, de modo que los fieles adquieran formación sobre el significado del matrimonio cristiano y sobre la tarea de los cónyuges y padres cristianos.
2. Por la preparación personal para contraer matrimonio, por la cual los novios se dispongan para la santidad y las obligaciones de su nuevo estado;
3. Por una fructuosa celebración litúrgica del matrimonio, que ponga de manifiesto que los cónyuges se constituyen en signo del misterio de unidad y amor fecundo entre Cristo y la Iglesia y que participan de él;
4. Por la ayuda prestada a los casados, para que, manteniendo y defendiendo fielmente la alianza conyugal, lleguen a una vida cada vez más santa y más plena en el ámbito de la propia familia.

1064: Corresponde al Ordinario del lugar cuidar de que se organice debidamente esa asistencia, oyendo también, si parece conveniente, a hombres y mujeres de experiencia y competencia probadas.

1065 § 1: Los católicos aún no confirmados deben recibir el sacramento de la confirmación antes de ser admitidos al matrimonio, si ello es posible sin dificultad grave.
§ 2.  Para que reciban fructuosamente el sacramento del matrimonio, se recomienda encarecidamente que los contrayentes acudan a los sacramentos de la penitencia y de la santísima Eucaristía.

1066: Antes de que se celebre el matrimonio debe constar que nada se opone a su celebración válida y lícita.

1067:  La Conferencia Episcopal establecerá normas sobre el examen de los contrayentes, así como sobre las proclamas matrimoniales u otros medios oportunos para realizar las investigaciones que deben necesariamente preceder al matrimonio, de manera que, diligentemente observadas, pueda el párroco asistir al matrimonio.

1068: En peligro de muerte, si no pueden conseguirse otras pruebas, basta, a no ser que haya indicios en contra, la declaración de los contrayentes, bajo juramento según los casos, de que están bautizados y libres de todo impedimento.

1069: Todos los fieles están obligados a manifestar al párroco o al Ordinario del lugar, antes de la celebración del matrimonio, los impedimentos de que tengan noticia.

1070: Si realiza las investigaciones alguien distinto del párroco a quien corresponde asistir al matrimonio, comunicará cuanto antes su resultado al mismo párroco, mediante documento auténtico.

1071 § 1: Excepto en caso de necesidad, nadie debe asistir sin licencia del Ordinario del lugar:
1. Al matrimonio de los vagos;
2. Al matrimonio que no puede ser reconocido o celebrado según la ley civil;
3. Al matrimonio de quien esté sujeto a obligaciones naturales nacidas de una unión precedente, hacia la otra parte o hacia los hijos de esa unión;
4. Al matrimonio de quien notoriamente hubiera abandonado la fe católica;
5. Al matrimonio de quien esté incurso en una censura;
6. Al matrimonio de un menor de edad, si sus padres lo ignoran o se oponen razonablemente;
7. Al matrimonio por procurador, del que se trata en el c. 1105.
§ 2.  El Ordinario del lugar no debe conceder licencia para asistir al matrimonio de quien haya abandonado notoriamente la fe católica, si no es observando con las debidas adaptaciones lo establecido en el c. 1125.

1072: Procuren los pastores de almas disuadir de la celebración del matrimonio a los jóvenes que aún no han alcanzado la edad en la que según las costumbres de la región se suele contraer.

III. Entonces, tenemos que desde un punto de vista administrativo, antes de casarse por lo católico es necesario elaborar un expediente matrimonial para acreditar la voluntad, capacidad y libertad de los contrayentes (cánones 1066 y 1070 CIC). El expediente lo pueden realizar los dos contrayentes conjuntamente en la misma parroquia o cada uno de los contrayentes separadamente en su propia parroquia. El lugar para realizar el expediente es la parroquia a la que, por razón de residencia, pertenece alguno de los contrayentes. Sin embargo, los novios pueden realizarlo en alguna otra parroquia, siempre que se cuente con la licencia del párroco de alguno de los contrayentes (c. 1115 CIC). En algunos casos, se puede realizar el expediente en la parroquia donde vivirán los esposos una vez casados.

Para realizar el expediente matrimonial habrá de pedirse día y hora al párroco o a la persona encargada en la parroquia y, junto con la documentación correspondiente, la parroquia pide también la presencia de dos testigos. Previamente (o posteriormente), se habrán realizado las amonestaciones en el tablón de anuncios de la parroquia. Algunas veces se hace de viva voz al final de la Misa dominical, anunciando el próximo matrimonio. Este anuncio se hace en la parroquia en la que se está viviendo y en las que se ha vivido desde la mayoría de edad.

En España y en otros países, como por ejemplo Colombia, el matrimonio eclesiástico surtirá efectos civiles cuando se comunique al Registro Civil correspondiente del lugar de la boda, por medio de un certificado que se entregará a los contrayentes en la parroquia, sin que sea necesario contraer matrimonio civil, como sí sucede en otros países, como por ejemplo México. El Registro Civil entregará a los nuevos esposos la correspondiente Acta del Registro Civil y el respectivo Libro de Familia.

IV. Para la celebración del matrimonio civil, los contrayentes deben acreditar dentro del expediente tramitado según la legislación del Registro Civil, que reúnen los requisitos de capacidad establecidos en el Código Civil para contraer matrimonio.

Los trámites para el matrimonio civil deben iniciarse siempre en el Registro Civil del municipio donde esté domiciliado o tenga su residencia habitual uno o los dos futuros contrayentes. Si están domiciliados en poblaciones diferentes podrán elegir la que más les convenga.

Se debe aportar la siguiente documentación:

1. Solicitud de matrimonio (facilitada por el Registro Civil).
2. Fotocopia del DNI de ambos, o si procede, del pasaporte o de la tarjeta de residencia y del libro de familia en caso tener hijos comunes.
3. Certificado literal de nacimiento actualizado y expedido por el Registro Civil de la localidad de nacimiento de ambos.
4. Certificado de empadronamiento con fecha de emisión inferior a tres meses. El certificado de empadronamiento lo expide el Ayuntamiento.

Documentación específica:

1. En el caso de las personas viudas el certificado de su matrimonio anterior y el certificado de defunción del cónyuge.
2. En el caso de las personas divorciadas o de matrimonios anulados, deben aportar el certificado literal del matrimonio anterior, donde constará la inscripción marginal de divorcio o anulación.
3. Los menores de entre 14 y 16 años deben obtener previamente la dispensa del impedimento de prohibición de edad, tramitada en el Registro Civil. Los menores de entre 16 y 18 años deben obtener la emancipación por concesión de sus padres o de quienes ostenten la patria potestad. Una vez emancipados, deben aportar la certificación literal de nacimiento con inscripción marginal de emancipación.
4. En el caso de los extranjeros, un certificado de su Consulado o Embajada acreditando su inscripción y su estado civil. Es preciso informarse en el Consulado o Embajada correspondiente si, además, es necesario presentar un certificado de capacidad matrimonial. Todos los documentos extranjeros deben ser presentados debidamente legalizados y traducidos por un traductor jurado.

Una vez examinada la documentación presentada, el juez encargado(a) dicta providencia mediante la cual abre expediente matrimonial y señala el día y la hora en que deben comparecer las dos personas interesadas, las cuales el día de la comparecencia deberán presentar los originales del DNI, del pasaporte o de la tarjeta de residencia e ir acompañados por una persona mayor de edad que los conozca (puede ser familiar o amigo). La citación se remite por correo al domicilio o a la dirección indicada en la solicitud.

En esa citación, los futuros contrayentes deberán manifestar bajo juramento o promesa su estado civil y el testigo tendrá que testificar sobre la veracidad de los extremos contenidos en el escrito de la solicitud.

Una vez concluido el expediente, el juez encargado del Registro Civil dicta la resolución del expediente. Si resulta aprobado y completo, queda autorizada la celebración del matrimonio y el expediente matrimonial y la relación de datos de ambos cónyuges se envía directamente a la autoridad ante la cual tendrá lugar la ceremonia. También se puede recoger presencialmente en el Registro Civil correspondiente el día que se le indique.

V. Ya se trate de matrimonio católico o de matrimonio civil, es necesaria la inscripción en el Registro Civil respectivo, porque ésta  hace fe del acto del matrimonio y de la fecha, hora y lugar en que se contrajo. Es el medio de prueba de que el matrimonio se ha realizado, siendo la inscripción el título que legitima el estado civil de casado.

El matrimonio, desde su celebración, produce efectos civiles y para el pleno reconocimiento de los mismos es necesaria su inscripción en el Registro Civil.

En el matrimonio civil el Juez, Alcalde o Funcionario ante quien se celebre el matrimonio es quien extenderá la inscripción o el acta correspondiente con su firma y la de los contrayentes y testigos. Una vez realizada dicha inscripción, el Juez encargado del Registro Civil entregará a los contrayentes el documento  acreditativo de la celebración del matrimonio, que es el Acta del Registro Civil y el Libro de Familia.

VI.  Para la inscripción en el Registro Civil de matrimonios religiosos de otras confesiones religiosas como la Islámica, Judía o de la Federación de Entidades Religiosas Evangélicas de España, será necesario tramitar el expediente previo que concluye con un Auto de capacidad matrimonial para los dos últimos casos, siendo necesario para el primero y siendo opcional para los matrimonios islámicos acreditar los requisitos con carácter previo o con posterioridad a la celebración del matrimonio. Una vez realizado este expediente, el matrimonio deberá celebrarse en el plazo máximo de 6 meses desde que se produjo la certificación.

Por: Patricia Alzate Monroy, Abogada y Doctora en Derecho

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